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El eje París-Berlín

septiembre 25, 2015

No es decir nada nuevo el afirmar que, por desgracia, la Unión Europea se encuentra en una grave crisis política, una crisis que podríamos llamar existencial, en el sentido de que amenaza su propia existencia. Y aunque el detonante de la misma ha sido la situación económica, lo cierto es que ésta no ha hecho más que destapar la hondura de los desequilibrios y malestares políticos que desde tiempo atrás vienen arrastrándose. Las reacciones nacionalistas y populistas que se están dando en distintos Estados Miembros ante esta situación están alimentando un peligroso “euroescepticismo” que en nada contribuye a buscar serena y sensatamente las vías de la profunda transformación que requieren las estructuras europeas.

Esa profunda transformación política de Europa no puede, a mi juicio, hacerse sin un amplio debate político y social que sea capaz de poner sobre el tapete de la discusión el análisis sobre las consecuencias de las enormes mutaciones que el mundo ha experimentado en estos cerca de sesenta años que van desde el Tratado de Roma hasta el momento actual

Una de las mayores mutaciones que se han producido, y que tiene una importancia capital por el papel que ha desempeñado, y sigue desempeñando todavía, es la referente al llamado “eje París-Berlín”

Las relaciones entre Francia y Alemania son históricamente una de las claves europeas más profundas. Después de la segunda Guerra Mundial el dilema de Francia era cómo conseguir un acceso privilegiado a los materiales y recursos alemanes, mientras Alemania necesitaba aprovecharse de la gran producción agraria de Francia y colocar allí su gran producción industrial. La mutua conveniencia económica orientó en gran parte el trasfondo que dio lugar al primer tratado europeo, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), firmado en París en 1951, antecedente del Tratado de Roma de 1957

El impulso que la mutua necesidad económica otorgaba se vio reforzado por la complementariedad de los intereses políticos de ambos países. Francia quería integrar a Alemania en un bloque diplomático bajo su propia dirección; y Alemania, por su parte, deseaba recuperar su estatus como potencia mundial de primer orden y asegurarse el apoyo francés para su eventual reunificación.

Estas relaciones se vieron reforzadas por mutuos intereses estratégicos cuando De Gaulle accedió al poder por segunda vez en 1958 con la visión de hacer de Europa una tercera fuerza, liderada por Francia, independiente tanto de EEUU como de la URSS, en unos años en los que Adenauer también tenía interés en zafarse todo lo posible de la tutela norteamericana. Esa mutua conveniencia contribuyó poderosamente a reforzar las relaciones entre los dos países, que alcanzaron un momento culminante cuando el 22 de enero de 1963 Charles de Gaulle y Konrad Adenauer firmaron en el Palacio del Elíseo el Tratado Germano-Francés de Amistad, conocido como Tratado del Elíseo y que dio corporeidad política al eje franco-alemán.

Pero todo ha cambiado mucho desde entonces. No solo el hecho de que hace tiempo que desaparecieron esos dos líderes carismáticos, sino también que ya no existe aquel equilibrio entre la fuerza militar y diplomática francesa y el peso económico alemán, que tanto motivó el entendimiento. La situación ahora es muy distinta. Francia ha perdido fuerza política y diplomática, y sin embargo Alemania ha ganado en lo que ya era poderosa entonces, en poderío industrial, aumentando  a su favor el desnivel económico en más de un 40%, y logrando una reunificación apoyándose fundamentalmente en la ayuda norteamericana, consiguiendo con ello un país pujante con 82 millones de habitantes frente a otro con 65 millones de habitantes y en decadencia.

Francia está creciendo a un ritmo inferior al de Alemania, llegando a rozar la recesión, con un desempleo del 10,9% en octubre del 2013, mientras que el de Alemania era la mistad. Las exportaciones alemanas alcanzan el sexto lugar en el mundo, mientras las francesas, el puesto número veintiuno y con tendencia a disminuir sobre todo en cuanto a productos de alta tecnología.

A pesar de los nostálgicos deseos franceses, el eje ya no se sostiene, pudiéndose afirmar que el equilibrio básico franco-alemán ya no existe, por más que haya en estos momentos intentos de vivificarlo o al menos de crear esa apariencia, como esa pretensión de emplear el actual Plan Juncker para proyectos franco-alemanes.

Por otra parte, la experiencia histórica ha puesto de manifiesto que Europa precisa una mayor integración pero sin apoyarse en ejes, sino en una auténtica convergencia de todos los Estados Miembros, abriendo el debate de cuánta soberanía nacional debe cederse a una verdadera unión en todos los aspectos, no solo fiscal para sostener la eurozona, sino para para llegar a una unión política completa.

En estos momentos de turbulencias es preciso mirar más allá de lo meramente económico y empezar a pensar en cómo podrían ser las nuevas instituciones de un auténtico Gobierno de la Unión. Es éste un reto no solo para los actuales dirigentes europeos, sino para toda la población porque solo con su plena participación se podrá lograr la necesaria legitimidad democrática para ese salto histórico del que tantas cosas dependen

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