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La edad de los gobernantes

noviembre 21, 2014

Sin pretender ensalzar por encima de las demás ninguna otra etapa concreta de la vida, y, desde luego, sin ánimo de llegar a ninguna conclusión histórica, me parece interesante reflexionar, aunque sea muy someramente, sobre el papel de la edad en la llevanza de la cosa pública, recordando, de forma muy esquemática, la huella de cinco importantes políticos que habiendo llegado al supremo poder de su país cumplidos los sesenta años permanecieron en él tiempo suficiente para dejar una significativa labor de gobierno.
Se suele sostener que el período de gloria para los ancianos lo constituyeron las culturas primitivas y que desde entonces a esta parte ha ido declinando la importancia de ellos en la vida pública. No es fácil sacar una conclusión tajante de este devenir, pues hay ejemplos históricos de muy variado sesgo, y tratar con excesivas simplificaciones asuntos complejos no es nunca el método más adecuado para acercarse a la verdad.
Para algunos la vejez es la peor de las desgracias que puede afligir a una persona, mientras que para otros, la ancianidad, representa la sabiduría, la maduración suprema de las ideas, el archivo histórico de la comunidad.
Los griegos, adoradores de la belleza, no eran entusiastas de la ancianidad, de ahí que en sus comedias muchas veces aflorase la mofa y el desprecio hacia esa condición. Sin embargo, el régimen espartano tenía un senado compuesto por miembros de más de sesenta años, aunque en tiempos de Homero el consejo de los ancianos sólo era ya un órgano consultivo; las decisiones las tomaban los jóvenes, porque Atenas, en general, permaneció fiel a la juventud, por más que el período helenístico fue más propicio hacia la senectud que la Grecia clásica.
Entre los primitivos hebreos, las personas mayores ocuparon un lugar privilegiado. Moisés tomaba las decisiones hablando sólo con Dios y con los ancianos de Israel, porque en esa cultura, los hombres de edad estaban investidos de una misión sagrada, eran portadores del espíritu divino.
En la época romana, los siglos de oro para los ancianos fueron los de la República. Con el Imperio empezó a declinar su influencia. Y el Renacimiento rechazó a los viejos porque representaban todo aquello que se quería suprimir.
En los tiempos modernos y contemporáneos hay ejemplos para todo, sin que, como decía al principio, se pueda sacar ninguna conclusión, pero me parece interesante resaltar la circunstancia de los siguientes cinco mandatarios porque, al margen del juicio político que sobre ellos pueda tenerse, dejaron su impronta en el mundo en el que vivimos a una edad en la que muchos piensan que ya no es momento para nada.
Dwight Eisenhower accedió a la suprema magistratura de su país a los sesenta y dos años y permaneció en ella durante ocho. Puso fin a la Guerra de Corea, suprimió la normativa que obligaba a los negros a ceder su asiento a los blancos en el transporte público, impulsó a los Estados Unidos por la senda de la prosperidad económica, abordó la construcción de una red de autopistas de más de sesenta mil kilómetros, extendió el seguro médico, incrementó los derechos sindicales, y firmó la primera ley sobre derechos civiles que se aprobaba desde los tiempos de Abraham Lincoln.
François Mitterrand llegó a la presidencia de la República francesa a los sesenta y cuatro años y permaneció en ella durante catorce. En su mandato, se liberalizó la radio y la televisión, aumentó el salario mínimo y la ayuda familiar; regularizó a los inmigrantes, instauró la quinta semana de vacaciones pagadas, y adelantó la edad de la jubilación a los sesenta años. En otro orden de cosas, restauró la paz social en Nueva Caledonia, obtuvo para Córcega un nuevo estatuto, y, tras el tratado de Maastricht, dio un nuevo impulso a la construcción europea.
Winston Churchill llegó a primer ministro de Gran Bretaña a los sesenta y cuatro años y ocupó ese cargo durante nueve, aunque en dos etapas. En la primera, durante la Segunda Guerra Mundial, que duró hasta que terminó ésta, mantuvo a su país como el baluarte firme de la lucha contra Hitler y el mantenedor de la fe inquebrantable en la victoria que llegaría cuando entrase en la contienda Estados Unidos. Derrotado en las elecciones tras acabar la guerra, como jefe de la oposición fue pionero en la defensa de la idea de la Unión de Europa, aunque él considerase que el Reino Unido no debía ser parte de esa Europa unida, sino que su futuro estaba ligado al de los Estados Unidos. A los setenta y seis años se alzó de nuevo con el cargo de primer ministro y en él permaneció cuatro más. Durante este segundo período obtuvo el Premio Nobel de Literatura.
Charles De Gaulle, en plena crisis de Francia, con grave amenaza de guerra civil en su país, asumió a los sesenta y siete años todos los poderes del régimen para convertirlo en la V República, aprobada masivamente en un referéndum y presidida por él durante once años. Concedió la independencia a Argelia, superando los viejos colonialismos de la política francesa y haciéndola girar hacia los asuntos europeos. Firmó la reconciliación con Alemania, modernizó la economía del país e intentó en su última etapa el mayor esfuerzo de descentralización que ha conocido Francia, chocando con la oposición de los mismos franceses.
Konrad Adenauer fue elegido canciller de la República Federal Alemana a los setenta y cuatro años y permaneció en el cargo catorce. Durante los años de su cancillería, Alemania se convirtió de nuevo en una potencia económica, propiciando lo que dio en llamarse “el milagro alemán”. Dirigió la reconciliación con Francia y las otras potencias aliadas, propició la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, y la de la Comunidad Nuclear, embriones ambas de la Comunidad Económica Europea, y, antes de dejar el cago, firmó el histórico Tratado de Amistad Franco-Alemán.
Estos son ejemplos notables de personas que en la edad conocida normalmente como de la jubilación iniciaron y llevaron a cabo la parte más importante de su propia biografía, rubricando con su vida que el arte de la gobernación de los pueblos no es patrimonio de ninguna edad, ni está sometido a regla alguna preestablecida.

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