Europa y religión

Al considerar la situación actual de la Unión Europea y el desasosiego que la negociación con Gran Bretaña está produciendo en muchas mentes, que desembocan con mucha frecuencia en estados crónicos de pesimismo acerca de la viabilidad real de la Unión, me parece importante reflexionar sobre algunas de las cuestiones que tienen indudablemente una fuerte incidencia en el propio ser europeo y a las que no suele darse, por lo general, la importancia que realmente merecen

Sabido es que en la educación reside el futuro de las personas, y, junto a ellas, el destino de las colectividades que forman. Sin perjuicio de la necesaria formación especializada que la moderna sociedad competitiva requiere, la apertura en profundidad de los procesos enseñantes a esos grandes valores de la persona que han ido cristalizando en la civilización occidental y que, a lo largo de los siglos, han humanizado el proceso de la convivencia humana, me parece algo esencial y a lo que los actuales procesos educativos deben dar la importancia que tiene para la auténtica edificación de la personalidad individual y su vertiente solidaria.

En esta hora de Europa, esos valores no pueden quedar sólo como elementos retóricos para los grandes discursos, sino como líneas de fuerza generadoras de un impulso de cambio social y económico, y de una verdadera transformación de las estructuras actuales, cuya necesidad se pregona desde muchos ángulos pero para cuya efectividad se dan menos pasos de los necesarios.

Es una postura comúnmente aceptada que las creencias religiosas, la cultura y la política tienen relaciones de mutua interacción, de forma que la práctica de una forma concreta de religión influye en la cosmovisión cultural y termina afectando a la identidad política de las personas.

En el contexto de esta interacción, en lo que respecta a la repercusión de las diferentes formas de cristianismo en Europa, tradicionalmente se han considerado que tres grandes corrientes ideológicas han influido poderosamente en la actual situación e Europa.

Por una parte, la tradición marxista, con su crítica a la religión, pretende legitimar la secularización y la laicización, poniendo de manifiesto la importancia de la producción económica de una sociedad y su relación determinante con los contenidos culturales y finalmente religiosos. Esta tradición ha tenido una importancia muy determinante en todos los países de la Europa del este, vinculando en gran parte el anticlericalismo con la memoria histórica de una Iglesia más cercana a la burguesía que a ninguna otra capa social.

La reacción a esta corriente, que pretendía corregir el determinismo marxista y resaltar la importancia de la cultura y, en definitiva, de la religión, ha permitido valorar las diferencias entre países europeos de tradición protestante y tradición católica. Según esta corriente, hacer del trabajo una virtud religiosa y del éxito económico un signo de la predilección divina, como en general lo hace el protestantismo, y de una manera particularmente intensa el calvinismo, ha conducido a un superior desarrollo del capitalismo en los países que sustentan esos credos, fundamentalmente en el Norte de Europa y Gran Bretaña, y es una de las claves para comprender las diferencias entre el Norte y el Sur de Europa.

Una tercera corriente acentúa la importancia que tienen las religiones como factor social, alegando, en contra del laicismo, que la religión no es un asunto privado, sino eminentemente social, pronosticando algunos autores que los enfrentamientos de este siglo XXI serán fundamentalmente conflictos de civilizaciones y que ellos comportarán inevitablemente guerras de religión.

Pero estas corrientes tradicionales, sin perjuicio de su incidencia, no consideran la importancia de la revolución científico-técnica que, para muchos, es la clave de la modernización y la secularización actuales. Desde el siglo XIX, la ciencia se ha convertido para la sociedad occidental en lo que durante milenios fue la religión: la explicación de la cosmovisión. Según este planteamiento, la ciencia es la última etapa del pensamiento humano, superando los saberes anteriores, presuntamente obsoletos y sin fundamento, y pretendiendo incluso convertir la filosofía en una servidora de la ciencia, como en la su día lo fue de la religión.

Hoy en día, en grandes capas de la sociedad, el razonamiento científico se ha convertido en el modelo fundamental del saber, de forma que algo sólo es verdadero si es científico, es decir, que todo conocimiento tiene que tener una base empírica para ser cierto, con lo que se comprende mejor la crisis de los sistemas metafísicos, de las ideologías y, en general, de la filosofía y de los ordenamientos morales del mundo.

En esta hora de Europa, en un mundo globalizado cada vez más, y asumiendo plenamente la modernidad científico-técnica es, a mi juicio, preciso no caer en nuevos mesianismos alienantes y plantear con todo rigor la importancia de la religión, de las religiones, en la formación de la persona y de la sociedad, y hacerlo en un clima de diálogo abierto y franco, buscando con denuedo aquello que une a todas sin perjuicio de sus diferencias particulares.

 

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