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El renacimiento de la Unión Europea

septiembre 27, 2016

En un momento crucial para la Unión Europea, después del tristemente famoso “Brexit”, se reunieron en la isla Ventotene, en el golfo de Nápoles, la canciller alemana Angela Merkel, el presidente francés François Hollande y el primer ministro italiano Matteo Renzi, con el objetivo de relanzar la Unión Europea, en un intento de sentar las bases para una nueva Europa sin el Reino Unido.

El sitio elegido para el encuentro es muy simbólico porque en ella, hace 75 años, en 1941, en plena guerra mundial, se elaboró el «Manifiesto por una Europa libre y unida», donde se planteaba la necesidad de un federalismo europeo con un parlamento elegido por sufragio universal y un gobierno democrático con poderes reales en la economía y política exterior, para llegar así a los Estados Unidos de Europa.

La reunión de los tres mandatarios giró en torno a los planes para estudiar los asuntos relativos a la economía, la inmigración, la alianza de países del sur del Mediterráneo y la defensa y seguridad comunes.

El interés de los temas que se abordaron es innegable. La pretensión de negociar con los países africanos para que faciliten la repatriación de sus habitantes, el objetivo de compartir la logística y brigadas de combate para afrontar conjuntamente situaciones de crisis, la necesidad de crear una alianza, como ya decía Romano Prodi, de los países del sur del Mediterráneo, y la pretensión de menos austeridad y más inversiones constituyeron una agenda interesante para la cumbre informal de los veintisiete que se celebró en Bratislava a mediados de septiembre.

Pero todo esto, con ser interesante, no agota, ni siquiera aborda, los principales y profundos problemas de la construcción europea que están siendo sistemáticamente preteridos por sus Estados-miembros y que, a mi juicio, componen el sustrato sobre el que nacen las crisis de la Unión.

El proyecto de la Unión Europea, hoy reducido a veintisiete Estados, no se puede lograr si no hay conciencia de identidad cultural y de comunidad histórica, entendiendo ambos términos en el sentido amplio de su acepción. Es cierto que no existe una cultura europea en el sentido estricto de la palabra cultura, porque Europa es más bien la integración de su diversidad cultural; pero esa integración de las distintas culturas, con capacidad para criticarse internamente en un respeto compartido, e incluso en una admiración compartida, es lo que constituye, a mi juicio, la identidad cultural europea, sobre la que se habla muy poco, se fomenta menos, y está permanentemente alejada de las preocupaciones de los gobernantes europeos.

Sin este sustrato común que es lo que puede dar basamento a una conciencia identitaria europea, completamente compatible con las identidades locales o nacionales, el proyecto de la Unión estará siempre falto de la verdadera fuerza de cohesión y sometido a los avatares de las distintas crisis económicas o nacionales. Urge, por lo tanto, que en las agendas de reconstrucción de la Unión, que tan apremiante se ha hecho con la salida del Reino Unido, se aborden, además de los actuales, los problemas que no se han abordado nunca y que exceden de lo meramente económico o político

Jean Monet, uno de los padres fundadores dela Unión, se lamentó al final de su vida de no haber promovido, junto a la comunidad europea, una Europa de la cultura en los años cincuenta; y Regis Debray, miembro del Consejo de Estado de Francia con Mitterrand, subrayó la importancia de la identidad cultural como parte del proyecto de la Unión, apuntando ambos a esa ciudadanía europea, recogida en el frontispicio de ese malogrado proyecto de Constitución europea, liderado por Valéry Giscard d’Estaing, donde se asumía la “Carta de los derechos fundamentales”, con carácter vinculante y fuerza jurídica, recogiendo los derechos clásicos y los de tercera generación, como la protección de la diversidad cultural y lingüística

En estos momentos de globalización, de crisis del Estado de bienestar y de pérdida de hegemonía del Estado-nación, sobre la que se ha asentado la Unión hasta el presente, es preciso buscar nuevas bases de asentamiento entre las que la ciudadanía europea ocupa un lugar destacado, fundamentándose en la doctrina de los derechos humanos con rango constitucional,  y dando lugar a lo que podríamos llamar “patriotismo constitucional”, en sustitución de los patriotismos nacionalistas que hoy, por desgracia, resurgen en muchos países de la Unión.

¡Ojalá ese grito de “Europa nació aquí”, que pronuncian orgullosos los quinientos habitantes de la isla Ventotene, se pueda ver acompañado algún día por ese otro de “la Unión Europea renació allí”, pronunciado por millones de europeos!

 

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