El Plan Juncker

Al comenzar este nuevo año, me parece oportuno reflexionar sobre la preocupante situación en la que se encuentra nuestro mayor proyecto político colectivo: la Unión Europea. La profunda crisis no solo económica, sino política y psicológica al mismo tiempo que padece está acarreando, como la historia nos enseña que sucede en todas las grandes crisis, un incremento del nacionalismo, de la violencia, del racismo, y, en muchos ciudadanos, un desesperado e inconsciente deseo de volver a un pasado supuestamente idílico aunque nunca haya existido.
De esta situación se alimenta, a mi juicio, el brote renacionalizador que se percibe en algunos países europeos, particularmente en Francia, donde el Frente Nacional de Le Pen, con anuencia electoral en alza, no solo amenaza con destruir la Unión Europea, sino también el mismo sistema de libertades.
Esta creciente desconfianza hacia el proyecto europeo, puesta de manifiesto en las elecciones de mayo del año pasado con el auge de aquellos que tienen intención precisamente de terminar con él, no está teniendo, a mi modo de ver, la respuesta de alarma suficiente por parte de quienes sinceramente creen en el proyecto europeo y tienen en sus manos la posibilidad de fortalecerlo. Somos muchos los que consideramos que los problemas europeos son más serios de lo que parecen y que, por ello, precisan una atención incomparablemente mayor de la que hasta el momento se les está dispensando.
En este estado de cosas, la nueva política europea que pretende poner en marcha el presidente Juncker, aunque excesivamente tímida, puede representar el comienzo de un giro importante, de resultas del cual se aborde un replanteamiento en profundidad de todo el proyecto europeo.
El plan de invertir 315.000 millones de euros en tres años no solo supone un cierto reconocimiento del fracaso de la política de austeridad llevada hasta el momento presente, sino la conveniencia de un giro keynesiano, que parece recordar los mismos inicios de la Unión Europea tras la posguerra. Aunque también es cierto que se trata de un giro muy matizado porque solo serán 21.000 millones los de procedencia pública, descansando, quizás con demasiada confianza, en que sean suficientes para atraer el resto de la órbita privada.
Por otra parte, la Comisión Europea pretende hacer desaparecer ochenta normas en un movimiento inédito en la historia de la Unión, intentando terminar con la asociación de que “más Europa” sea sinónimo de más normativa europea, y pretendiendo limitar el ámbito de influencia de Bruselas, buscando un nuevo reparto de competencias con los Estados Miembros. Se trata, a mi juicio, de un saludable giro copernicano, es decir, un intento de desandar parte del camino andado y empezar a adelgazar la maraña legislativa europea, esas más de 150.000 páginas de normativas de todo tipo que, en muchos casos, no hacen más que apabullar a los europeos levantando frente a sus impulsos emprendedores barreras a veces infranqueables.
“Más Europa”, como muchos pretendemos, no consiste en más normas, ni más encorsetamiento, ni más centralismo de Bruselas, sino en más unión política, perfectamente compatible con la descentralización de funciones en los Estados y fortalecimiento al mismo tiempo de los elementos de unión: una sola moneda, una sola fiscalidad, una sola política económica, una sola política exterior y, en general, unicidad en lo que realmente configura la sustancia de un proyecto verdaderamente común.
Por desgracia, esta tímida esperanza de cambio que supone el Plan Juncker ha recibido ya el primer jarro de agua fría con la negativa de Alemania a enfrentarse a la realidad basándose en fundamentalismos presupuestarios. Ángela Merkel y el Bundesbank se empeñan en defender a todo trance la política de austeridad, y esas amenazas, puestas de manifiesto en la cumbre europea de finales del mes pasado, ensombrecen el horizonte de cambio y contribuyen a incrementar la sensación de que todo el Plan de Juncker puede quedar en un mero remedo, a escala europea, del Plan E español de la época del presidente Rodríguez Zapatero.
Europa no solo necesita un plan económico de choque que convenza a inversores y ciudadanos, sino también un fuerte revulsivo de cambio en todos los aspectos que desemboque en un verdadero plan de transformación política para invertir con vigor la tendencia de declive que viene experimentando peligrosamente desde hace años, y abordar con decisión los grandes desafíos de unión que se plantearon en Maastricht, en 1992.
Y necesita también que sus Estados Miembros cambien de actitud y dediquen a los asuntos europeos al menos tanta atención como a los nacionales, procurando al mismo tiempo que sus ciudadanos encuentren motivos no solo económicos, sino también culturales y sociales para experimentar con vigor esa nueva ciudadanía europea sin cuya arraigo nunca será posible una verdadera Unión Europea.
¡Ojala 2015 encamine los asuntos públicos por esa vereda!

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