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Regeneración democrática

diciembre 27, 2014

Lo más sublime que, en el fondo, puede decirse de una institución humana o de un régimen social es que necesita ser reformado, porque ello es tanto como afirmar simultáneamente que su existencia es imprescindible y que es capaz de nueva vida.
Esto mismo es lo que pienso del sistema democrático de gobierno que nos hemos dotado hace más de treinta años los españoles: que es imprescindible, que su existencia es radicalmente necesaria para nuestro país, y que no hay ningún otro sistema político mejor. Y esto lo afirmo con toda rotundidad, y de una manera más acusada en estos momentos en los que desde ángulos distintos surgen voces que, en la desazón de la gran crisis económica y social que nos atenaza, parecen cuestionar el actual sistema democrático representativo, y pretenden dar por clausurada una de las etapas de más libertad y progreso de nuestra historia común.
Pero al mismo tiempo que afirmo la necesidad de pervivencia del actual sistema democrático, pregono también, con el mismo énfasis, la necesidad de introducir cambios en él, de modificarlo, de insuflar en él nueva vida, de erradicar vicios que el trascurso de los años ha introducido, y de purificarlo en sus esencias más genuinas, de forma que podamos abordar el presente y el futuro con un renovado fortalecimiento de las instituciones democráticas y un más alto compromiso de los políticos con dichas instituciones.
Vivimos en un momento preocupante por un conjunto muy amplio de razones. Por una parte, la larga duración de la crisis económica que padecemos está debilitando muchas estructuras personales y sociales. Por otra, la evolución de la sociedad occidental, inmersa en una crisis de valores profundos, tiende a dar cada vez más importancia a un consumismo desenfrenado que gira en tono al dinero como elemento supremo de justificación vital. Y junto con todo ello florecen muchos paradigmas públicos que divulgan y entronizan la imagen de los triunfadores sin esfuerzo como faro orientador del devenir personal. Toda éstas, y otras cusas más de similar naturaleza, están minando las sustancias más genuinas de la democracia, aquellas que asumo en toda su extensión: el valor supremo de la dignidad de la persona y el trabajo y el esfuerzo como camino obligado para el ascenso social.
Este estado de la vida colectiva, percibido con claridad por la ciudadanía, se ve agudizado por casos condenables de corrupción pública y abusos de poder en todas las esferas de la sociedad que contribuyen de forma poderosa a transmitir la imagen de un declive moral generalizado que, aunque solo afecta a sectores muy minoritarios de los distintos estamentos, proyecta sobre el conjunto de la sociedad una trayectoria cuya deriva parece amenazar con destruir la sustancia misma de nuestra pacífica convivencia democrática.
Esta situación, que afecta a toda la sociedad y ante la que deben reaccionar con vigor todos sus integrantes, obliga a la función política, que por su naturaleza goza de mayor visibilidad, a un esfuerzo superior de regeneración y concienciación, con acciones ejemplarizantes que al tiempo que la rediman a ella presenten con nitidez un camino de redención para el resto de los estamentos de la sociedad.
Consciente de ello, me encuentro entre los que opinan que es necesario enarbolar un amplio movimiento de regeneración democrática planteando a la sociedad aragonesa la necesidad de un ajuste más operativo de las instituciones democráticas y un nuevo comportamiento público de los agentes políticos inspirado en el afán de ejemplaridad, el rigor de sus actuaciones públicas y la transparencia completa de su ejecutoria personal.
Y en este sentido, convencido de que la política no afecta solo a la gobernación de los pueblos sino que tiene también una importante dimensión de pedagogía social, indispensable para lograr una verdadera transformación de la sociedad, considero completamente necesario un amplio catálogo de medidas y actitudes de todo orden, que puedan ser asumidas por el conjunto de las fuerzas democráticas de forma que esta acción regeneradora logre sus verdaderos fines de fortalecimiento de la democracia, dignificación de la función política y, en definitiva, mejora de la vida social.