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Innovación en las ideas

noviembre 29, 2016

La liberación del individuo de los vínculos tradicionales, apuntada ya en la Baja Escolástica por la alta valoración que lo individual adquirió en ella, constituyó un elemento de innovación de primer orden en el desarrollo cultural europeo y en la transformación de las ideas.

La rotura del vínculo medieval entre la fe y el saber puso las bases para esa liberación y propició la aparición de poderosas fuerzas nuevas tanto en lo uno como en lo otro, iniciando un movimiento humanista que abogó por un contacto más profundo con las fuentes antiguas del espíritu europeo

Todo ello se produjo como consecuencia de las grandes innovaciones que tuvieron lugar por aquella época y que dieron lugar a importantes mutaciones de las fuerzas de desarrollo social. Entre estas innovaciones cabe citar, sin perjuicio de otras, la aparición de la brújula, que propició una mutación sustancial en el arte de la navegación por los océanos; el descubrimiento de la pólvora, que condujo a la superación de la posición hegemónica de la caballería en la guerra; y la invención de la imprenta, que dio lugar a una rápida y revolucionaria difusión de las ideas. Y ello, potenciado además por la amplitud del horizonte físico y mental que propiciaron los grandes descubrimientos geográficos.

El nuevo movimiento innovador, el humanismo, puso su acento en la mirada a la Antigüedad clásica, puramente humana, desligada de cualquier corsé teológico, y penetró todos los ámbitos de la vida dando forma al “Renacimiento”, ese volver a nacer de la humanidad por el renacer del hombre antiguo, del hombre clásico que alumbró la cultura griega y continuó la romana.

Y con ello, apareció el hombre renacentista, liberado de viejas ataduras, consciente, cada vez más, de los nuevos espacios y posibilidades que la vida ofrece, y dispuesto a desarrollar al máximo sus potencialidades desde una nueva visión del mundo, de la sociedad, del derecho y del estado, haciendo de ello una de las mayores innovaciones de la historia.

Muchos piensan que hoy en día nos encontramos en un momento de similares transformaciones económicas, sociales y culturales, debido, entre otras causas, a la revolución digital, las nuevas tecnologías, la introducción paulatina de la sociedad del conocimiento, y otros factores similares, que están cambiando la manera de pensar, actuar y vivir de la gente.

Se están poniendo en marcha nuevas modalidades de crear conocimientos, de educar a la población y de transmitir información. La forma de hacer negocios se está reestructurando y la economía, en consecuencia, está cambiando al mismo ritmo, como inevitablemente tendrán que cambiar también las estructuras políticas y sociales que sobre ella se apoyan.  Y toda esta revolución, inevitablemente, afectará a la propia persona, al concepto que tenga de sí misma y de su destino, a la forma en que conciba su misión en este mundo, y a la percepción que adquiera de sus propios desasosiegos vitales.

Por todo ello, es importante que el campo de la innovación no quede circunscrito a la esfera económica y productiva, sino que se extienda también, y con la máxima plenitud, al ámbito humano, al cúmulo de preocupaciones existenciales de la persona. Y para ello se requiere que, al margen de cualquier genialidad, la investigación se extienda también por esos campos

 

Pero, además, la innovación, como casi todas las cosas de la vida pública y privada, puede ser un arma de doble filo. Puede mejorar la productividad de muchos procesos, pero puede empeorar otras cosas, haciéndose necesario un marco conceptual, ideológico, que sirva de elemento de referencia para juzgar la bondad o la perversión de la innovación.

Por eso, innovar en las ideas supone enfrentarse con toda la realidad circundante, no solo en el exterior de la persona, sino en su propio interior, haciéndolo desde la propia circunstancia histórica, adentrándose con ello, con las categorías de nuestro tiempo, en campos que son propios de los planteamientos filosóficos o religiosos; en definitiva: acercarse a saberes que le valgan a la persona para vivir mejor, en el sentido más profundo de su dimensión existencial, en esta época que le ha tocado vivir.

Una parte de la sabiduría de la historia consiste, más que en comprender lo que se puede hacer, en ser consciente de lo que ya no se puede hacer, abocando con ello a la persona a la búsqueda de la novedad, de lo que no existe todavía, en definitiva, a investigar en esa dirección futuriza que procurará inevitablemente innovación en las ideas.

Por todo lo anterior, me parece una excelente noticia que el rector de la Universidad de Zaragoza anunciase días pasados, en una comparecencia ante las Cortes de Aragón, que se van a poner en marcha un instituto de investigación de Ciencias Sociales y otro de Humanidades, áreas ambas donde esa universidad es muy competente y cuenta ya con varias líneas de trabajo

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