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Diálogo intercultural

noviembre 15, 2022

Tras la creación de la organización de las Naciones Unidas, y como sustrato de su idea fundacional, aleteó con fuerza el convencimiento de que el diálogo puede triunfar sobre la discordia, que la diversidad, lejos de constituir un problema insalvable,  representa un don universal, y que todas las personas están mucho más unidas por el destino común que les espera que divididas por sus respectivas procedencias.

Con esos planteamientos, y con el convencimiento de que ninguna cultura posee el monopolio del conocimiento de la naturaleza humana, la contemplación de la diversidad del mundo y la aceptación activa de las diferencias constituyen una fecunda fuente de enriquecimiento. Y beber en ella, es decir, acercarse a las diferencias tratando no solamente de conocerlas, sino también de comprenderlas y contemplarlas como un profundo pozo de sabiduría, aleja la intransigencia, propicia el entendimiento sincero y termina por fomentar la verdadera paz.

Para muchos, en el actual mundo globalizado, la comprensión entre las distintas culturas constituye un camino de recorrido esperanzado para erradicar la intolerancia, alejar la violencia y establecer las bases de una auténtica armonía. Porque la paz verdadera no consiste solamente en la ausencia de guerras, sino en la presencia de una voluntad de abrazo efusivo entre todas las personas. Y todo ello lo propicia el diálogo sincero y permanente entre individuos con distintas visiones del mundo, que, sin abdicar de las propias ideas, estén, al mismo tiempo, dispuestos a  acercarse  a las de los otros, abriéndose con generosidad a su contemplación y valoración.

 La naturaleza del hombre no es unívoca sino todo lo contrario: ampliamente pluralista, dando lugar a diversas concepciones sobre ella, tantas como antropologías figuran en el pensamiento humano. Y lo mismo sucede con la realidad, que tampoco se constriñe a una sola filosofía explicativa de la misma, sino en una interminable sucesión de planteamientos elaborados con el paso del tiempo. Pero ninguna antropología agota el ser de la persona y tampoco existe ninguna filosofía que dé cabal cuenta de la realidad. Porque ambas, la persona y la realidad están más allá de cualquier planteamiento que sobre ellas se pueda tener. Y lo mismo sucede con Dios, que es desbordante de cualquier teología. Persona, mundo y Dios escapan a la racionalidad humana y se adentran en un ámbito que ha dado lugar históricamente a distintas tradiciones para contemplarlo y vivirlo.

Ante esta realidad, los estudios de las distintas culturas se presentan como un fecundo campo para adentrarse en diversas formas de conciencia, y constituyen una base apreciable para emprender ese diálogo intercultural que permita no solo un ensanchamiento de las propias perspectivas, sino también la generación de un mundo mejor.

Pero, por debajo de ese diálogo intercultural, y sirviendo precisamente de base para él, se encuentra el diálogo interreligioso, pues toda cultura, en el fondo, no es sino la exudación social, consciente o inconscientemente realizada, de un planteamiento religioso comúnmente aceptado, ya que es la religión lo que conecta con los estratos más profundos de la personalidad. Y esto es válido tanto para los que se declaran pertenecientes a alguna concreta tradición religiosa como para quienes reniegan de todas ellas, reposando en un agnosticismo o ateísmo, que no deja de ser, en el fondo, sino otra forma de religión.

El Concilio Vaticano II hizo un llamamiento a todos los católicos a “reconocer, preservar y promover los bienes espirituales y morales en otras religiones, y los valores en su sociedad y cultura”, como una forma de “unir las manos para trabajar por un mundo de paz, libertad, justicia social y valores morales”. En esa línea, el Papa Francisco, en sus recientes viajes  no deja de hablar de la necesidad de este diálogo interreligioso para la consecución de la verdadera paz y armonía.

Y desde el convencimiento de que el diálogo interreligioso implica comprender lo que Dios podría estar diciendo a través de otras tradiciones religiosas, Raimon Panikkar, uno de los teólogos y filósofos católicos más comprometidos con este diálogo, ha propugnado con elocuencia que el mismo se realice sin ningún afán de conquista. Para que se dé un diálogo fructífero entre dos culturas, según Panikkar, es preciso que no se intente buscar una conclusión, sino emprender un proceso ilimitado de enriquecimiento mutuo, un encuentro permanente con la persona del otro. Y para ello, recomienda que ambos dialogantes reconozcan su propia insuficiencia y tengan ganas de compartir la creencia que el otro le presenta, poniéndose en su lugar, simpatizando con su persona, tratando de ver las cosas como el otro las ve, y admitiendo que su camino religioso puede tener la misma validez salvífica que el propio, porque  no hay por qué negar que Dios haya estado presente en el corazón de los hombres en toda la historia de la humanidad.

De este diálogo no podrá salir ninguna síntesis de creencias, pero si podrá surgir una amistad para seguir caminando juntos sin dejar ninguno de pensar lo que siempre ha pensado, al tiempo que se enriquece con el pensamiento del otro. Ese camino no tendrá fin, pero cuando a  cada uno de los dialogantes le dé por mirar para atrás en esa trayectoria emprendida en conjunto podrá contemplar lo mucho que ha crecido su persona con respecto a lo que era antes.

Una placentera espera

octubre 15, 2022

Santiago de Compostela es, desde hace mucho tiempo, una ciudad verdaderamente emblemática para nosotros. Vamos a ella con una asiduidad casi parecida a la que mantienen los musulmanes con respecto a La Meca. Desde que Begoña, mi mujer, hiciera, hace veinte años, el Camino de Santiago, y luego, animado por las reflexiones que aquella experiencia le había deparado, lo realizase yo, dar una vuelta por Santiago, siempre que fuera posible,  ha constituido para nosotros casi una obligación existencial.

