Ante el “Brexit”

Cuando se produjo la “crisis griega”, con la elevación al primer plano de la actualidad periodística de los asuntos europeos, afirmé, a través de estas mismas líneas, que tal vez fuera esa circunstancia la única consecuencia positiva de dicha crisis, porque trasladaba a la calle la preocupación por los asuntos de la construcción europea. Con incomparablemente más fuerza puede hoy decirse lo mismo de la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

Y digo esto porque uno de los mayores problemas que ha tenido siempre, y lo sigue teniendo ahora, la construcción europea es la distancia con la que los ciudadanos consideran ese proceso y el alejamiento que en sus inquietudes tienen los problemas que la afectan.

El “Brexit”, al margen del desastre europeo que representa y de las gravísimas consecuencias que va a tener, puede, y debe, a mi juicio, convertirse en el aldabonazo que despierte las conciencias europeas, las de la calle y las de los gobiernos, y obligue a plantearse con toda seriedad si de verdad se desea una auténtica Unión Europea.

Hace mucho tiempo que había que haber asumido con determinación los graves problemas que atenazan a la Unión, pero resulta estéril lamentarse del pasado si no es para retomar el presente con la suficiente corrección de actitudes. El “Brexit” pone de manifiesto, con toda crudeza, que no se puede demorar por más tiempo el abordaje de los graves problemas que atenazan el proceso de construcción europea. Y es preciso encararlos con diálogo abierto, ciertamente, pero también con todo rigor y determinación, y, sobre todo, con la disposición de poner en marcha cuantas medidas sean necesarias.

Son muchos y muy graves los problemas que atenazan a la Unión Europea, y sin ánimo de ser exhaustivo me permito apuntar tres de los que yo considero más apremiantes.

En primer lugar, como se ha dicho desde muchos ángulos y en repetidas ocasiones, para que el euro pueda cumplir su función de columna vertebral económica de la Unión se precisa un verdadero gobierno económico, la unión bancaria, una adecuada fiscalidad europea propiciadora de las necesarias redistribuciones de riqueza y el conjunto de medidas que permitan extender la solidaridad a todos los rincones de la Unión. Y ello sin perder de vista que el euro no es un fin en sí mismo, sino un medio para la prosperidad colectiva, que es el verdadero fin.

En segundo lugar, es preciso avanzar con paso decidido hacia la ciudadanía europea plena. Es necesario que los ciudadanos encuentren motivos no solo económicos, sino también culturales y sociales, para experimentar con vigor ese nuevo arraigo en lo europeo sin el cual nunca será posible una verdadera Unión. Ese entronque en las raíces profundas que nos unen a todos los europeos, con esa apertura hacia lo universal, que constituye la condición europea por excelencia, para humanizar la globalización, propagando a todo el mundo los valores de la igualdad, de los derechos humanos y del respeto a la persona, es necesario para sentirse espontáneamente europeo sin ningún tipo de imposición ni fingimiento. He ahí la clave de bóveda de la comprensión de la ciudadanía europea, sin la cual puede que haya alemanes, españoles o franceses, o de otras nacionalidades, pero nunca ciudadanos europeos.

La idea fundadora de la Unión Europea es la creación de una nueva comunidad superadora de los Estados actuales. Que en su día se eligiera para su consecución el itinerario inicial de la economía no concede a ésta el rango de fin, sino de medio. Y dicho esto, conviene subrayar que aquí radica, a mi juicio, una de las desavenencias históricas que pueden haber conducido al “Brexit”. El desafortunado desenlace del referéndum es, en gran parte, la consecuencia de la actitud mantenida desde siempre por Gran Bretaña, para quien Bruselas y lo europeo no eran sino una fuente propiciatoria de ventajas para su país, sin preocuparse verdaderamente por el conjunto, sin el convencimiento de existir un bien común superior a cualquier interés nacional. Es, por lo tanto, imprescindible que se cultive y florezca el verdadero europeísmo, porque sin europeístas nunca podrá lograse una auténtica Unión Europea, de la misma forma que sin demócratas resulta imposible articular una democracia verdadera.

El europeísmo es la conciencia ilusionada de pertenecer no solo a un espacio político y geográfico concreto, sino, al mismo tiempo, a un elenco de valores profundos que le son consustanciales. La paz, la democracia, la entronización de la persona como eje central de toda la acción pública y todo cuanto de ello se deriva constituyen el núcleo de esa cosmovisión que caracteriza a lo europeo.

Y por último, en este breve recorrido por algunas de las apremiantes urgencias europeas, conviene resaltar el déficit democrático. Europa necesita un sincero ejercicio de legitimidad democrática que ponga fin a la vieja costumbre de tomar decisiones a escondidas de los ciudadanos, que acabe con esa opacidad y lejanía que termina por ir en contra del verdadero espíritu fundacional y que supone en sí misma una cierta contradicción con los principios democráticos que figuran en el frontispicio de su ideario. Porque no basta con que los países que la integran sean democráticos; es preciso que lo sea también, e íntegramente, la propia Unión; que todas sus instituciones, y su presidente a la cabeza, salgan directamente elegidos por el voto popular, y que el Parlamento Europeo sea realmente la cámara de la soberanía europea, y no un mero órgano colegislador.

Éstas y otras varias cuestiones apremian en el proceso de construcción de la Unión Europea. ¡Ojalá el “Brexit” sirva para despertar y espolear a los líderes verdaderamente europeístas, y hacer que lo que, en principio, es una grave contrariedad pueda convertirse en una oportunidad!

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