La Universidad

Después de las grandes escuelas de Grecia y Roma, con los ilustres maestros de la época y las cumbres universales de Platón y Aristóteles cuyo pensamiento ha llegado hasta nuestros días, la aparición de la burguesía medieval y su espíritu asociativo de corporación autónoma, articulado en torno al conocimiento, propiciaron el nacimiento de las universidades

La Universidad medieval, impregnada del espíritu de la Cristiandad y fuertemente enraizada en la sociedad de su época, constituye el arranque de lo que hoy en día entendemos por universidad. Y sin perjuicio de los distintos matices que en las sucesivas épocas medievales fue asumiendo y de los diferentes países en los que fue surgiendo, acrisoló, antes de la aparición de los Estados nacionales, una línea básica de modo de ser, la expresión de su condición de organismo espiritual supranacional, que abarcaba todos los ámbitos del saber, con el fin de conducirlos juntos a la teología cristiana, que lo coronaba todo.

Como organizaciones libres, participando en común del espíritu de la Cristiandad, la voz de las universidades, apuntalada por su saber, trascendió en todo momento sus particulares ámbitos para incidir de lleno en la vida política de la época, haciendo realidad ese deseo de que nada de lo social le fuera ajeno

Ese espíritu de la Cristiandad se perdió con la aparición del mundo moderno. Las ideas del Renacimiento, la Reforma y la ruptura de la unidad religiosa, así como las secuelas de las guerras de religión subsiguientes, mutaron su carácter, dando, en gran parte, paso a su conversión en organismos al servicio del Estado, como lo puso de manifiesto la Universidad napoleónica, con gran influjo en otros países europeos.

Posteriormente, con la reforma de las universidades de Oxford y Cambridge, y la fundación de la Universidad de Berlín, surgen distintos planeamientos de lo que debe ser una universidad y de cuál es su fin primordial.

El cardenal Newman, acentuando su concepto de educación liberal como término medio entre la educación confesional y la educación meramente pragmática, consideró que la finalidad universitaria era dotar al hombre del conjunto de conocimientos precisos y la necesaria disciplina intelectual para que pudiera desenvolverse de forma adecuada en la vida, con independencia de su concreta actividad profesional, elevando de esta forma la educación universitaria al rango de fin en sí mismo y no como un mero instrumento para otros fines. Puso con ello de manifiesto que la misión fundamental de la universidad no era moral, ni utilitaria ni profesional, sino fundamentalmente intelectual.

Para Karl Jaspers la universidad estaba de manera primordial al servicio de la Ciencia y la Investigación, exigiendo para ello la libertad en la búsqueda de la verdad, y entronizando la libertad como elemento sustancial del espíritu universitario. Ningún monopolio ideológico debía sobreponerse a este fin fundamental de dar formación científica.

Ortega y Gasset, sin embargo, colocó la Cultura y no la Ciencia en el centro de las tareas universitarias, entendiendo por Cultura lo que Ortega entendía por tal, es decir, el sistema de ideas vivas sobre las que se asienta cada tiempo, alejándose con ello del concepto de cultura como una mera suma de conocimientos, y contemplándola como ese conjunto de ideas vitales que sostiene la existencia humana y justifica sus decisiones. Para Ortega, el culto a la Ciencia producía la desintegración cultural de la persona

Todas estas reflexiones históricas, y muchas otras de similar calibre e importancia que podrían verterse, no me parecen ociosas en un momento, como el actual, en el que el Gobierno de Aragón, dentro del marco autonómico español, tiene por delante la intención de elaborar una nueva ley de ordenación de su sistema universitario. Y de una manera particular, tras unos meses en que una visión alicorta de lo que la universidad debe ser ha propiciado la adopción de medidas, a mi juicio, inconstitucionales, que atentan contra la libertad de enseñanza y empañan los verdaderos fines de la educación universitaria.

Sin perjuicio de todos los debates que para el buen término de la ley hayan de producirse, a mi juicio, hay cuestiones fundamentales que es preciso salvaguardar y entre las que podrían citarse la adopción de los criterios de calidad y excelencia del Espacio Europeo de Educación Superior, el fomento de los valores democráticos y la educación para la paz, el respeto a la libertad de pensamiento, y los derechos constitucionales en materia de educación, entre otros del mismo rango de importancia.

¡Ojala los partidos que sustentan actualmente al Gobierno de Aragón hagan posible que la dialéctica parlamentaria permita dar nacimiento a una buena ley que, alejada de dogmatismos anticuados y abrazando la modernidad intelectual y constitucional, pueda propiciar el fortalecimiento de la institución universitaria en beneficio de todos los ciudadanos!

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