Archive for 24 agosto 2015

Ciudadanía europea

agosto 24, 2015

Hace unos meses decía a través de estas mismas líneas, refiriéndome a la crisis que padece el proyecto europeo, que Europa no solo necesita un plan económico de choque que convenza a inversores y ciudadanos, como propone el presidente Juncker, sino también un fuerte revulsivo de cambio en todos los aspectos que desemboque en una verdadera transformación política. Y lo decía pensando que es necesario invertir con vigor la tendencia de declive que viene experimentando peligrosamente la Unión Europea desde hace años, y abordar con decisión los grandes desafíos que se plantearon en Maastricht, en 1992.

Comentaba también que sus Estados miembros necesitan cambiar de actitud y dedicar a los asuntos europeos tanta atención, al menos, como a los nacionales, procurando al mismo tiempo que sus ciudadanos encuentren motivos  no solo económicos, sino también culturales y sociales, para experimentar con vigor esa nueva ciudadanía europea sin cuya arraigo nunca será posible una verdadera Unión.

La “crisis griega”, a pesar de los muchos inconvenientes que está suponiendo para la Unión Europea, está proporcionando algo que considero positivo, y es que está consiguiendo que se hable de Europa, que los medios de información dediquen grandes espacios a lo europeo, y esto, aunque en este caso sea por algo lamentable, está logrando, en parte, aquello por lo que vengo clamando desde estas líneas en distintos momentos. Porque para que Europa sea una realidad tienen que quererla los ciudadanos; y para llegar a ello es preciso que se hable de Europa, que se discutan sus asuntos, que se analicen sus problemas, que se vea entre todos la forma de eliminar los inconvenientes y aumentar las ventajas de su pertenencia a ella; en definitiva, que se haga de lo europeo asunto doméstico y se incardine en el elenco de preocupaciones cotidianas. Y a esto está contribuyendo la “crisis griega”

Pero la consolidación del proyecto europeo tiene que trascender los aspectos económicos y asentarse en las profundas raíces que nos unen a todos los europeos. El proyecto de la comunidad europea ha estado, en lo profundo y desde el primer momento, vinculado a una identidad compartida y al sentimiento de comunidad histórica, siendo la economía y la política factores derivados de ella. Pero esa identidad compartida no tiene por qué asentarse en una unidad cultural, que en el sentido estricto de la expresión no existe, sino, precisamente, en el manejo adecuado de la diversidad cultural que le es propia.

Europa ha creado una civilización que le da su unidad y tiene en su seno diversas culturas que le aseguran su diversidad. Y esta civilización, que inspira los fundamentos y finalidades de la construcción europea, se asienta sobre la base de la paz, la prosperidad, la libertad, la democracia, el reequilibrio entre las regiones pobres y ricas, y el valor de la persona humana como foco aglutinador de todo lo anterior. Y en paralelo a ello, las distintas culturas de Europa constituyen la expresión de su vitalidad y de la libertad de sus distintos pueblos, erigiéndose al mismo tiempo en vehículos, privilegiados y diversos, para acceder, por vías distintas, a los mismos valores comunes de su civilización.

Históricamente, y sin ningún plan determinado, en Europa surgió una conciencia global de identidad, más allá de la diversidad lingüística, étnica y sociocultural. Esa identidad compartida es fruto de la cultura griega, la tradición judeocristiana, la Ilustración y la posterior revolución científico-técnica.

Europa es, por lo tano, una unidad en la diversidad, lo que hace que  se pueda experimentar la dualidad de una ciudadanía particular que no sólo no diluye la pertenencia europea, sino que la apuntala con vigor, permitiendo que se pueda vivir lo local, lo regional o lo nacional con la misma intensidad que lo europeo, sin establecer antinomias entre ellas.

Y precisamente esta unidad en la diversidad es uno de los factores que fomentan la apertura a la universalidad, esa condición europea por excelencia que, si en otras épocas contribuyó al por fortuna superado hoy espíritu colonialista, puede en estos momentos fecundar una humanización de la globalización, propagando en el ámbito mundial los valores de igualdad, de los derechos humanos y del respeto a la persona.

He ahí la clave de bóveda de la comprensión de la ciudadanía europea. De esta forma, sólo se es europeo desde una modalidad local abierta, participativa, y a veces incluso conflictiva, pero desde el convencimiento de que lo particular no se contrapone, en el fondo, con lo común porque se asienta sobre las mismas raíces profundas.

