Recordando a Ortega

La actualidad política nacional se encuentra atravesada hace ya tiempo por la incalificable actuación del presidente de la Generalitat de Cataluña y el conjunto de despropósitos políticos que viene propiciando en aras de un soberanismo que, a mi modo de ver, no tiene ninguna salida en estos comienzos del siglo XXI.

Es inadmisible que quien ostenta la máxima autoridad del Estado en un territorio se dedique precisamente a intentar destruirlo. Resulta igualmente condenable que quien, por su cargo, está obligado a guardar y hacer guardar la Constitución ocupe toda su actividad política en vilipendiarla y toda su imaginación en zafarse de ella. Y constituye una vergüenza democrática, y es prueba de un cinismo incomprensible, que se invoquen los deseos de un sector de la población para subvertir el orden democrático alegando que dichos deseos tiene capacidad de soberanía para destruir la democracia.

Ante esta situación, caracterizada también por otros muchas acciones igualmente detestables, algunos proponen reformar la Constitución, como si ello fuera el bálsamo de Fierabrás, para buscar un supuesto encaje de Cataluña en España a base del reconocimiento de no se sabe qué características especiales que, según ellos, diferencian a los catalanes del resto de los españoles. Y todo ello dentro de un debate nacional en el que, a mi juicio, convine tener, junto con el sosiego, la luz suficiente para discernir los acontecimientos y situarlos en el verdadero marco de dimensión.

Y en esta labor de discernimiento, considerando además que toda ilustración nunca es ociosa, me parece muy oportuno recordar aquel famoso discurso de Ortega Y Gasset en las Cortes de 1.932, cuando se pretendía  resolver “de una vez por todas” el problema catalán, y reflexionar sobre cuanto en él se contiene, por más que la sola mención de aquella pieza oratoria irrite a una parte de los actuales políticos nacionalistas catalanes.

Ortega sostenía que era ilusoria esa pretensión  de resolver el problema porque, sencillamente, no tenía solución, y que, por lo tanto, lo que había que hacer es aprender a “conllevarlo”. Y fundamentaba esa afirmación catalogando el problema catalán como el creado por cualquier nacionalismo particularista, definiendo éste como “un sentimiento de dintorno vago, de intensidad variable, pero de tendencia sumamente clara, que se apodera de un pueblo o colectividad y le hace desear ardientemente vivir aparte de los demás pueblos o colectividades… y que siente, por una misteriosa y fatal predisposición, el afán de quedar fuera, exentos, señeros, intactos de toda fusión, reclusos y absortos dentro de sí mismos.”

Pero junto a los catalanes que no quieren ser españoles, existen aquellos que se sienten al mismo tiempo catalanes y españoles y que, por lo tanto, quieren vivir en España y con España; de ahí la  disociación perdurable de la vida catalana que hace que su llaga histórica perviva y rebrote de vez en cuando con intensidad variable.

Y para ir conllevando el problema proponía Ortega lo que la Constitución española de 1978 entronizó con tanto éxito: la autonomía del conjunto de las regiones españolas.

Me encuentro entre los que piensan que reafirmar con vigor el Estado Autonómico que la Constitución proclama es la tarea verdaderamente urgente de este momentio político, pero reafirmarlo con la valentía de corregir los desajustes que el paso del tiempo haya podido ocasionar, y sin menospreciar ninguno de los artículos fundamentales y menos aún aquellos que garantizan la salud del conjunto aunque sea con aplicaciones de un rigor excepcional.

Pero es cierto que con ello no se resuelve la parte insoluble del problema catalán, la que se deriva del nacionalismo irreductible. Y en este asunto aquel discurso alcanza también cumbres dignas de reflexión.

Decía Ortega: “La solución del nacionalismo no es cuestión de una ley, ni de dos leyes ni siquiera de un Estatuto. El nacionalismo requiere un alto tratamiento histórico; los nacionalismos sólo pueden deprimirse cuando se envuelvan en un gran movimiento ascensional de todo un país, cuando se crea un gran Estado, en el que van bien las cosas, en el que ilusiona embarcarse, porque la fortuna sopla en sus velas. Un Estado en decadencia fomenta los nacionalismos: un Estado en buena ventura los desnutre y los reabsorbe.”

Y continuaba diciendo: “Lo importante es movilizar a todos los pueblos españoles en una gran empresa común. Tenemos delante la empresa de hacer un gran Estado español. Para esto es necesario que nazca en todos nosotros lo que en casi todos ha faltado hasta aquí, lo que en ningún instante ni en nadie debió faltar: el entusiasmo constructivo”

Este afán por un gran Estado español, adecuadamente imbricado hoy en la construcción de una vigorosa Unión Europea, por la que también Ortega abogó planteándola bajo la forma de los Estados Unidos de Europa, me parece el horizonte de ilusión política más alto que puede tenerse en esta hora de España.

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