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Las dimensiones de la innovación

octubre 24, 2016

Hace ya tiempo, la Comisión Europea declaró que, tras haber atravesado la peor crisis económica desde los años treinta del pasado siglo, la única forma para conseguir la restauración de los puestos de trabajo destruidos y lograr prosperidad consiste en mejorar la innovación en todos los aspectos, desarrollando nuevos productos y servicios.

Esta solemne afirmación, aceptada ya de forma general, constituye una de las bases más extendidas del actual pensamiento económico, y obliga a utilizar adecuadamente el potencial científico y tecnológico de cualquier Comunidad o país para la generación de innovaciones, de forma que su ausencia lastra indefectiblemente las posibilidades de crecimiento sostenido y de creación de empleo de calidad.

Nadie duda de que la creación de puestos de trabajo, que es inherente al desarrollo económico, es una condición necesaria para el logro del bienestar humano, y que en esa tarea la innovación, como motor de la riqueza económica, es un factor primordial tanto por su capacidad para aumentar la competitividad empresarial como por su virtualidad para ser la base de nuevas industrias tecnológicas de diseño hasta ahora desconocido.

Sin perjuicio de lo anterior, es preciso considerar también que, a mi modo de ver, no hay en estos momentos, o existe en muy escasa proporción, ninguna discusión sobre la relación del avance tecnológico y la estructura moral de la sociedad, como si la preocupación moral fuera por naturaleza incompatible con la inquietud sobre la innovación tecnológica.

A mi juicio, el desarrollo tecnológico, todo desarrollo, tiene que ser sostenible para que se pueda decir de él que es desarrollo realmente para el progreso y no para la involución. Pero ese concepto de sostenibilidad no es algo lineal, algo que se pueda sustanciar en una única dirección, como desde algunos ángulos se propugna, relacionándolo exclusivamente con lo ambiental, con lo medioambiental. Por el contrario, opino que la sostenibilidad es un concepto, por lo menos, tridimensional, y junto a la dimensión ambiental, conviven también la dimensión económica y la social. Y si en la dimensión económica podría caber de lleno ese providencialismo que a la innovación se le otorga por su virtualidad creadora de competitividad, no cabe extenderlo sin más a la dimensión social, porque lo social está integrado por personas y el bienestar de las personas no se rige por la ley de la competitividad. Esta consideración nos lleva, a mi juicio, a insertar de lleno la reflexión sobre la innovación, también, en la órbita de los planteamientos morales.

El deseo de pasar a una economía del conocimiento sin cambiar la estructura productiva actual tiene el riesgo de convertir el conocimiento en una mercancía más, con lo que no solo no se cambia el actual sistema productivo sino que se ahonda en él de una forma más refinada y sofisticada, perpetuando las injusticias estructurales que tiene, como todo sistema, y eludiendo la reflexión profunda sobre su verdadera transformación.

Todo ello, sin perder de vista, además, que los cambios de los sistemas productivos no son nunca el resultado de la acción de unos políticos concretos, salvo en el caso de las revoluciones, sino la consecuencia de unas modificaciones estructurales operadas por una gran infinidad de agentes, en unos ámbitos temporales más o menos largos y en función de situaciones históricas no controlables por nadie en particular, sino por el propio devenir de la modernidad de los tiempos.

Por todo ello, es necesario decir que el culto abstracto a la innovación es preciso atemperarlo con una visión más crítica de las realidades que haga posible la distinción entre esas vertientes suyas claramente benefactoras del progreso humano de aquellas otras que requieren el paso por un tamiz de consideraciones morales no fáciles de definir en todo momento ni comúnmente aceptadas por todos los grupos sociales, dando así a la innovación una profundidad filosófica y multidireccional que enriquece, sin duda alguna, la preocupación social por la misma.

El providencialismo histórico que desde muchos ángulos económicos se concede a la innovación tecnológica lleva implícita la creencia de que es superflua la relación entre tecnología y moralidad, con el riesgo de convertir este pensamiento en pensamiento único, y privar, con ello, a la innovación de su verdadera capacidad de ahondar en el auténtico progreso humano.

La crisis que padecemos no es solo una crisis financiera o de modelo productivo, sino, y muy fundamentalmente, una crisis de valores, de creencias, en el sentido más profundo de esas palabras, aquel que evoca su condición de sustento último de la personalidad, de marco orientador para saber a qué atenerse en la vida.

Y es en esta necesidad de encontrar nuevos valores, nuevos cuadros de referencia vital, y no solo económica, donde la palabra innovación, con toda la carga de incertidumbre y desafío humanos que conlleva, puede adquirir una dimensión de importancia fundamental en la vida de la sociedad y de las personas.