Deambular tranquilamente por sus calles, rodeados de peregrinos y visitantes; contemplar, con asombro envolvente, la antigua estructura  de su casco histórico; y sumergirse en la resonante liturgia de las misas de su catedral, coronadas con el sorprendente balanceo rítmico del botafumeiro, constituye para ambos, año tras año, una catarsis de efecto perdurable.

Junto a ello, el tapeo por sus innumerables bares y tabernas; la reparación gastronómica en esos sencillos y jugosos restaurantes atestados de gente con atuendos informales y mochilas de todo tipo; y la constatación de la diversidad de lenguas que por todos esos rincones se escuchan constituye siempre para ambos no solo un motivo de placer, sino también una ocasión de reflexión sobre los más variados asuntos que por nuestra mente puedan circular.

Y en esa línea, hace unos días, con motivo de esa visita anual que, siempre que podemos, realizamos, nos encontramos comentando, en la puerta de la famosa taberna El Gato Negro, atestada de gente, y mientras esperábamos en la calle, con muchos otros, a que alguien saliera para poder entrar, la enrome satisfacción intelectual que me acababa de producir la lectura de sendos artículos de Óscar Carrera y Zaida Espinosa en los que sale a relucir la “intuición comosteándrica” con la que Raimon Panikkar postula una visión más adecuada de la realidad que nos rodea y abre un camino de entendimiento entre el cristianismo y el hinduismo.

Según Óscar Carrera, para Panikkar la realidad intrínseca  culmina en la “Trinidad Radical”: Dios, Hombre y Mundo; lo sagrado, lo humano y lo cósmico, formando una totalidad indivisa pero intrínsecamente relacional, de forma que ninguno de los integrantes de esa trinidad está separado en ningún momento de los otros dos, manteniéndose entre los tres una relación permanente vivificadora y creadora. Y de la misma forma que el factor Dios encierra su propia trinidad interna, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los otros dos factores albergan también composiciones trinitarias: el Hombre como cuerpo, alma y espíritu; y el Mundo como espacio, tiempo y materia. Trinidades dentro de trinidades que, en el fondo, son relaciones compuestas a su vez de relaciones. Y explicando todo ello, al mismo tiempo, tanto la trascendencia de Dios como su inmanencia.

Para Panikkar, afanado en todo momento por conciliar su planteamiento cristiano de la vida con la religiosidad oriental, este esquema trinitario puede adoptar tanto la expresión cristiana como la hinduista, abriendo un panorama esperanzador en el diálogo entre ambas religiones. Y haciéndolo, además, en esa línea de amplio entendimiento con las diversidades culturales que, según palabras del Papa Francisco, pronunciadas en Sri Lanka, no deben contemplarse como amenaza sino como fuente de progreso y signo de la riqueza de la gran familia humana, en un camino prometedor para lograr la verdadera paz y armonía entre las personas.

Y en esta línea de superación de la filosofía tradicional, como comenta Zaida Espinosa al poner de manifiesto la disidencia de Panikkar respecto a las ideas originarias de toda la metafísica, se abre paso una nueva forma de contemplar la realidad, tanto de las cosas como de las personas. Ya no es la visión estática, apoyada en la sustancia, lo que da consistencia a lo existente,  sino un permanente fluir de relaciones en todos los órdenes que permite afirmar que la realidad no consiste en algo fijo sino en un continuo devenir relacional. Con este planteamiento, el pensador indo catalán  entronca, además, con la modernidad de la ciencia y abre para la especulación filosófica y teológica un amplio panorama en el que tiene cabida una nueva concepción de Dios, del hombre y del mundo.

La profundidad y atractivo de ambos artículos, mezclados con el embrujo permanente que Santiago de Compostela tiene para ambos, hicieron que esa larga espera a la puerta del El Gato Negro lejos de constituir un enojoso momento se convirtiera en un placentero preámbulo intelectual de lo que más tarde saborearíamos en su interior.

El cuarto Evangelio

septiembre 15, 2022

En su obra “El cristianismo en sus comienzos”, el historiador y teólogo británico James Douglas Grant Dunn considera que una de las realidades más fascinantes de las décadas finales del siglo I es el hecho de que la “buena noticia” de Jesús se formulara no de una sola forma, sino de tres maneras distintas, aludiendo a los Evangelios de Marcos, Mateo y Lucas, los sinópticos, diferentes en contenido y acentuaciones, y entre los que no solo hay diversidad sino incluso contradicciones. Pero añade enseguida que más fascinante todavía resulta el hecho de que el Evangelio de Juan, compuesto más tarde, fuera tan diferente a los tres anteriores.

Entre las muchas reflexiones que a lo largo de su extensa obra suscita Dunn, la referente a la teología que se desprende de ese último Evangelio me parece particularmente interesante, porque cambia el énfasis respecto al acontecimiento salvífico decisivo: ya no es la muerte de Jesús como expiación por los pecados, sino la encarnación, el nacimiento de Jesús, la asunción de la naturaleza humana por la divinidad. Es un enfoque muy distinto al de los tres Evangelios sinópticos, hasta el punto de que la diferenciación entre salvación por muerte expiatoria o por divinización humana se prolonga hoy en la discrepancia entre el cristianismo occidental y el oriental.

Argumenta Dunn que es muy probable que el autor del Evangelio de Juan decidiera comenzar su narración centrándose en la palabra, en el “logos”, siguiendo el sentido que Filón de Alejandría le había dado. De esa forma, inicia el Evangelio diciendo: “En el principio estaba la palabra…”, porque este término tenía sentido tanto para los judíos como para los griegos. El “logos” era también un término muy familiar para una amplia variedad de griegos que reflexionaban seriamente sobre su mundo y el lugar que ellos ocupaban en él.

