Reflexión sobre la ciencia

En las Cortes de Aragón, al hilo de una interpelación sobre la ecoinnovación, se ha planteado un interesante cambio de opiniones sobre la importancia de la ciencia, la conveniencia de darla a conocer al gran público y la oportunidad de debatir de manera permanente, rigurosa y democrática, sobre la gran problemática de sus límites, abriendo paso, con ello, a un proceso complejo, pero sumamente interesante. Al fin y al cabo, plantearse los límites de la ciencia, es tanto como plantearse los límites de la realidad misma y de la propia existencia humana, cuestiones de siempre, complejas por naturaleza y nunca resueltas, y que a la luz de los nuevos avances científicos adquieren un relieve y una importancia superiores.

La ecoinnovación es un concepto relativamente moderno que alude a esa intención de que la innovación se circunscriba a la consecución de productos que sean sostenibles, y lo logre por medio de procesos que también lo sean, y ello en la triple dimensión del concepto de sostenibilidad, es decir, que sean sostenibles ambiental, económica y socialmente. Pero este mismo concepto puede contemplarse también, como se aludió en aquel debate, desde otra perspectiva: la que expresa su carácter de restricción a su impulso ilimitado, y la que, por lo tanto, suscita la reflexión sobre los límites de la innovación, que es tanto como pensar sobre los límites de la ciencia, pues aunque se puede acceder a la innovación por distintas vías, es fundamentalmente por la científica por la que aparece en sus versiones más vanguardistas y transformadoras de la sociedad.

En los siglos XVIII y XIX se pensaba con entusiasmo que la ciencia era el gran motor de la historia, y que ésta, inexorablemente, llevada de la mano de la primera, conducía a la transformación de la sociedad en beneficio siempre de la humanidad. Esa concepción providencialista de la historia se truncó en el siglo XX cuando se vieron algunas de sus dramáticas consecuencias

Pero después de la Segunda Guerra Mundial, superadas ya gran parte de las crisis, ha vuelto a renacer, con renovada fuerza, el entusiasmo por la innovación, por la ciencia, configurándose un estado de ideas en el que la ciencia aparece de nuevo como el gran motor del progreso, reforzada por el papel preponderante de las nuevas tecnologías y el avance hacia esa sociedad del conocimiento que se vislumbra en el horizonte de todas las esperanzas.

Como ha reconocido la Conferencia Mundial sobre la Ciencia, “son innegables los avances que el saber científico ha producido. La esperanza de vida ha aumentado de manera considerable y se han descubierto tratamientos para muchas enfermedades. La producción agrícola se ha incrementado enormemente en muchos lugares del mundo para atender las crecientes necesidades de la población. Está al alcance de la humanidad el liberarse de los trabajos penosos gracias al progreso tecnológico y a la explotación de nuevas fuentes de energía, que también han permitido que surgiera una gama compleja y cada vez mayor de productos y procedimientos industriales. Las tecnologías basadas en nuevos métodos de comunicación, tratamiento de la información e informática han suscitado oportunidades, tareas y problemas sin precedentes para el quehacer científico y para la sociedad en general. El avance ininterrumpido de los conocimientos científicos sobre el origen, las funciones y la evolución del universo y de la vida proporciona a la humanidad enfoques conceptuales y pragmáticos que ejercen una influencia profunda en su conducta y sus perspectivas”.

Pero igualmente es cierto, como esa misma Conferencia reconocía, que “las aplicaciones de los avances científicos y el desarrollo y la expansión de la actividad de los seres humanos han provocado también la degradación del medio ambiente y catástrofes tecnológicas, y han contribuido al desequilibrio social o la exclusión, habiéndose posibilitado la fabricación de armas de destrucción masiva”.

Y todo ello sin dejar de considerar que la ciencia debe ser un bien compartido por todos, que la enseñanza de la ciencia es fundamental para la plena realización del ser humano, y que su divulgación es una obligación de los poderes públicos

El Pacto por la Ciencia, suscrito en Aragón por todas las fuerzas políticas, aboga claramente por abrir la política pública de ciencia y tecnología a las sensibilidades y opiniones de los ciudadanos afectados e interesados, de forma que se facilite la viabilidad práctica de la innovación y se profundice en la democratización de los sistemas.

Y teniendo en cuenta, como en ese mismo Pacto se afirma, que los centros de generación de conocimiento, con el apoyo de los poderes públicos, deben prestar especial atención a la difusión del mismo, y hacerlo de forma sistemática y de manera accesible para el público, resulta, a mi juicio, sumamente interesante que surjan ámbitos estables de reflexión sobre la ciencia y de divulgación de sus potencialidades

Por eso, opino que, en nuestros días, en los que además se perfilan avances científicos sin precedentes, hace falta un debate democrático, vigoroso y bien fundado sobre la producción y la aplicación del saber científico, de forma que se fortalezca la confianza de los ciudadanos en la ciencia y se esclarezcan ante ellos todas estas cuestiones. Y para la contribución a este debate, que tiene dimensión mundial, considero que Aragón debiera contar con algún foro estable que lo hiciera posible.

 

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