¿Dos velocidades?

En la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno europeos celebrada en Bruselas el pasado 10 de marzo se puso de manifiesto la predisposición de algunos Estados importantes como Francia, Alemania, Italia y España de encarar el desafío que representa la salida del Reino Unido de la Unión Europea con una intensificación de la integración en la forma que se ha dado en llamar de “dos velocidades”.

Es natural que a la mayor parte de los países del este no les entusiasme la idea y que tanto Hungría, como la República Checa o Eslovaquia, capitaneados en esa protesta por Polonia, muestren su desacuerdo y digan que esa fórmula podría poner en peligro la propia integridad de la Unión Europea.

No es fácil la solución de los actuales problemas europeos. La marcha del Reino Unido ha sido, sin duda alguna, un mazazo que ha puesto en cuestión gran parte de lo logrado hasta el momento y obliga, necesariamente, a reflexionar con parámetros distintos de los empleados hasta ahora. Hay situaciones en la vida de los pueblos, y de las instituciones en general, en las que no ir hacia adelante supone necesariamente retroceder. La Unión Europea se encuentra en esta angustiosa disyuntiva.

Como dijo el presidente de la Comisión, Jean Claude Juncker, en la cumbre citada, las “dos velocidades” no pretenden levantar ningún tipo de “telón de acero entre el este y el oeste, sino permitir el progreso de aquellos que quieren hacer más”. Y este es, a mi juicio, el meollo de la cuestión. La Unión Europea no puede concebirse sólo como un mecanismo para obtener fondos, como unas fecundas ubres para nutrir el desarrollo de los países más atrasados, sino como un proyecto colectivo superador de viejos conceptos estatales y generador de una nueva ciudadanía que no tenga en el pasado sus elementos de referencias sino en una “voluntad de ser” lo que no se ha sido todavía.

Tal vez sea pronto para decirlo, y en esta posible prontitud podría radicar el error de un planteamiento precipitado, haciendo con ello cierta aquella máxima política de que “peor que no tener razón es tenerla antes de tiempo”. Pero, me encuentro entre los piensan que tendrá que llegar el día en que la Unión Europea deje de ser una unión de Estados para convertirse en algo completamente supranacional.

Son los Estados nacionales los que representan al pasado; es el nacionalismo de Estado el que obstruye la construcción europea; son las soberanías nacionales las que dificultan la aparición de una nueva Europa. Y hasta tal punto es así, que, a mi juicio, esa ha sido, precisamente, la razón última del “Brexit”: Inglaterra no soporta dejar de ser Inglaterra. No lo ha soportado nunca, y, a pesar de que ya no es lo que fue, podríamos evocar el título de aquella novela de Miguel Delibes para decir que la sombra del imperio es alargada, aunque ahora ya no tenga imperio y casi ni sombra.

Lo he dicho repetidamente a través de estas líneas y creo que es necesario repetirlo de nuevo. Para la verdadera construcción de Europa es preciso que deje de ser percibida exclusivamente como un asunto económico, como un mero mercado de intereses. Hace falta apelar al corazón, a los sentimientos, a los afanes vitales y culturales de los europeos, sobre todo de las generaciones jóvenes , las que no están ancladas en las estructuras del pasado y anhelan algo distinto, algo que les aporte una existencia mejor que la de sus padres o sus abuelos en todos los aspectos. No es seguro que para lograr esto la fórmula de las “dos velocidades” sea la solución, pero tampoco es seguro que lo contrario sea cierto. Y, desde luego, lo que, a mi juicio, está fuera de duda es que seguir como lo hacemos hasta ahora puede ser la mejor forma de llegar tranquilamente al desastre.

Algunos dicen que en esta hora de Europa hacen falta auténticos líderes, políticos que estén dispuestos a mirar por encima del horizonte de sus propias urnas electorales, que avizoren el futuro y sepan proyectar la idea de lo que no existe todavía. Yo estoy de acuerdo, pero considero que esa necesidad no es solo para esta hora de Europa, sino para cualquier hora. La exigencia de buenos políticos es permanente, no está constreñida a ningún momento concreto. Contemplando el panorama de los actuales líderes europeos, resalta todavía más la talla de los grandes líderes fundadores de la Unión Europea, y volver la vista hacia ellos para imbuirnos de su impulso no es mirar hacia el pasado, sino, al contrario, hacia ese futuro al que ellos apuntaron, y hacer votos porque surjan quienes puedan conducirnos a él.

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