En el estoicismo, una de las principales filosofías de la época, “logos” era el término empleado para evocar la razón divina, la cual, según los estoicos, era inmanente en el mundo e impregnaba todas las cosas. Por eso, estaba también presente en el hombre, de manera que el máximo bien del ser humano era vivir de acuerdo con él y asintiendo a esa razón divina. Los estoicos estaban acostumbrados a distinguir dos aspectos del “logos”: su dimensión de pensamiento no expresado, el pensamiento existente dentro de la mente sin salir al exterior, y su condición discursiva, es decir, como razonamiento susceptible de ser articulado en palabras.

Por eso, al empezar el Evangelio de Juan con “En el principio estaba el logos” se estaba dirigiendo a un amplio espectro de público, incluido judíos y griegos. Los oyentes judíos pensarían en la poderosa palabra mediante la que Dios hizo el mundo y llevó a cabo su voluntad; al tiempo que los lectores griegos evocarían la razón divina que impregnaba y sostenía el mundo, y la necesidad de vivir conforme a ella para alcanzar la plenitud de sus vidas.

Y al continuar el Cuarto Evangelio en su prólogo con la expresión “El logos estaba en Dios y era Dios”, ninguno de ambos grupos de oyentes encontraría en ello nada excepcional. Porque el “logos” era el pensamiento y la expresión de Dios mismo. Así fue cómo lo divino se hizo presente en la humanidad. Esta era la manera en que Dios interactuaba con su creación y con su pueblo, Israel.

El filósofo judío alejandrino Filón, para quien el “logos” significa la sabiduría y, especialmente, la razón inherente a Dios, muestra lo fructíferamente que el entendimiento judío y griego podían combinarse para concebir el “logos” casi como un agente divino, una especie de plenipotenciario que hacía posible que el Dios invisible y trascendente fuera conocible e inmanente.

Cabe suponer, continúa afirmando Dunn, que la cristología joánica de la palabra, del “logos”, sea el producto de una larga reflexión sobre la primitiva tradición de Jesús. A la luz de la resurrección y la exaltación de Jesús a la derecha de Dios, como se creía, era natural ver la profunda significación de tales aspectos y desarrollar una expresión más rica de ellos dentro del marco del Evangelio ya establecido por los sinópticos.

Para Dunn, el autor del Evangelio de Juan se propuso exponer la profundidad de Jesús tal como ellos la percibían entonces, bastantes décadas después de la muerte de Jesús, una vez aclaradas las oscuridades iniciales, de forma que esa verdad de Jesús era mucho más rica que la realidad de lo que hizo durante los tres años de su misión.

La única petición que hace el Evangelio de Juan es creer. En ningún momento exuda su texto una llamada al “arrepentimiento”. Creer es lo fundamental: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí no morirá nunca”.

Conversaciones filosóficas

agosto 15, 2022

Quiero, a través de estas líneas, rendir un sincero tributo de agradecimiento a Ángel Cristóbal Montes por las enseñanzas que en esa última etapa de su vida me ha deparado en lo tocante a las necesidades fundamentales de las personas y al afán por encontrar el sentido último de la existencia. Ha sido esta una pedagogía no realizada por medio de ninguna tribuna académica ni desde foro alguno distinguido, sino desde la confidencia sincera de amenos encuentros personales, realizados en la quietud mañanera de su despacho de profesor emérito en la Facultad de Derecho.

Dejando al lado el libro que, indefectiblemente, tenía entre las manos cuando yo aparecía, me ha dedicado ratos inolvidables de los que yo salía fortalecido en mi afán de búsqueda, masticando lo que tantas veces ha predicado él con la palabra y la escritura: que la verdad absoluta es inaccesible a la razón, pero para cuyo acercamiento hay caminos humanos que desbordan el deambular filosófico.

Y en ese caminar, me animaba siempre a hacerlo de la mano de la duda, ese gran motor de la filosofía, pero también de la fe, que puede unir y permitir caminar juntos a todos los que, honrada y sinceramente, se plantean los problemas existenciales, cualquiera que sea la estructura mental desde la que los aborden. Y me recomendaba hacerlo sin prisas, con la tranquilidad de saber que no se va a llegar nunca al final, pero con el placer existencial de ser consciente de que el propio caminar, envuelto en la duda, es ya una forma sublime de vivir.

Porque la duda, como él lo ha dicho y escrito en repetidas ocasiones, nos pone en camino de la verdad, nos invita a andar sin límite, pensando y repensando, cuestionando lo pensado para llegar a nuevos horizontes y luego ponerlos en cuestión, sin prisas, tranquilamente, deleitándose en ese paseo por las alturas, por encima de las minucias de la vida cotidiana, por lo que podríamos llegar a llamar la trascendencia inmanente.

Y todo ello, reflexionaba yo delante de él, pero incitado por sus ideas, para llegar al futuro, que es la condición suprema de la vida presente, ya que el futuro constituye la persona misma, para la que el pasado no es más que la circunstancia que le ha permitido llegar al presente, esa anticipación pasajera del futuro. Todo aquello que uno preludia, que imagina o sueña despierto, que constituye el objeto de sus proyectos actuales, es lo que da vida, lo que mantiene la existencia con ilusión. Y, aunque todo está condicionado por el pasado, no lo está en lo fundamental, que es la interpretación que se dé a ese pasado personal, y que depende de momento en que se haga, futuro siempre en relación a esos hechos sobre los que recaiga.

