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Un año de Europa

diciembre 20, 2017

En este año que se acaba, desde el punto de vista europeo, hay, entre otros, dos acontecimientos que, a mi juicio, merece la pena destacar. Por una parte, la elaboración del Libro Blanco de la Unión Europea, con motivo del sexagésimo aniversario del Tratado de Roma, y, por otra, la elección del nuevo presidente de la República francesa.

En el mencionado Libro Blanco, la Comisión Europea expone cinco escenarios posibles para reflexionar acerca del mejor futuro de la Unión de los 27 países, una vez consumada la salida del Reino Unido. En él se da pie a un debate no solo entre los líderes de los distintos países, sino también con la participación de la sociedad civil y la ciudadanía. Se trata de esbozar, entre todos, un plan, una visión y un camino a seguir que se puedan presentar a los ciudadanos cuando se celebren las elecciones al Parlamento Europeo en junio de 2019. Y presentarlo con la convicción de que el futuro de Europa está en nuestras manos, en las manos de esos quinientos millones que vivimos en libertad en una de las economías más prósperas del mundo, entronizando los valores de la dignidad humana, la libertad y la democracia. Y todo ello haciendo pervivir y florecer la diversidad de culturas, de ideas y de tradiciones, habiendo sustituido la prevalencia del más fuerte por el Estado de Derecho.

La economía social de mercado de la Unión Europea nació con la promesa de garantizar que cada generación tuviera unas condiciones de vida mejores que la anterior. Actualmente existe el riesgo de que, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, esto ya no se cumpla para la actual generación. Es preciso conjurar este posible fracaso y, entre las variadas cosas que hay que hacer, urge completar la Unión Económica y Monetaria y reforzar la convergencia de los resultados económicos y sociales, haciendo de la europea una economía más inclusiva.

Y el segundo acontecimiento importante ha sido la elección de Emmanuel Macron como presidente de la República francesa. Su discurso, hasta el momento, está representando un soplo de aire fresco sobre los problemas de Europa. Hacía tiempo que no se oía a un mandatario continental hablar con tanta claridad y entusiasmo sobre la Unión Europea. Y sus palabras y sus ideas, condensadas en la conferencia que pronunció hace unos meses en la Universidad de la Sorbona, ante un auditorio internacional de estudiantes, abogando por refundar Europa en un horizonte de diez años, constituyen, a mi juicio, lo mejor que sobre la Unión Europea se ha dicho y propuesto desde la desaparición de los grandes líderes europeístas del siglo pasado.

La sombra de los nacionalismos de Estado, más o menos oculta, se deja ver de manera velada por detrás de las afirmaciones más aparentemente europeístas de gran parte de los mandatarios europeos. Había, y lo sigue habiendo en bastantes de ellos, una cierta contención dialéctica para no ir con las palabras más allá de lo “políticamente correcto”, habida cuenta del complejo equilibrio de intereses puestos en juego. Pero la postura de Macron, por lo menos hasta el momento, ha supuesto una cierta ruptura con esa pusilanimidad política, que no puede más que animar a la esperanza a los verdaderamente europeístas.

Hace mucho tiempo que había que haber asumido con determinación los graves problemas que atenazan a la Unión, pero resulta estéril lamentarse del pasado si no es para retomar el presente con la suficiente corrección de actitudes. La salida del Reino Unido ha puesto de manifiesto, con toda crudeza, que no se puede demorar por más tiempo el abordaje de los graves problemas que atenazan el proceso de construcción europea. Y es preciso encararlos con diálogo abierto, ciertamente, pero también con todo rigor y determinación, y, sobre todo, con la disposición de poner en marcha cuantas medidas sean necesarias.

No se puede negar que la crisis actual, de la que todavía no se ha salido del todo, y los cambios que ha producido, y sigue produciendo todavía, están extendiendo un desasosiego que lleva a una cierta desconfianza en los poderes públicos y en las instituciones democráticas, creando con ello un vacío que pretende llenar la retórica nacionalista y populista, con actitudes y propuestas que recuerdan las que ocasionaron la tragedia europea para cuya solución nació precisamente la Unión Europea.

En esta hora de Europa es necesario, como base para todo el andamiaje posterior de cambios que es preciso abordar, reforzar el sentimiento europeísta, sin el cual cualquier construcción futura se vendrá abajo ante las primeras dificultades. Y aunque es verdad que los sentimientos no se pueden crear por decreto, también es cierto que se pueden cultivar. Y esa tarea de cultivo, paciente pero segura, debe ser misión de todos los gobernantes en sus respectivos ámbitos de actuación.

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