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¿Los Estados Unidos de Europa?

junio 23, 2017

La elección de Macaron como presidente de la República francesa ha arrojado un soplo de aire fresco sobre los problemas de Europa. Hacía tiempo que no se oía a un mandatario continental hablar con tanta claridad y entusiasmo sobre la Unión Europea. La sombra de los nacionalismos de Estado, más o menos oculta, dejaba verse por detrás de las afirmaciones más aparentemente europeístas. Había, y lo sigue habiendo, una cierta contención dialéctica para no ir con las palabras más allá de lo “políticamente correcto” en materia europea, habida cuenta del complejo equilibrio de intereses puestos en juego. Pero la postura de Macron, por lo menos hasta el momento, ha supuesto una cierta ruptura con esa pusilanimidad política. Decir que hay que refundar la Unión Europea, aunque sea dicho en un contexto de frenar el populismo derechista de su contrincante Le Pen, tiene, o puede tener si se siguen de ello sus consecuencias, un gran valor político.

No es ocioso recordar en estos momentos las palabras de ese gran europeísta español que fue Ortega y Gasset cuando decía que de una institución lo más grande que puede decirse es que necesita ser reformada, porque eso es tanto como afirmar que su existencia es imprescindible y que, además, es capaz de nueva vida. Exactamente lo que, a mi juicio, puede predicarse en estos momentos de la Unión Europea.

A pesar de todas las crisis y sinsabores económicos de la actual situación, me alineo entre los que piensan que la existencia de la Unión Europea es imprescindible y que, además, es capaz de nueva vida. Y a eso quiero pensar que alude el espíritu de las palabras de Macron dando a entender que  es preciso refundar la Unión Europea, con toda esa carga que implica siempre todo volver a empezar, pero apoyándose también en logros que el tiempo ya ha confirmado como sustanciales y sobre los que puede articularse una nueva singladura.

Por otra parte, el Gobierno que ha formado Macron en Francia, incluyendo en torno a su mesa a conservadores, moderados, socialistas, liberales y ecologistas habla a las claras de su vocación, al menos inicial, de conducir la vida pública de Francia por el centro político, por esa confluencia de la izquierda y la derecha democráticas que, en alianza de acción, logren una gobernación realmente centrada, conveniente siempre, pero más aún en los grandes momentos de crisis, como está atravesando Europa en estos tiempos.

Salvando todas las distancias, a mí me recuerda de alguna manera aquella formación española de la Unión de Centro Democrático que tan buenos resultados dio para nuestro país, logrando una transición ejemplar de la dictadura a la democracia, y preparando el solar de la política española para muchos años de fecundidad que solo ciertas irresponsabilidades actuales quieren poner en entredicho.

La creación de los Estados Unidos de Europa, con un claro avance hacia el federalismo integrador puede ser el revulsivo que logre fomentar el necesario sentimiento cívico europeo, al tiempo que renueve las instituciones, fortaleciéndolas, y encauzando de manera definitiva una política económica superadora de los pasados errores.

El primero que habló en público sobre los Estados Unidos de Europa fue Aristide Briand, político francés de principios del siglo XX, y ministro de Asuntos Exteriores de ese país cuando lo propuso ante la Sociedad de Naciones, en 1929.

También Ortega y Gasset, europeísta convencido y militante, se refirió en numerosas ocasiones a esa expresión para sintetizar en ella la necesidad de dar forma a la unión de los europeos, porque, decía: “La unidad de Europa no es una fantasía, sino que es la realidad misma; la fantasía es precisamente lo otro, la creencia de que Francia, Alemania, Italia o España son realidades sustantivas e independientes”

Y Winston Churchill también se explayó en esa necesidad de la unión cuando, a partir de su famoso discurso en la Universidad de Zúrich, en 1946, inició su campaña por una Europa unida, alentando con su prestigio y su voz autorizada las primeras sesiones en Estrasburgo del Consejo de Europa.

Los Estados Unidos de Europa pueden ser una solución, pero pueden igualmente existir otras. Lo verdaderamente importante en estos momentos es que sea cual fuere la fórmula con la que se pretenda refundar la Unión se haga con el espíritu fundacional, con lo que algunos han calificado el “espíritu de Stresa”, aquella pequeña ciudad del norte de Italia en donde arrancó la primera política realmente europea, la Política Agraria Común.

Como lo definió el ministro italiano de Agricultura del Gobierno del democristiano Amintore Fanfani, Mario Ferrari-Aggradi, en el discurso final de la conferencia que dio origen a aquella política, se trataba de la voluntad sincera de los allí reunidos de convertirse en una unidad política real, a base de establecer lazos cada vez más estrechos a través de la mutua comprensión, la eliminación sistemática de absurdas barreras artificiales surgidas de prejuicios históricos, y la afirmación de una fe sincera en la futura Europa unida.

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