Es cierto, comentábamos, que de los hechos del pasado no se puede prescindir, y con ellos hay que contar, pero la interpretación que de ellos se haga en cada momento, la narrativa que se vierta sobre ellos, está realizada desde el presente, desde ese anticipo del futuro, de forma que el pasado termina por depender del futuro. Porque la vida de las personas no consiste solo en un conjunto de hechos; eso podría constituir tan solo la vida biológica. Pero la persona no es solo un ser biológico, sino fundamentalmente biográfico: depende en todo momento de sus proyectos de futuro. Y en esa indagación del futuro, llegábamos siempre al más desbordante de todos, al más allá.

Al fin y al cabo, como con tanta claridad ha expresado Ángel Cristóbal Montes, vivir sólo puede significar moverse hacia adelante y apoyarse en el báculo que proporcionan la experiencia propia y la ajena. Y sus libros y sus reflexiones constituyen un sólido báculo para este caminar.

En la extensa obra de meditación filosófica realizada en la última etapa de su vida intelectual, Ángel Cristóbal Montes, se ha planteado con brillantez y penetración todas estas cuestiones existenciales que rumiábamos con delectación, y sin orden, en esos encuentros para mí tan vivificantes.

Al escribir estos recuerdos desde la tristeza de su desaparición física no quiero terminar sin expresar mi convicción, en mi condición de creyente, de que ahora Ángel sigue caminando, sin la angustia de la duda y con el infinito placer de la verdad, por esos senderos a los que todos, consciente o inconscientemente, aspiramos.

(Artículo publicado en Heraldo de Aragón)

Tarde memorable

julio 15, 2022

Ciertamente, digna de memoria, fue la corrida del pasado día de San Fermín, en Pamplona, en la que se celebraba, al mismo tiempo, el centésimo aniversario de su plaza de toros, abarrotada hasta la bandera, como se suele decir en términos taurinos cuando el público lo desborda todo.

Con un cartel de lujo, compuesto por Morante de la Puebla, “El Juli” y el peruano Andrés Roca Rey, precedidos por el rejoneador navarro Pablo Hermoso de Mendoza, y presidida, como es de ritual en el día del patrono, por el alcalde de la ciudad, Enrique Maya, las casi tres horas que duró ofrecieron al variopinto público que allí nos congregamos un espectáculo taurino lleno de belleza, profundidad artística y elementos inolvidables para el recuerdo, envueltos en el aroma penetrante que las grandes tardes de toros dejan en el ánimo del aficionado.

Con ligazón, empaque y esa torería añeja que Morante sabe imprimir a sus faenas nos deleitó en unas acompasadas verónicas y unos posteriores derechazos a media altura, hondos y sentidos, que, al tiempo que demostraban su dominio del animal, nos transmitían todo el embrujo de ese arte envuelto en riesgo que desafía el paso del tiempo y las modas de coyuntura.

“El Juli”, mostrando, como siempre, su dominio de todas las suertes y una ilusión que contagia, se ciñó por chicuelinas ajustadas con precisión para desgranar luego, con la muleta, largas faenas por la derecha a sus dos toros, dominando al animal con lentitud y hondura, y extrayendo en todo instante el embrujo de ese arte insólito y singular que han cantado siempre los mejores juglares de la filosofía de la fiesta.

Andrés Roca, hincadas las rodillas en tierra, en el centro del ruedo, sin inmutarse, recibió al toro por delante y por detrás, gobernando con valentía su trayectoria mientras  el público contenía la respiración. Más tarde, largas serie de derechazos, estirándose hasta empalmar los pases en ligazón precisa, redondearon una faena que, realizada en parte de rodillas otra vez, puso de nuevo en evidencia el arte y el valor de ese torero peruano.

Y antes de los tres diestros, Pablo Hermoso de Mendoza, montando cuatro caballos de elegante silueta, volvió a demostrar cómo es posible el arte de torear desde la altura del corcel, haciendo danzar al caballo delante del toro con la finura de una bailarina consumada. Con ajustadísimos cambios de dirección en el propio terreno del toro, llevándolo embebido como si la jaca se hubiera convertido en un grandioso capote, deleitó al público abanicando al toro en una suerte genuina que ya ha recibido el nombre de “Hermosina”.

Y todo ello fue posible porque los toros de Núñez del Cuvillo, aplaudidos en el arrastre, permitieron el lucimiento de los espadas, poniendo, una vez más, de manifiesto la importancia de las ganaderías que figuran en los carteles y la condición del toro como el rey de la fiesta que lleva su nombre en plural.

Corrida completa, regada por una abundancia de trofeos, ocho en total; pero, sobre todo, recordada con ese sabor profundo que las hondas tardes de toros dejan en el ánimo del aficionado, que abandona la plaza despacio, degustando lo vivido, como si no quisiera marcharse, como si pretendiera permanecer allí en el sueño imposible de una faena eterna.

Y en ese ánimo, con el que yo también salí de la plaza esa tarde, no pude evitar que mi pensamiento volara hacia esas figuras históricas y famosas que han contribuido, de manera muy poderosa, a mitificar y universalizar esa plaza que aquel día cumplía cien años. Con su novela The sun olso rises, inspirada en esa fiesta que tanto le subyugó,  y su presencia tan frecuente en los Sanfermines, el escritor norteamericano Ernest Hemingway contribuyó a dar a Pamplona el marchamo internacional del que ahora goza en abundancia.

