La agricultura ecológica

El mes pasado lugar en las Cortes de Aragón un interesante debate sobre la agricultura ecológica que puso de manifiesto con nitidez dos formas distintas de concebir esa modalidad agraria, conceptualmente diferentes, sin perjuicio de coincidir en tramos concretos de su trayectoria

El Gobierno, como expresión del esfuerzo que viene haciendo en apoyo de esa variante agrícola, esgrimió las cifras con las que es apoyada, tanto en lo referente a las ayudas directas como en las indirectas, resaltando que la cuantía total de las mismas, más de dos millones al año las primeras y por encima de diez las segundas, en tiempos de crisis económica, constituyen dotaciones interesantes, sin perjuicio de su deseo de aumentarlas cuando la situación presupuestaria mejore.

Pero por encima y al margen de las cifras, siempre mejorables en cualquier acción de gobierno, lo que sobrenadó con claridad fue el diferente sustrato conceptual con que tanto el Gobierno como la Oposición se adentraron en la cuestión. Mientras para el primero la agricultura ecológica es un interesante nicho de mercado, al que hay que atender y apoyar, para la segunda constituye un anticipo de lo que puede ser la alternativa global al sistema actual de producción agraria.

Sin perjuicio de reconocer acertada en lo sustancial la crítica básica que el ecologismo hace al actual estado de cosas en la agricultura mundial, no piensa el Gobierno que la alternativa pase por extender sus planteamientos hasta sus últimas consecuencias. Es cierto que el actual modelo es insostenible medioambientalmente e injusto socialmente. La erosión y la pérdida de suelo que conlleva, la contaminación de ríos y acuíferos que produce por efectos de los abonos inorgánicos y pesticidas, incluso la desforestación de grandes zonas de la selva forestal a las que afecta niegan su carácter sostenible. Por otra parte, el acaparamiento de materias básicas que las multinacionales del sector llevan a cabo dificulta la supervivencia de los pequeños agricultores, hace a los pueblos cada vez más dependientes de ellas y, lo que es conceptualmente peor, convierte la alimentación no en un derecho ineludible de la persona, sino en un producto sujeto a especulación como cualquier otra mercancía.

Personalmente me encuentro entre los que piensan que se precisa un nuevo modelo que sea realmente sostenible, que propicie la seguridad alimentaria, que produzca alimentos de calidad a precios asequibles y que logre una buena calidad de vida para el agricultor. Y todo ello requiere, entre otros muchos logros, una superación del localismo, un abatimiento sistemático de fronteras y una sincera colaboración entre los Estados, cuestiones todas ellas difíciles de dilucidar en pocas palabras, pero, desde luego, alejadas de los planteamientos de la agricultura ecológica.

En la agricultura ecológica existe, como lo han puesto de manifiesto insignes expertos en la materia, una corriente que pretende basar sus actuaciones en investigaciones científicas serias y que ha contribuido a avances interesantes en materia de lucha contra  las plagas  y en la combinación de cultivos, por citar algunas de sus facetas más interesantes, y que puede integrarse en una modificación evolutiva de la situación actual;  pero hay otra, basada en concepciones esotéricas sobre lo natural, que defiende la vuelta a un pasado idílico de armonía con la naturaleza y que es base ideológica para movimientos alternativos, a mi juicio, utópicos, que a ningún sitio conducen, salvo a la frustración.

Por otra parte, la agricultura ecológica, con sus productos de lujo, en el sentido de más caros, y, por lo tanto, dirigidos a los más pudientes, incurre en la paradoja de que, presentándose conceptualmente como una alternativa al sistema actual, en el fondo lo fortalece.

Por todo lo anterior, creo que, en el estado actual de cosas, a mi juicio, es equivocada la contraposición entre agricultura ecológica y agricultura convencional porque ambas forman parte de un mismo sistema que, ciertamente, necesita su modificación, pero huyendo de planteamientos utópicos y doctrinales y abordándolo con el rigor y la perspectiva histórica que requieren las gran mutaciones de la sociedad.

Todo ello y muchas otras cuestiones igualmente interesantes se pusieron de manifiesto en el debate aludido al principio de estas líneas, constatándose una vez más la importancia de la dialéctica política y el valor del parlamentarismo como forma de gobierno de los pueblos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: