La política común de seguridad y defensa

Los atentados de noviembre pasado en París han venido a añadir nuevos elementos de reflexión a la ya cargada agenda de preocupaciones europeas, poniendo de manifiesto que la crisis por la que atraviesa la Unión Europea no solo es de economía, de competitividad, de soberanía o de inmigración, sino también una crisis de seguridad y de relaciones internacionales.

Dichos atentados, además de exigir una urgente movilización para garantizar la seguridad de los ciudadanos, obligan también a una profunda reflexión sobre el momento en que se encuentra la Unión. Las reacciones políticas que se han producido, sin perjuicio de reconocer su valor con nitidez, han evidenciado también la inexistencia, en el grado necesario, de una de las piezas fundamentales de la construcción europea: la Política Común de Seguridad y Defensa, sin la cual no puede llegarse a una verdadera unión política.

Es cierto que la Unión Europea necesita un mercado digital y financiero único, renegociar adecuadamente con el Reino Unido para evitar el triunfo del no en el referéndum que Cameron ha anunciado, lograr con eficiencia la unión bancaria y fiscal, y muchas otras cuestiones de índole semejante. Pero, junto a todo eso, es necesario plantearse, con un rigor y una fuerza que hasta ahora no se ha hecho, la necesidad de redoblar el paso y el esfuerzo hacia esa completa unión política, de la que se habla, pero no se llega.

El cántico espontáneo y vibrante de la Marsellesa por un grupo de personas a la salida del estadio el día del atentado de París resultó emocionante por lo que ese himno tiene de cántico a la libertad. Pero es preciso no confundir ese sentimiento, consustancial con la Unión Europea, con la evocación que tiene también sobre la pervivencia de Francia como Estado soberano.

No es la vuelta a los nacionalismos de Estado lo que la Unión Europea necesita en este dramático momento, sin duda uno de los peores desde su fundación, sino, precisamente, todo lo contrario: su superación, el impulso de avanzar con decisión a esa unión supranacional que es mucho más que la unión económica, bancaria o fiscal, y que pasa por lo que todavía no existe, por esa común seguridad, tal como está contemplada en sus tratados fundamentales.

Para que exista una verdadera política de defensa europea se precisan muchos pasos. Es necesario poner en disposición común la fuerza militar de los Estados Miembros, activar el papel de la Agencia Europea de Defensa como organismo facilitador de dicha tarea, aprovechar en común la investigación en tecnologías de defensa, fortalecer la base industrial y tecnológica del sector y mejorar la eficacia de su gasto.

Es necesario también que el Consejo de la Unión Europea sea quien defina los objetivos de las misiones y no la jefatura de uno de los Estados, por atribulado que en ese momento pueda encontrarse. Hace falta replantear las relaciones de la Unión Europea con la OTAN y establecer un concepto estratégico basado en unas prioridades claramente definidas. Todas éstas son cuestiones necesarias, pero insuficientes para poder hablar de una auténtica política defensa común. Lo que se precisa, junto con todo lo anterior y otras cuestiones similares, y es lo verdaderamente determinante, es la voluntad política de lograrlo

La actual falta de confianza en el desarrollo de la Política Común de Seguridad y Defensa ha conducido, entre otras disfunciones, al establecimiento de una triple representación exterior de la Unión personificada en el Comisario de Relaciones Exteriores, el Alto Representante de la Política Exterior y de Seguridad Común y la Presidencia, con la consiguiente pérdida global de eficacia.

El espectáculo del jefe del Estado francés, tras su apelación a la cláusula de asistencia mutua del Tratado de Unión Europea y la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, peregrinando por distintos países en busca de aliados para una guerra que él ha declarado, puede ser emocionante por la carga afectiva de solidaridad con todas las víctimas de los atentados de días pasados y por el deseo de que eso nunca más vuelva a ocurrir. Pero pasados los momentos de las emociones, lo que pone claramente de manifiesto es la ausencia clamorosa de una autentica política de defensa común europea.

No es la Marsellesa, a pesar de su indudable belleza musical y su evocación de libertad, el himno que debe salir de los corazones de los europeos, sino la Oda a la Alegría compuesta por Beethoven para su novena sinfonía, el Himno Europeo, que no sustituye a ningún himno nacional sino que celebra los valores que todos los europeos compartimos

 

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