Y también Ava Gardner, con su belleza y su presencia en esa plaza y esas fiestas, y encarnando cinematográficamente esa leyenda literaria que en torno a los Sanfermines escribió Hemingway, contribuyó de manera considerable a airear el nombre de Pamplona por el mundo y a rendir tributo a esa fiesta del toro, conocida con el adjetivo nacional, pero que desborda nuestras fronteras, erigiéndose en ese gran espectáculo hispánico que enseñorea gran parte de América.

Visita al Parlament

junio 15, 2022

Andaba yo dando una vuelta sin rumbo, muy despacio, saboreando el encanto mañanero del concurrido casco antiguo de Palma de Mallorca, entre cientos de turistas y lugareños que llenaban las abundantes terrazas de sus cuidados rincones, cuando, al ver abierta  la puerta de la basílica de San Miguel, decidí entrar. Pero antes, en el mismo quicio, dejé unas monedas en un bote de plástico con el que un mendigo, sentado junto a la puerta de la entrada, solicitaba ayuda de los viandantes. Era un hombre de apariencia mayor, pero no en exceso, enormemente delgado, con una barba poblada, ropas desaliñadas y el pelo alborotado. A la salida, casi me tropecé con una mujer joven, bien vestida, de agradable figura, que se estaba acercando hacia el mendigo con la intención, pensé yo, de depositar también en su bote algunas monedas. Pero no fue así.

—¿Qué tan andas? —Le preguntó con naturalidad al estar junto a él.

—Bueno. Ya ves. Aquí, a echar la mañana.

Intrigado por la sorprendente escena, me detuve sin disimulo a mirarles.

—Sabes que tienes un juicio —le dijo la mujer, añadiendo: —Si no vas, te vendrán a buscar.

El mendigo, con cara de extrañeza, pero sin expresión de desconocimiento,  no respondió; se limitó  a hacer, muy despacio, un gesto inexpresivo. Al cabo de un momento de silencio entre los dos,  lo rompió la mujer para decir:

—Lo de aquella bicicleta. ¡Venga! ¡Vamos! ¡Ven conmigo!

Y con mucha pereza, y muy despacio, el mendigo se levantó, dejó donde estaban el bote con las monedas y unos cartones sobre los que estaba sentado y se dispuso a acompañar a la mujer. Quise suponer que era su abogada. Les vi alejarse por el carrer San Miguel en dirección contraria a la plaça Major. Me quedé con las ganas de saber a qué se debía aquel juicio. Estuve tentado de seguirles, pero no tenía tiempo. Había quedado con mi amigo Miguel, un letrado del Parlament, y no quería ser impuntual.

La compleja problemática de la mendicidad siempre me ha desbordado. Se suceden los gobiernos, se reforman los Estados, evolucionan las sociedades, pero las personas arrastradas por el suelo pidiendo siguen ahí, con todos sus problemas físicos y psicológicos, demandando, con voz queda, monedas, pero pidiendo, con gritos sordos e inaudibles, soluciones que no llegan.

Miguel me enseñó con detenimiento el interior del soberbio palacio en el que reside la Cámara autonómica balear. Recorrimos con sosiego las distintas estancias y me fue comentando diversas incidencias históricas desde su nacimiento hasta el momento presente.

El palacio era la sede  del Círculo Mallorquín, la entidad sociocultural ligada al proyecto de la burguesía ciudadana, a los profesionales liberales, funcionarios, emprendedores, y sectores de la nobleza local relacionados con el espíritu ilustrado y los proyectos liberales de la primera mitad del siglo XIX. La belleza general del palacio parece concentrarse de una manera particular en la sala de las Cariátides, antiguo salón de baile del Círculo y actual sala de plenos del Parlamento. Me quedé unos instantes embelesado ante la presencia de las dos cariátides, esas esculturas femeninas con función de pilastra que evocan aquellos bailes de las muchachas de Laconia que danzaban con cestos de plantas en su cabeza, en honor de la diosa Artemisa Cariátide.

—¡Qué bien se debe poder hablar aquí, ante estas cariátides que sostienen este techo tan inspirador! —exclamé ante Miguel, sin poder evitar los recuerdos de mis intervenciones en las Cortes de Aragón.

Miguel siguió enseñándome, con detalle y curiosos comentarios anecdóticos, el resto de las estancias, y, para finalizar, recalamos con delectación en la biblioteca, esa bella expresión actualizada del antiguo espíritu ilustrado.

Al despedirme, hice votos por poder corresponder a esa visita mostrándole yo, cuanto antes, el Palacio de la Aljafería, la sede de las Cortes de Aragón. Y me sumergí de nuevo en el pausado bullicio de esa sugerente zona de Palma, mientras mi mente volvía a planear sobre la mendicidad, ese conjunto de problemas personales y sociales directamente relacionados con la desigualdad y la pobreza que nos interpelan por cada esquina.  Y me encaminé otra vez hacia la iglesia de San Miguel, pero a la puerta ya no había nadie. Tampoco se encontraba el bote con las monedas ni los cartones en los que aquel mendigo estaba sentado.

Churchill y Hitler

mayo 15, 2022

Al ordenar papeles viejos, con el fin de desprenderme de muchos de ellos, e incluso  legar a emplearlos para prender esa hoguera purificadora, y renovadora, de la vida, de la que habla Gregorio Marañón  en su biografía del conde duque de Olivares,  he dado con unos escritos míos que me han hecho recordar la génesis de mi última novela.

 En los calores del verano de 2005, cuando ya concluía el mes de agosto, dando vueltas a mis preocupaciones literarias, que no me habían abandonado en ningún momento, concebí la idea de mezclar en una historia novelada una parte de las vidas de Churchill y Hitler.

