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El triunfo de Angela Merkel

octubre 26, 2013

Tras el indiscutible triunfo electoral de Angela Merkel en las pasadas elecciones generales de su país y la consolidación del liderazgo alemán en el escenario europeo, no es ocioso reflexionar sobre el difícil momento en que se encuentra Europa y la ausencia de un verdadero liderazgo europeísta que pueda marcar una auténtica ruta para la integración, por encima de los intereses y sentimientos de cada una de sus naciones integrantes.

No es bueno que se pretenda la construcción europea desde el afán de control de una sola nación sobre las demás. Tentativas de este tipo ya se han producido en el pasado: Carlomagno, Carlos V, Napoleón, Metternich y Hitler soñaron con una Europa unida, pero bajo el dominio de su país. Y aunque ninguna de aquellas tentativas pueda ser comparada en ningún momento con la actual, entre otras razones, por estar aquellas fundamentadas en la guerra y en las armas, y la actual en la paz y la palabra, el afán de dominación de unos pueblos sobre otros, bajo la forma que sea, es radicalmente contrario a la idea fundacional de la actual Unión Europea.

No es una Europa alemana o una Europa francesa lo que los grandes fundadores ambicionaron al terminar la Segunda Guerra Mundial, sino una auténtica Europa europea, una comunidad en la que, con respeto a las singularidades y culturas de cada uno de sus pueblos, pudiera establecerse una unidad de valores y de vida en igualdad de condiciones para todos ellos.

En este sentido me parece interesante recordar brillantes antecedentes que, aunque arrumbados por el paso de la historia, destilan todavía hoy esencias de un verdadero europeísmo que, adecuadamente actualizado, puede servir de guía y orientación en el creciente marasmo en el que se encuentra actualmente la idea y el sentimiento europeos.

 Y uno de ellos, sin duda alguna, es Aristide Briand, uno de los mayores políticos franceses de la Tercera República, numerosas veces ministro, de Exteriores, entre otras carteras, que  trabajó intensamente por la cooperación internacional y se implicó en la construcción de la Sociedad de Naciones. Gran impulsor del Pacto de Locarno, donde se pretendió sustituir el espíritu de desconfianza entre los pueblos de Europa por el de solidaridad,  y que le valió, compartido con su homólogo alemán, Gustav Stresemann, el Premio Nobel de la Paz en 1.926, y autor, en 1.929 del famoso discurso ante la Sociedad de Naciones, abogando por la construcción de los “Estados Unidos de Europa”

Su pérdida de poder político, la muerte de Stresemann, el rechazo de Inglaterra, la propia timidez de la propuesta, que no se atrevía a romper la soberanía nacional, la crisis económica mundial  y el renacimiento de los nacionalismos con la ascensión de Hitler al poder en Alemania arruinaron aquella pretensión, pero la idea fue retomada por el también francés Jean Monnet.

Monnet, al comenzar la Segunda Guerra Mundial, en 1939, fue nombrado presidente del comité franco-británico de coordinación económica. Tras la derrota de Francia por la Alemania nazi en 1940, concibió un plan para la fusión política entre Francia y Gran Bretaña, que recibió el apoyo de Churchill, pero no encontró eco entre los exiliados de la “Francia libre”.

 En 1943, en Argel, planteó ya sus ideales europeístas diciendo: “No habrá paz en Europa, si los Estados se reconstruyen sobre una base de soberanía nacional. Los países de Europa son demasiado pequeños para asegurar a sus pueblos la prosperidad y los avances sociales indispensables. Esto supone que los Estados de Europa se agrupen en una Federación o “entidad europea” que los convierta en una unidad económica común.”

Y tras el final de la Segunda Guerra Mundial, estas ideas de Jean Monnet, encontraron eco en el primer canciller de la República Federal alemana, Konrad Adenauer, en el primer ministro italiano, Alcide de Gasperi, en el ministro francés de Asuntos Exteriores, Robrt Schumann, y en otros muchos, dando nacimiento a lo que hoy es la Unión Europea.

Al rememorar todo esto ante la victoria electoral de Angela Merkel y la casi unánime, aunque tácita, aceptación del liderazgo alemán en los asuntos europeos, me parece oportuno concluir esta reflexión con el recuerdo de aquel famoso discurso de Winston Churchill, en 1.946, en la Universidad de Zúrich, dirigido a la juventud académica, en la que abogó también por la creación de los Estados Unidos de Europa, pero previno que, para ello, era preciso terminar con el belicismo y el nacionalismo.

Afortunadamente, el belicismo parece definitivamente erradicado del espíritu de los actuales gobernantes europeos, pero es posible que el nacionalismo no lo esté tanto y, bajo el reclamo de exigencias económicas, aflore permanentemente en un desesperado, y tal vez inconsciente, intento de aferrarse a las esencias nacionales de cada país.

Personalmente me encuentro, por razones ideológicas, entre los que se alegran del triunfo de Angela Merkel, pero me preocupa, y mucho, que su presencia al frente de la potente Alemania pueda ir precisamente en contra de lo que debe ser una verdadera Unión Europea.