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Los libros de los Macabeos

marzo 28, 2016

Hace unos días, y dentro del ciclo de conferencias que viene organizando la Acción Católica de Zaragoza sobre los distintos libros de la Biblia, tuvo lugar la relacionada con los Libros de los Macabeos. Las exposiciones de dicho ciclo, además del natural interés que la propia temática suscita, tienen el atractivo adicional de estar desarrolladas por aficionados, es decir, por personas que no son expertas en la materia y que, por lo tanto, no se acercan a esa tribuna a impartir ninguna lección magistral, sino a dar testimonio personal de sus reflexiones ante la lectura y meditación de dichos textos.

Los Libros de los Macabeos, completamente históricos a pesar del estilo literario de su escritura, constituyen una de las últimas aportaciones del pensamiento judío antes del advenimiento del cristianismo y gozan, por lo tanto, del interés de la proximidad en el tiempo a los acontecimientos iniciales de la era cristiana.

Son libros que no se consideran sagrados por los judíos, ni por los protestantes, únicamente los católicos admiten su carácter inspirado, aunque no desde siempre, tan solo desde que los declaró de esa forma el concilio de Florencia, en 1441.

Al margen de los contenidos religiosos comentados en la mencionada conferencia, se puso también de manifiesto la dimensión política de los mismos, no solo por la tensión que traslucen entre modernidad y tradición, común a cualquier época histórica, sino también por la complicada relación existente en todo momento entre política y religión.

El núcleo de cuanto a lo anterior hace referencia lo constituyen las tensiones existentes en el pueblo judío del momento entre el helenismo, como cultura dominante de la época, y las tradiciones hebreas.

Tras las conquistas de Alejandro Magno, la cultura griega, el helenismo, arraigó enseguida en el oriente próximo. En Jerusalén había un grupo fuerte de judíos helenizantes que optaban por la modernidad y el progreso que representaban los valores griegos. Consideraban que la causa de los desastres acaecidos al pueblo hebreo en los últimos tiempos, el destierro de Babilonia y el sucesivo sometimiento a poderes extranjeros, se debía al hecho de haberse aferrado a sus antiguas leyes religiosas. Muchos de ellos incluso propugnaban nuevos comportamientos cívicos, sociales y religiosos, abogando por transformar sus propias costumbres, y, abrazando el espíritu sincretista del helenismo, pugnaban por abrirse a un nuevo enfoque del judaísmo y gozar de un estatuto religioso más acorde con la nueva cultura.

La rebelión de los Macabeos significó una lucha dentro del pueblo judío, un enfrentamiento entre dos grupos claramente delimitados: el de los defensores del helenismo y el de los partidarios de la tradición, abanderados estos por los Macabeos; confrontación que, al principio, no se dirigió contra el Imperio seléucida, la potencia dominante de su territorio, sino entre los propios judíos, con muchos rasgos de guerra civil. Solo más tarde, cuando los reyes seléucidas ayudaron a los helenistas, se convirtió en una guerra contra la potencia invasora. Y lo que comenzó siendo una lucha por la libertad religiosa terminó en una batalla por el poder político.

Tal vez fuera inevitable porque puede que, en aquella época, resultase imposible la libertad religiosa sin independencia política. Esto es lo que pensaban los Macabeos, pero otros grupos no lo pensaban así y fueron desenganchándose paulatinamente del movimiento macabeo, insatisfechos con su matiz político.

De la conferencia, y naturalmente de la lectura reposada de los libros, se pueden extraer reflexiones muy diversas, de las que, en estas líneas, me propongo resaltar tan solo dos de ellas: la fuerza actuante de las convicciones profundas y el destino de las disidencias.

Las convicciones profundas, esas creencias en las que se está arraigado y que constituyen el basamento de la visión personal del mundo y de las cosas, en la medida en que son auténticas, es decir, si están realmente encarnadas en la persona, mueven a las acción no solo por defenderlas, sino también por acomodar las circunstancias, y el mundo en general, según los patrones que ellas dictan.

Los Macabeos defendían una cierta visión del judaísmo mientras que los judíos helenistas sostenían otra distinta. Y los dos bandos lucharon, y lo hicieron a muerte, dando como resultado que unos ganaron y otros perdieron.

Y esta lucha, con el resultado inevitable de vencedores y vencidos, se repite a través de la historia siempre que hay una confrontación de antagonismos profundos. Y suele suceder que, al ser escrita por lo general la historia por los vencedores, que por razón de su victoria son los poderosos, los derrotados pasan a engrosar para siempre las filas de los disidentes, o de los herejes si se habla en términos religiosos, siendo el resultado de la lucha el causante de su ya inamovible condición. Por eso, toda herejía o disidencia, tanto en el terreno religioso como el aspecto laico, es, en el fondo, una opción que no ha triunfado y que ha sido condenada a ese calificativo precisamente por su derrota.

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