Siempre me ha gustado el género biográfico. He leído con verdadero gusto e interés las vidas de personajes famosos, fundamentalmente públicos,  y no solo por el placer que el deambular con ellos me producía, sino también con la intención de sacar conclusiones útiles para mi propio recorrido político.

Y fruto de ese deleite, en esos días de nostalgia por las vacaciones que se iban, se me ocurrió intentar acompasar las vidas de Churchill y Hitler en aquella época, tan determinante, de la década larga de los años treinta del siglo pasado que, comenzando con el desastre económico de la caída de la Bolas de Nueva York, finalizó, tras el estallido de la Segunda Guerra mundial, entronizando a Hitler como jefe supremo de Europa, tras la derrota de Francia, en 1940, y obligando a Churchill a pasar lo que algunos historiadores han llamado “su travesía del desierto”.

Y lo concebí no como una novela, pues los personajes centrales, Hitler y Churchill, no los podía inventar yo: ya existieron y fueron sobradamente conocidos, sino como una historia novelada, es decir, como una forma de contar la realidad, pero subrayando las facetas que a mí más me gustaban y acentuando los rasgos que en mi psicología particular adquirían mayor relieve, al margen de la importancia objetiva que pudieran haber tenido. Era un ejercicio de subjetividad pero sin desfigurar la realidad, tan solo narrándola desde mi particular ángulo de visión.

Junto a los personajes históricos centrales, Churchill y Hitler, saqué a relucir otras personalidades, igualmente históricas, como las hermanas Mitford, Diana y Unity, aristócratas sobrinas de Churchill y que llegarían a convertirse en íntimas amigas de Hitler, adornadas, sobre todo la primera, con una vida prácticamente novelesca, narrada por ella misma en un libro autobiográfico. Junto a ellas, apareció también la figura, igualmente histórica de Oswald Mosley, un joven y brillante parlamentario conservador británico, de rango aristocrático, que terminó convirtiéndose en el líder de los fascistas británicos, y se casó con Diana, en Alemania, con Hitler ejerciendo de padrino.

La intención de asociar las vidas de Churchill y Hitler, dos personajes tan radicalmente distintos por procedencia vital, ideas políticas y talante personal, me rondaba hacía tiempo al considerar que, a pesar de sus enormes divergencias existenciales, poseían en común una circunstancia que a mí me dio por pensar que podía ser la charnela que articulara la ligazón literaria de sus biografías: los dos hicieron la carrera política por la fuerza de la palabra, eran grandes oradores.

Junto a los protagonistas históricos, aparecen también en el libro, traídos por mi imaginación, dos personajes ficticios, un hombre y una mujer, cuya relación de creciente colaboración, al hilo de los acontecimientos históricos, va decantado, entre ellos, ese tipo de amistad íntima intersexuada que, como Julián Marías describiera en su libro La Educación sentimental, permite a cada uno asomarse al brocal del pozo profundo de la vida del otro, en un proceso ilimitado de transformación de la propia. El hombre es un oficial de la Armada británica, colaborador de Churchill en su época de Primer Lord del Almirantazgo; y la mujer, una militante del partido centrista de la época anterior a Hitler, viuda de un español.

A través de ellos, y al margen de su empleo para subrayar los rasgos históricos que más me apetecían, fui vertiendo mis propias reflexiones históricas, políticas, filosóficas e incluso religiosas, proporcionándome con ello el enorme placer que la narración novelada permite.

Y a partir de aquel mes me entregué a ello, si bien es cierto que solo a ratos perdidos, y sobre todo en verano.  Diez años tuvieron que pasar hasta que en 2015 di por finalizada la obra con el título Libertad o Tiranía.

El Tantra

abril 18, 2022

El Tantra adquiere su condición de filosofía liberadora en el siglo IV de nuestra era, erigiéndose como un movimiento de renovación en el pensamiento hindú y como baluarte contra la indolencia espiritual y la quiebra moral. Por desgracia, el Tantra ha sido muy mal interpretado en Occidente al considerarlo casi exclusivamente como un movimiento sexual y orgiástico, preocupado exclusivamente por la gratificación de los sentidos, y relegando su dimensión de exigente de autorrealización.

El tántrico no se aparta de los fenómenos cotidianos pero los abraza con el ánimo de extraer de ellos la sustancia fundamental de su ser interno, de su yo real, considerando la vida misma como la ocasión primordial para pulir la consciencia y vivir plenamente la existencia, sin dejarse apresar por los apegos.

El Tantra propone vivir la vida con intensidad, afirmándola en todo momento pero sin dejarse enredar por las apariencias ilusorias, y en continuo desapego a cualquier ilusión. Lejos de apartarse, como hace el asceta, de los objetos sensoriales, el tántrico los abraza y experimenta en toda su intensidad, apoyándose en ellos precisamente para trascenderlos y  acceder a regiones superiores de la mente y del ser. Por eso, desde sus orígenes, el Tantra se ha definido como una forma de vida en la que la metafísica y las abstracciones filosóficas ceden el puesto principal a la experiencia, y el esfuerzo personal se presenta como el único camino real de redención.

En la búsqueda del yo real, del ser profundo, el tántrico, lejos de reprimir el deseo, lo instrumentaliza de forma consciente para superar cualquier apego o dependencia mórbida, haciendo que esa experiencia vivencial, que anida en la naturaleza humana, en lugar de convertirse en motivo de esclavitud, se transforme en camino de liberación.

En el panel de valores supremos del Tantra, junto a la pasión por la vida, sobresalen el desarrollo de la compasión, la conquista de la sabiduría verdadera y la apertura universal al amor, haciendo de la vida misma una vereda hacia la divinidad. Por otra parte, el Tantrismo revaloriza altamente la condición femenina y, por tanto, el papel de la mujer, resaltando la condición divina como superadora de la diferenciación de los sexos.