Como decía al principio, la idea de una Europa unida no puede reducirse a su vertiente económica ni a su dimensión política: tiene que enraizarse en la conciencia de identidad histórica, y que esa conciencia sea extendida y vivida con intensidad creciente por los ciudadanos. Y ésta es una tarea inasumida todavía por los distintos Estados miembros y de la que, a mi juico, depende, en gran parte, la cristalización del proyecto de la Unión Europea.

¡Ojalá la “crisis griega” sirva para despertar las conciencias europeas a estas realidades que están más allá de lo meramente económico!

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Nuevo reglamento para la agricultura ecológica

agosto 5, 2015

Sabido es que la agricultura ecológica es un sistema general de gestión agrícola y producción de alimentos que combina las mejores prácticas en materia de medio ambiente y clima, un elevado nivel de biodiversidad y una buena conservación de los recursos naturales. Con ello, por una parte, aporta productos a un mercado específico que demandan los consumidores y, por otra, contribuye a la protección del medio ambiente y al desarrollo rural.

Los objetivos de la política de producción ecológica se recogen de forma implícita en los objetivos de la Política Agraria Común al garantizar que los agricultores reciben una retribución adecuada por cumplir las normas de producción ecológica. Además, la creciente demanda de productos ecológicos por parte de los consumidores crea condiciones idóneas para un mayor desarrollo y expansión del mercado de estos productos y, por tanto, para el aumento de los ingresos de los agricultores que se dedican a esta producción.

La producción ecológica forma parte de los regímenes de calidad de los productos agrícolas europeos, junto con las indicaciones geográficas, las especialidades tradicionales garantizadas y los productos de las regiones ultraperiféricas. Igualmente, contribuye al logro de los objetivos relacionados con la infraestructura verde, la estrategia temática para la protección del suelo y los controles sobre los límites máximos nacionales de emisión

Por ello, es necesario, entre otras cosas, que la agricultura ecológica disponga de un marco normativo moderno, ajustado a sus grandes expectativas de crecimiento, que garantice la adaptación a la evolución técnica, que otorgue a los consumidores una información clara en todo el mercado de la Unión y que aproveche toda la experiencia adquirida con la aplicación de las disposiciones sobre importación de productos ecológicos.

La Unión Europea lleva más de dos años trabajando en esta materia sin resultados todavía concluyentes. En su Consejo de Ministros de Agricultura del pasado 11 de mayo se puso palmariamente de manifiesto la gran diversidad de concepciones e intereses que hay en los distintos países de la Unión con respecto a esta materia, hasta el punto de ser imposible el acuerdo a pesar de haber suspendido la sesión durante unas horas para analizar nuevas propuestas presentadas sobre la marcha por la presidencia. No fue posible el acuerdo en aquel momento, lográndose, a pesar de que la disparidad seguía latente, en el siguiente Consejo de Ministros, el del 16 de junio. Dicho acuerdo, de carácter eminentemente político, debe negociarse a partir de ese momento con el Parlamento y de la Comisión Europea.

Lo aprobado en esa sesión constituye una base para seguir negociando, si bien ésta, a mi juicio, no es completamente satisfactoria, ya que la solución que se ha adoptado relativa a la aparición de sustancias no permitidas, como plaguicidas o residuos de fitosanitarios, en los productos ecológicos abre un margen de tolerancia cuando no haya intencionalidad por parte del productor. A mi entender, la tolerancia debe ser cero, independientemente de la culpabilidad o no del productor, pues está en juego el prestigio de los productos ecológicos, así como el propio concepto de la ecología, además de que, a largo plazo, este proceder iría también en contra del productor.

Por otra parte, me parece más positivo el acuerdo logrado sobre el control de los procesos de producción de los productos ecológicos. Se llegó al consenso en el sentido de dar luz verde para que los controles sobre el terreno de aquellos productores que tengan un perfil de bajo riesgo se realicen con una frecuencia máxima de dos años y medio, y en cambio, en el resto de los casos, la frecuencia sea anual.

Sobre las importaciones, también se logró un acuerdo satisfactorio consistente en que el tipo de exigencias que la Unión va a tener con las importaciones de los productos ecológicos procedentes o producidos en terceros países será el mismo que se tiene para los productores comunitarios, lo que garantiza la ausencia de competencia ilegal por parte de dichos países.

Como digo, lo logrado no es más que una base negociadora para el trílogo necesario con el Parlamento y la Comisión Europea. Ojalá de todo ello resulte un reglamento satisfactorio que impulse realmente la agricultura ecológica en la dirección que el mercado y la modernidad reclaman.