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Un ejército europeo

marzo 31, 2017

Las declaraciones del vicepresidente norteamericano, Mike Pence, en la Conferencia de Seguridad de Múnich de días pasados, afirmando con claridad, en nombre de su presidente, que el apoyo de Estados Unidos al Tratado del Atlántico Norte (OTAN) es inquebrantable y que también lo es el apoyo a la Unión Europea han supuesto un considerable alivio europeo e internacional.

De todas maneras, la salida del Reino Unido de la Unión Europea y el actual Gobierno norteamericano de Donald Trump son circunstancias suficientemente preocupantes para la Unión Europea y que deberían provocar en ésta una vigorosa reacción para acentuar y profundizar su integración política

Una de los aspectos más importantes que debería abordarse cuanto antes, y cuya necesidad es palmaria a la vista sobre todo del actual grado de inseguridad mundial, es la creación de una auténtica política de Defensa de la Unión, que debiera tener su eje fundamental en la creación de un ejército europeo, superando el gran fracaso histórico que representó el abandono, en 1954, del proyecto de la Comunidad Europea de Defensa (CED)

Dicha comunidad fue propuesta cuatro años antes por el entonces jefe del Gobierno francés, René Pleven, y apoyada por dos de los padres fundadores de la naciente Comunidad Europea: Jean Monnet y Robert Schumman. El proyecto consistía en la creación de unas fuerzas armadas europeas con integración de los ejércitos de los distintos Estados miembros. El plan, fuertemente apoyado por los Estados Unidos y muy mal visto siempre por Gran Bretaña, fue derrotado en la Asamblea francesa, siendo jefe del Gobierno francés Pierre Mendès France, entre otras causas, por la oposición frontal del grupo gaullista en el Parlamento francés, y supuso la dimisión de Jean Monnet, Presidente entonces de la Alta Autoridad de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA)

La derrota del proyecto supuso un durísimo golpe a la construcción europea y el abandono de toda idea de cooperación militar continental formal hasta 1.999, cuando, a través del Tratado de Ámsterdam, se permitió una cierta colaboración de los ejércitos nacionales, como sucede hasta los días actuales.

En estos momentos, en ámbitos europeos, se acepta la necesidad de que sea el Consejo de la Unión Europea el órgano que defina los objetivos de las misiones conjunta los ejércitos de los diferentes Estados miembros. Igualmente se contempla la necesidad de replantear las relaciones de la Unión Europea con la OTAN y establecer un concepto estratégico basado en unas prioridades claramente definidas. Todas éstas son cuestiones necesarias, pero insuficientes para poder hablar de una auténtica política de defensa común. Lo que se precisa, junto con todo lo anterior y otras cuestiones similares, es, a mi juicio, dar el paso decisivo de la creación de ese ejército europeo, que superando aquel fracaso histórico comentado, sirva no solo de basamento de su política exterior sino también de catalizador de la verdadera unión.

La salida del Reino Unido de la Unión Europea puede facilitar de manera notable el camino hacia ese ejército europeo. Gran Bretaña, en su tradicional línea de distanciamiento de todo lo continental, estuvo siempre en contra de él, a pesar de que, tras la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill fue el primero en reivindicar, en 1946, la creación de unos Estados Unidos de Europa.

Por más que, desde ángulos distintos, se quieran pronunciar palabras tranquilizadoras, lo cierto es que la Unión Europea se encuentra en una de esas críticas encrucijadas vitales en las que si no se avanza, se retrocede inexorablemente. La mera continuidad de lo establecido no conduce a ningún sitio, sino a hacer posible el cuestionamiento de su propia existencia en algún momento posterior. La ausencia en el presente de verdaderos líderes europeístas no hace sino agravar esta situación y dar pábulo a los movimientos separatistas para proclamar, con creciente insistencia, el orgullo del Estado nacional y de la propia soberanía, en un ejercicio tan anacrónico como preocupante.

La dureza de la crisis económica por la que está pasando la Unión Europea no debe ocultar la crisis política que viene arrastrando desde hace más de diez años. El fracaso del proyecto de Constitución del año 2005, con el voto negativo de los referéndums francés y holandés, supuso un gran impulso para todos aquellos europeos que quieren replegarse sobre sus propios Estados, debilitando, cuando no aguando, el espíritu de unión política nacido del Tratado de Maastricht. Es preciso avanzar de nuevo hacia un acto constituyente que, superando los actuales planteamientos del Tratado de Lisboa y fundamentándose en un pacto social, cree un poder constituyente que dote a Europa de una verdadera Constitución. Y para ello, la creación de un ejército europeo supondría un notable paso político