El tántrico, en última instancia, aspira a la unión mística con el Absoluto, pero lo hace siguiendo las huellas de lo relativo y abrazándose a esa sustancia que paradójicamente contiene también lo contrario, propugnando, al mismo tiempo, la supresión de toda autoridad, y reclamando para la razón individual independencia absoluta de todo criterio sobrenatural, en un proceso de desconfianza de la moralidad convencional, y de asunción de los valores de la tolerancia, la no violencia y al apertura amorosa.

El tántrico embellece la vida desde el desapego y el arte de saber soltar, porque es consciente de que no hay nada a lo que aferrarse, y se esfuerza por modificar la concepción impuesta por la sociedad del momento, abriéndola a todas las realidades, y superando la dinámica asfixiante de los pares de conceptos opuestos. Y en esa línea, se afana en fusionar sus energías masculina y femenina, buscando convertirse en un andrógino espiritual y facilitando una implosión interna que revolucione las estructuras mentales y consiga un nuevo modo de percibir y sentir.

Consciente de que nunca se vive desde el concepto sino desde la experiencia, y de que el pensamiento mecánico usurpa el sitio de la realidad, el tántrico busca la verdadera sabiduría huyendo del afán de acumulación que induce el conocimiento ordinario.

El Tantra surgió como reacción a la rígida ortodoxia hindú, pero también porque consideraba que la enseñanza tradicional resultaba insuficiente e impracticable en aquella complicada época, caracterizada por oscuridad generalizada, la violencia, la codicia desmedida y las pasiones vehementes y contumaces, tratando de oponer a todo ello una nueva vía de existencia en la que las pasiones no fueran un fin sino un simple medio para el verdadero fin humano.

Todas estas reflexiones, y muchas otras, las desmenuza con precisión Ramiro Antonio Calle Capilla, maestro de yoga y escritor, en su libro Tantra, de la sexualidad sagrada al amor consciente. En su condición de pionero de la enseñanza del yoga en España y autor de numerosas obras, ha estudiado en profundidad los efectos terapéuticos de las psicologías orientales y de los aportes de la meditación al psicoanálisis, la psicoterapia y la neurociencia. Fue el primero en promover investigaciones médicas sobre la terapia Yoga en España, en colaboración con destacados médicos y especialistas y durante cuarenta años ha explorado los métodos de sosiego sintetizando los conocimientos de las psicologías de Oriente y Occidente.

Como dice un viejo adagio, existen muchas laderas para llegar a la cima de la montaña. El Tantra es una de ellas, pero nada fácil

Panteísmo y Cristianismo

marzo 15, 2022

Teilhard de Chardin, jesuita, paleontólogo y filósofo francés, en una conferencia pronunciada en París, en 1923, bajo el encabezamiento Panteísmo y Cristianismo, y rescatada por la Editorial Trotta en un libro titulado Lo que yo creo, empieza por afirmar solemnemente que el cristianismo y el panteísmo son las dos únicas fuerzas religiosas que se reparten hoy el mundo del pensamiento humano, y que su propósito era acercarlas buscando el alma cristiana del panteísmo y la cara panteísta del cristianismo.

Considera que el panteísmo es una tendencia profunda del alma humana, imposible de desarraigar, que radica en la preocupación religiosa por el Todo, y que encuentra en el cristianismo su plena satisfacción. Y afirma, al mismo tiempo, que la preocupación por el Todo hunde sus raíces en el fondo más secreto de nuestro ser, ya que, por necesidad intelectual, nos arrastra, en todo instante, a la consideración global del mundo, y a la búsqueda de una razón que dé sentido al conjunto de elementos dispersos en el que nos desenvolvemos. Pero todo ello no solo por  exigencia intelectual, sino también por la necesidad afectiva de una unión que nos complete, que nos resuelva la angustiosa separación existencial sobre la que nos arrastramos por la vida. Afirma igualmente que todas esas razones de la mente y del corazón que nos llevan de forma consciente o inconsciente hacia el Todo, hacia el Uno, lo hacen a través de los seres, que terminan por no percibirse como separados, sino como participantes de una misma unidad aún por llegar. Teilhard de Chardin  se pregunta si esa conciencia cósmica es la materialización de una espera, de un deseo ardiente, o una presencia imperiosa de lo universal; pero deja a la psicología, si puede, que responda.

Ante esta situación existencial tiene su sentido, para el jesuita francés, que la corriente panteísta esté incardinada en las primeras manifestaciones del pensamiento y en el corazón de los poetas y los filósofos de todos los tiempos, y de cuantos, desde siempre, se hayan preguntado por el sentido de las cosas. Y en esa nostalgia por el Todo, por su universalidad, por su unidad y por su infalibilidad, Teilhard, en su búsqueda del alma cristiana del panteísmo, quiere ver la sombra de Dios, el anhelo universal de Dios, apareciendo el cuerpo místico de Cristo, el Pléroma del que habla san Pablo, como la clave de la comprensión cristiana de la sustancia profunda del hombre.

Según Teilhard, el cuerpo místico de Cristo tiene una estructura tan consistente, por lo menos,  como la que se manifiesta en las realidades tangibles del Cosmos natural. E invita a los cristianos a comprender la unión mística en Cristo como una fuerza capaz de unir a las relaciones sociales la irreversibilidad de las leyes físicas y biológicas del Universo actual. Y pregona, huyendo de la extensión al Universo de cualquier planteamiento hipostático, que el cuerpo místico de Cristo no es un ser cuyo “yo” llegue a suplantar a todos los elementos agregados a él, sino un tipo de unión en la que los integrantes no pierden su personalidad, encontrándose al mismo tiempo englobados físicamente en el Todo orgánico y natural de Cristo consumado.

