Ciudadanía europea

Hace unos meses decía a través de estas mismas líneas, refiriéndome a la crisis que padece el proyecto europeo, que Europa no solo necesita un plan económico de choque que convenza a inversores y ciudadanos, como propone el presidente Juncker, sino también un fuerte revulsivo de cambio en todos los aspectos que desemboque en una verdadera transformación política. Y lo decía pensando que es necesario invertir con vigor la tendencia de declive que viene experimentando peligrosamente la Unión Europea desde hace años, y abordar con decisión los grandes desafíos que se plantearon en Maastricht, en 1992.

Comentaba también que sus Estados miembros necesitan cambiar de actitud y dedicar a los asuntos europeos tanta atención, al menos, como a los nacionales, procurando al mismo tiempo que sus ciudadanos encuentren motivos  no solo económicos, sino también culturales y sociales, para experimentar con vigor esa nueva ciudadanía europea sin cuya arraigo nunca será posible una verdadera Unión.

La “crisis griega”, a pesar de los muchos inconvenientes que está suponiendo para la Unión Europea, está proporcionando algo que considero positivo, y es que está consiguiendo que se hable de Europa, que los medios de información dediquen grandes espacios a lo europeo, y esto, aunque en este caso sea por algo lamentable, está logrando, en parte, aquello por lo que vengo clamando desde estas líneas en distintos momentos. Porque para que Europa sea una realidad tienen que quererla los ciudadanos; y para llegar a ello es preciso que se hable de Europa, que se discutan sus asuntos, que se analicen sus problemas, que se vea entre todos la forma de eliminar los inconvenientes y aumentar las ventajas de su pertenencia a ella; en definitiva, que se haga de lo europeo asunto doméstico y se incardine en el elenco de preocupaciones cotidianas. Y a esto está contribuyendo la “crisis griega”

Pero la consolidación del proyecto europeo tiene que trascender los aspectos económicos y asentarse en las profundas raíces que nos unen a todos los europeos. El proyecto de la comunidad europea ha estado, en lo profundo y desde el primer momento, vinculado a una identidad compartida y al sentimiento de comunidad histórica, siendo la economía y la política factores derivados de ella. Pero esa identidad compartida no tiene por qué asentarse en una unidad cultural, que en el sentido estricto de la expresión no existe, sino, precisamente, en el manejo adecuado de la diversidad cultural que le es propia.

Europa ha creado una civilización que le da su unidad y tiene en su seno diversas culturas que le aseguran su diversidad. Y esta civilización, que inspira los fundamentos y finalidades de la construcción europea, se asienta sobre la base de la paz, la prosperidad, la libertad, la democracia, el reequilibrio entre las regiones pobres y ricas, y el valor de la persona humana como foco aglutinador de todo lo anterior. Y en paralelo a ello, las distintas culturas de Europa constituyen la expresión de su vitalidad y de la libertad de sus distintos pueblos, erigiéndose al mismo tiempo en vehículos, privilegiados y diversos, para acceder, por vías distintas, a los mismos valores comunes de su civilización.

Históricamente, y sin ningún plan determinado, en Europa surgió una conciencia global de identidad, más allá de la diversidad lingüística, étnica y sociocultural. Esa identidad compartida es fruto de la cultura griega, la tradición judeocristiana, la Ilustración y la posterior revolución científico-técnica.

Europa es, por lo tano, una unidad en la diversidad, lo que hace que  se pueda experimentar la dualidad de una ciudadanía particular que no sólo no diluye la pertenencia europea, sino que la apuntala con vigor, permitiendo que se pueda vivir lo local, lo regional o lo nacional con la misma intensidad que lo europeo, sin establecer antinomias entre ellas.

Y precisamente esta unidad en la diversidad es uno de los factores que fomentan la apertura a la universalidad, esa condición europea por excelencia que, si en otras épocas contribuyó al por fortuna superado hoy espíritu colonialista, puede en estos momentos fecundar una humanización de la globalización, propagando en el ámbito mundial los valores de igualdad, de los derechos humanos y del respeto a la persona.

He ahí la clave de bóveda de la comprensión de la ciudadanía europea. De esta forma, sólo se es europeo desde una modalidad local abierta, participativa, y a veces incluso conflictiva, pero desde el convencimiento de que lo particular no se contrapone, en el fondo, con lo común porque se asienta sobre las mismas raíces profundas.

Como decía al principio, la idea de una Europa unida no puede reducirse a su vertiente económica ni a su dimensión política: tiene que enraizarse en la conciencia de identidad histórica, y que esa conciencia sea extendida y vivida con intensidad creciente por los ciudadanos. Y ésta es una tarea inasumida todavía por los distintos Estados miembros y de la que, a mi juico, depende, en gran parte, la cristalización del proyecto de la Unión Europea.

¡Ojalá la “crisis griega” sirva para despertar las conciencias europeas a estas realidades que están más allá de lo meramente económico!

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