Reflexión desde Barcelona

Hace ya mucho tiempo que la vida política española se ve atravesada por la incalificable actuación de las autoridades autonómicas catalanas, y de una manera particular por la de su presidente, que, contra toda la lógica democrática y frente al mandato de la ley, viene personificando unos actos de rebeldía, en un desafío soberanista, que no tienen parangón en ningún sistema democrático y solo encuentran su semblanza en los sistemas totalitarios, afortunadamente superados.

Resulta inadmisible que quien ostenta la máxima autoridad del Estado en un territorio se dedique precisamente a intentar destruirlo. Es igualmente condenable que quien, por su cargo, está obligado a guardar y hacer guardar la Constitución ocupe toda su actividad política en vilipendiarla y toda su imaginación en zafarse de ella. Y constituye una vergüenza democrática, y es prueba de un cinismo incomprensible, que se invoquen los deseos de un sector de la población para subvertir el orden democrático alegando que dichos deseos tiene capacidad de soberanía para destruir la democracia.

En la pasada manifestación celebrada en Barcelona con motivo de los recientes atentados de las Ramblas y Cambrils se puso de manifiesto, una vez más, la manipulación que los sectores llamados soberanistas vienen haciendo de la vida política en aquella comunidad. La organización de la manifestación, pensada para provocar el máximo abucheo posible al rey y al presidente del Gobierno y visualizar y exhibir con el mayor descaro posible las banderas que animan a la rebelión, constituyó un acto más del rosario de despropósitos políticos que jalonan la vida política catalana.

Frente a la pequeñez que están demostrando los políticos independentistas catalanes, es, sin duda alguna, la hora de los grandes políticos españoles, esos que sepan encarar los acontecimientos alambicados, que sean capaces de trascender su propio partido para entroncar con los planteamientos históricamente necesarios, que suelen desbordar siempre los márgenes de sus propias formaciones, por amplios que éstos sean. Incluso cabría decir que más que de políticos, es la hora de los grandes estadistas, de ese género particular de hombres o mujeres públicos que saben avizorar a través de la niebla del momento, que anteponen el bien general a sus propias ambiciones, o a las de su partido, y que aciertan con lo que puede y debe perdurar, con aquello que supera la inmediatez del titular benévolo de los medios de comunicación para asentarse en el juicio favorable de los libros de historia.

Esta es la gran política que España necesita en estos momentos para afrontar el problema del soberanismo catalán, y para llevar a cabo las correcciones del Estado autonómico que el paso del tiempo haya puesto de manifiesto con el fin de que pueda perdurar su efecto benefactor sobre toda la sociedad española. Frente a la pequeñez de algunos políticos catalanistas se precisa la grandeza de verdaderos hombres y mujeres de Estado que hagan de la crisis motivo de crecimiento y fundamento para un florecimiento mayor.

Y es preciso levantar también la voz frente a aquellos que, ante el problema del soberanismo catalán, esgrimen el argumento de que el sistema político actual está agotado, aprovechando la situación para intentar remover las vigas maestras de nuestro ordenamiento constitucional. La insistencia de algunas fuerzas políticas por abrir un proceso constituyente no solo no es la solución para el problema del nacionalismo excluyente catalán, sino un afán de pescar a río revuelto buscando la satisfacción de intereses partidistas que en ningún modo son acordes con el interés general de los españoles.

Desde mucho tiempo atrás, Cataluña ha estado en la vanguardia de la modernidad. Su capital, Barcelona, ha dado de forma permanente ejemplo de cosmopolitismo, tolerancia y europeísmo, constituyendo un pilar fundamental del orgullo de la España moderna. Y al espíritu catalán se le ha considerado siempre como paradigma elocuente de laboriosidad creativa y buen sentido común.

Reflexionando sobre todas estas cosas mientras paseaba por la Rambla de Cataluña después de la manipulada manifestación del pasado 26 de agosto en Barcelona, no pude evitar la nostalgia no del pasado, sino la paradójica nostalgia del esplendoroso futuro que Barcelona y Cataluña pueden tener si se encauzan adecuadamente los desafueros de su actual hora política.

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