Para un filósofo moderno, continúa diciendo Teilhard, el Universo solo tiene realidad completa en el movimiento que hace converger sus elementos hacia algunos centros de cohesión superiores; es decir, nada se sostiene más que por el Todo, y el Todo, a su vez, no se sustenta más que por la consumación hacia la que va. Pero un cristiano puede decir algo más todavía, puede decir que ese Todo es Cristo, con quien él ya se encuentra en relación personal. Cristo soporta realmente, no de manera metafórica, el Universo. Esa es su función cósmica. Cristo sublima la creación elevándola progresivamente a través de todos los círculos sucesivos de la Materia y del Espíritu, es decir, entrando en contacto con cada una de las zonas de lo creado, desde la más baja hasta la más alta. Esto es lo que dice Pablo a los Efesios, que Cristo subió al cielo, pero antes había descendido a lo más profundo de la tierra para llenarlo todo.

El panteísta, bajo el pretexto de unificar los seres hacia el Uno, hacia el Todo, los confunde, los destroza, y con ello aniquila el misterio y la alegría de la unión. Pero el cristiano, al comprender la función universal llevada a cabo por Cristo, por el Dios encarnado, ha alcanzado la posición inexpugnable desde la cual puede hacer irradiar su fe y su esperanza en lo más alto de la posesión del Mundo. Y termina Teilhard su conferencia recordando que la afirmación más neta de un panteísmo cristiano la hizo Pablo en una de sus cartas a los corintios, cuando dijo: “Dios será todo en todos”.

El arte

febrero 15, 2022

El arte proporciona un conocimiento metafísico, es decir, propicia una forma de penetrar la realidad tangible y acceder a sus causas últimas, a lo que no es modificable ni perecedero, conectando, de esa manera, con el infinito al que aspira el espíritu humano. Basado en la convicción de que el hombre es un ser trascendente, y que, por naturaleza, busca la superación de sí mismo y de las limitaciones que le impone la vida, me permito afirmar que, apoyándose en la conciencia de ser mucho más de lo que aparenta, la persona humana  puede dar rienda suelta al sentimiento de que su destino no termina con lo que le rodea, y encontrar en el arte un vehículo adecuado para vislumbrarlo.

El hombre, como entidad material, está sometido a las leyes del espacio, del tiempo y de la causalidad; pero como ser espiritual, que también lo es, anhela zafarse de la tiranía que esas leyes imponen, y puede encontrar en la contemplación del arte, o en su ejercicio, sea cual fuere el grado de su cultura, un camino de acceso a su realidad superior.

A diferencia de la ciencia, el arte alude a un conocimiento que se realiza por medio de los sentidos, que no es de alcance menor que el proporcionado por la razón, sobre la que se fundamenta aquella, sino tan solo más incontrolado y, a veces, menos considerado socialmente en el mundo tecnificado.

Además, por medio de la contemplación estética, el hombre se emancipa de las limitaciones de su individualidad y se eleva a un estado superior en el que las personas ya no están separadas entre sí, sino participando de esa pureza del espíritu que les es común a todas. De esa forma, las fronteras del devenir cotidiano se diluyen en un lago infinito, zafándose, en esos instantes de contemplación, de las exigencias del espacio y el tiempo que le son innatas a su condición material, haciendo que su dimensión espiritual prevalezca sobre la material, con  independencia de la duración de ese momento. De ahí que el arte sea siempre liberador, y aunque haya que volver necesariamente a la realidad material individualizadora, le permite regresar con la esperanza de retornar, en algún momento, de manera definitiva a aquella realidad superior.

Por todo ello, el arte, su creación o su mera contemplación, es una actividad humana esencial para toda persona, al margen de su educación, conocimiento o posibilidades vitales. Y lo ha sido siempre, a lo largo de toda la historia, porque, aunque los estilos y manifestaciones artísticas están condicionados por su época, su dimensión elevadora es la misma desde siempre; no varía con el paso del tiempo, porque no tiene nada que ver con las realidades que le rodean. De ahí, también, que sea imposible definir el arte con conceptos que lo engloben totalmente, de la misma forma que esa imposibilidad se da igualmente al pretender definir a la persona en su globalidad, porque la esencia de ambos es inapresable y hunde sus raíces en el misterio.

Así considerado, el arte, lejos de ser un lujo, se presenta como una necesidad humana. Y resulta, por ello, exigencia perentoria articular en la sociedad elementos propiciadores de su creación y contemplación, al tiempo que mecanismos que permitan zafar su realización del desenfrenado mercantilismo con que, tantas veces, se cosifican las realidades espirituales.

Y esto que propugno en estas líneas no lo circunscribo solo a las clásicas bellas artes, como son arquitectura, danza, escultura, música, pintura y literatura, sino también a esas otras artes que el mundo moderno propicia y pueden tener el mismo efecto liberador y elevador que las clásicas, como podrían ser la fotografía o la cinematografía, entre otras. Porque, aunque la capacidad ennoblecedora del arte es la misma de siempre, su materialización está en función no solo de la inspiración del artista, sino también de las disponibilidades siempre crecientes que el desarrollo de la humanidad proporciona.

Amar el arte, como amar cualquier cosa, es esforzarse por llevarlo a su plenitud, por extenderlo a todos, por abrir los ojos de manera universal a sus posibilidades, de forma que al mismo tiempo que la vida humana individual se dignifique cada vez más, también se ennoblezca con la misma intensidad la vida social.