La gran coalición

Las elecciones generales del pasado mes de diciembre han dado un resultado que sitúa la vida política española en una encrucijada inédita y la gobernación del país con el mayor grado de complejidad conocido hasta el momento.

Es, sin duda, la hora de los grandes políticos, de los que tienen altura pública para encarar los acontecimientos alambicados, de los que saben trascender su propio partido para entroncar con los planteamientos históricamente necesarios que suelen desbordar siempre los márgenes de sus propias formaciones, por amplios que estos sean. Más que de políticos, habría que hablar de estadistas, de ese género particular de hombres, o mujeres, públicos que saben avizorar a través de la niebla del momento, que anteponen el bien general a sus propias ambiciones, o a las de su partido, y que aciertan con lo que puede y debe perdurar, con aquello que supera la inmediatez del titular benévolo de los medios de comunicación para asentarse en el juicio favorable de los libros de historia.

Ese tipo el políticos es el que yo creo que hace falta en estos momentos para llevar a cabo lo que a mí me parece la mejor solución para superar y resolver la crisis de estancamiento en que han dejado a España las últimas elecciones generales: una gran coalición entre los tres partidos que no cuestionan la estructura del Estado actual ni la unidad del país al que ese Estado sirve

Me encuentro entre los que opinan que una coalición de gobierno formada por el Partido Popular, el Partido Socialista y Ciudadanos es la mejor solución para lograr la estabilidad institucional que la salida de la crisis requiere, para llevar a efecto una reforma constitucional sensata, que preserve los valores fundamentales de la actual carta magna, que ponga en marcha los grandes pactos de Estado que en asuntos fundamentales el Estado de Bienestar reclama, que embride las ambiciones separatistas garantizando la unidad de España, y que lance el prestigio de una España moderna y de vanguardia a los cuatro puntos cardinales.

Me refiero a una coalición de gobierno, no a meros pactos de gobernación, sino a un ejecutivo integrado por los tres partidos mencionados, con ministros de las tres formaciones y un programa concreto de actuación en todas las materias afectadas.

Un gobierno de esta naturaleza supondría elevar a la categoría política de normal en España lo que es normal en el resto del Europa; representaría la verdadera novedad, la auténtica “nueva política” frente a la “vieja política”, entendidos estos términos en su valor más genuino, el que supera el mero reclamo propagandístico; y propiciaría un auténtico gobierno de centro, centrado como ninguno de los tres partidos en solitario podría garantizar por más apoyos que tuviera.

Para ello hace falta visión de Estado, grandeza política e inteligencia histórica, y que los partidos implicados sean capaces de ablandar las rigideces de sus estructuras para hacer posible lo que en condiciones normales parece impensable, superando antagonismos personales, pasando por encima de anteriores reyertas doctrinales y encorsetamientos ideológicos, y mostrando con claridad que el núcleo de lo irrenunciable es compatible con la elasticidad en lo que no es tan trascendente.

A través de esta tribuna periodística vengo defendiendo desde hace algún tiempo, en contra de lo que afirman algunos partidos que pretenden hacer ver que solo con ellos comienza la democracia, que no es necesaria una Segunda Transición en España. La transición que desembocó en la Constitución de 1978 consistió básicamente en pasar de un sistema dictatorial a un sistema democrático, al sistema de la democracia representativa. Y desde la democracia representativa no hay que transitar a ningún sitio, a ningún otro sistema, salvo que, bajo el señuelo de progreso, se pretenda regresar, con ropaje moderno y discurso falsamente ilustrado, a algún tipo de sistema parecido al viejo.

El sistema político que tenemos, el de la democracia representativa, es el mejor de los posibles, y el que permite las combinaciones que sean precisas para la mejor gobernación de cada momento. Si éstas no se producen no es por culpa del sistema, sino de sus políticos, y son éstos los que precisan ser renovados, no las estructuras del sistema

Por eso me parece oportuno poner el énfasis en la responsabilidad de los partidos que defienden el sistema frente a los antisistema, tanto si éstos son de ámbito regional como nacional. Y ello, porque, en última instancia, el fondo de la dialéctica política en esta hora de España, la nueva polarización de las ideas políticas gira en torno a mantener o cambiar el sistema. Esta es la nueva dicotomía básica de la vida política española. Y por eso, ante esta polarización, reitero que un gobierno de gran coalición entre los que defienden el sistema es la mejor solución para este momento español.

 

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