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Europeísmo

junio 30, 2014

Las recientes elecciones europeas han puesto sobre el tapete, abiertas en canal, las grandes cuestiones de las que, por desgracia, no se ha hablado lo suficiente durante la campaña electoral, ni en los años que a ésta precedieron.

Tal vez, una de las consecuencias más positivas del sobresalto que las urnas han deparado sea la virtualidad de haber elevado, por lo menos hasta el momento, lo europeo a primera categoría de preocupación política y ciudadana.

Desde mucho tiempo atrás vengo insistiendo, a través de estas líneas, en la necesidad de hablar de Europa, de elevar lo europeo a la categoría de preocupación permanente de los ciudadanos y de la opinión pública, como condición indispensable, necesaria aunque evidentemente no suficiente, para una cabal construcción de la Unión Europea.

Son muchas las cuestiones que las elecciones pasadas han puesto al descubierto y sobre las que conviene reflexionar, pero hay una, la ausencia del verdadero europeísmo, que a mi me parece central y al mismo tiempo envolvente de todas las demás.

De la misma forma que es imposible construir una democracia sin demócratas, es difícilmente factible articular una Unión Europea sin europeístas, es decir, sin personas que tengan una conciencia ilusionada de pertenecer a un espacio político y geográfico con unos valores profundos que no sólo merece la pena mantener, sino también acrecentar, robustecer y pregonar a todo el mundo.

La paz, la democracia, la entronización de la persona como eje central de toda la acción pública, que son valores fundamentales y constituyen el móvil y la base de la construcción política europea, tal como se concibió al final de la Segunda Guerra Mundial, deben, a mi juicio, considerarse como objetivo supremo al que hay que subordinar todas las demás acciones, y precisamente dar a todas éstas la consideración de medios para llegar a ese fin, y no como fines en sí mismos.

La política económica, que está de manera omnicomprensiva en todos los debates políticos, constituye, ciertamente, un paso inexorable para alcanzar el desarrollo de ese objetivo último, pero no puede nunca considerarse como un fin en sí mismo, sino como un medio, y como todo medio, susceptible de distintas interpretaciones y mutables planteamientos, distinguiéndose así, de manera nítida, del fin que por esencia es inmutable.

La consideración permanente de esta realidad me parece esencial para no invertir las polaridades, dando a la política económica de cada determinado momento el carácter relativo que tiene, sin pretender absolutizar ninguna de las posibles formulaciones que en un momento dado tuviera, porque ello no solamente vulneraría el rango moral de las inquietudes públicas sino que, a la larga, terminaría por volverse contra su propia eficacia.

Un europeísmo adecuadamente concebido descansa en creer que ese fin último es fundamental, y que la unión de los países europeos es el mejor camino para conseguirlo, desde el convencimiento de que, dada la actual evolución y complejidad del mundo actual, ningún país europeo por sí solo puede lograrlo.

Y ello requiere, a mi juicio, abandonar los nacionalismos de Estado, cuyo origen es de otro siglo y cuya filosofía tuvo en otro tiempo unas virtualidades de modernidad de las que ahora carece, constituyendo un paso indispensable para abrirse, no a nuevos nacionalismos de mas amplia extensión, sino a otra forma de gobernabilidad políticamente superior que esté más acorde con la altura de los tiempos y responda a sus retos.

Sería nefasta la pretensión de abogar por el abandono de los nacionalismos de Estado para desembocar en un nacionalismo europeo, que conceptualmente no sería más que lo mismo pero elevado de escala territorial. La Unión Europea no tiene, o no debe tener, esa pretensión, sino el afán de abordar una novedad histórica, inédita hasta ahora en el desarrollo de los pueblos.

El europeísmo por el que abogo en estas líneas debe ser también motivo de ilusión colectiva, porque sin ilusión nada se consigue nunca ni en la vida personal ni en la social.

Pero un europeísmo así concebido, como sucede con todos los sentimientos elevados, no es algo que surja de manera espontánea, sino fruto que requiere cultivo, cuidado, preocupación constante y esfuerzo por consolidarlo y acrecentarlo. Y ese afán de cultivo, esa pedagogía social que es imprescindible, ha faltado y sigue faltando en todas las acciones de gobierno de los distintos Estados europeos. Entre todas las políticas nacionales de dichos Estados no hay ninguna que responda a esa preocupación. Y si ello es necesario en todo momento, lo es todavía más en una campaña electoral, que es siempre la antesala del juicio de los ciudadanos. Por eso, y por desgracia, no resulta sorprendente que los sentimientos contrarios a la Unión Europea hayan aflorado con virulencia en muchos ángulos de la geografía europea y la pulsión europeísta haya brillado por su ausencia.

Ojalá esta desazón que las elecciones pasadas han propiciado sirva para reflexionar sobre estas y otras muchas cuestiones semejantes y mueva a los gobiernos a rectificar tantos yerros pasados.

 

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