La primera PAC

Aunque la Política Agraria Común (PAC) arranca realmente en el año 1.962, conviene echar la vista cuatro años antes para recordar lo que sucedió en una pequeña ciudad italiana del norte de Italia donde, en julio de 1.958 y siendo anfitrión Mario Ferrari-Agradi, ministro de Agricultura del Gobierno del demócrata cristiano Amintore Famfani, se reunieron los ministros de Agricultura de los seis países que entonces formaban la Comunidad Económica Europea.

A pesar de las enormes disputas que allí se produjeron y de las enfrentadas posturas que su pusieron de manifiesto, sobrevoló por encima de todo ello un profundo espíritu de unidad y una clara determinación de llegar a una unión política, empleando la Agricultura como el eje para lograrlo, y considerando la común política agraria como la primera de una sucesión de políticas comunes que condujeran a ese fin, por todos querido, de la unión política de Europa.

Y no es ocioso recordarlo precisamente en estos momentos de aguda crisis de la Unión, en los que desde ángulos distintos, de una forma explícita o soterrada, se está poniendo en cuestión, con hechos y con actitudes, la mismísima esencia de la Unión.

En Gran Bretaña el primer ministro inglés está buscando una fecha para convocar un referendo sobre la conveniencia o no de su pertenencia a la Unión; en Francia, al margen de los colores de la alternancia política, no termina su Gobierno de desasirse de la concepción gaullista de Europa como una excusa para lograr la mayor grandeza posible de Francia; en Alemania, su relativo bienestar económico está dando alas al renacimiento de una concepción germanizada de Europa; y en otros países, bajo el lema de “fuertes en Europa”, se interpreta el europeísmo como la forma de acudir a Bruselas con el objetivo de lograr el mayor número de ventajas para su respectivo país.

Ante esta falta de europeísmo real, cobra mayor valor todavía aquel “espíritu de Stresa” que partiendo de lo agrario pretendía extenderse al conjunto de la vida de la europeos, y que dio nacimiento a lo que, todavía hoy, sigue siendo la única política realmente europea que existe, a pesar de los esfuerzos que se hicieron años después para desembocar en el Tratado de Maastricht, al convertir la Comunidad Económica en Unión.

Del Tratado de Maastricht, además del cambio de nombre, salió la voluntad de lograr una moneda común y una común política en materia de asuntos exteriores Exterior y Justicia. Salvo la moneda común, y para su pervivencia se necesita una única política económica y fiscal que aún no existe, nada de lo demás se ha conseguido realmente. Europa sigue sin voz única en el mundo, sus embajadas no son más que una superposición de las de sus respectivos países, ninguno de los cuales ha renunciado a su política exterior, y su liderazgo internacional es completamente inexistente. Y similar desconexión puede decirse en materia de Justicia e Interior. Solo en lo agrario estamos realmente unidos, por eso, reflexionar sobre la PAC, sobre todo en estos momentos de transición en los que se está negociando su forma para los próximos siete años, es, en el fondo reflexionar, sobre la Europa que necesitamos partiendo de lo único sólido que en estos momentos nos permite mirar al futuro de la Unión.

Porque en Stresa no solo floreció el espíritu de unidad, sino también el afán por resolver los problemas concretos del momento que, en aquellos años en que podría decirse que aún estaban humeantes las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, se centraban en torno al desabastecimiento, el bajo grado de modernización agraria, la pobre renta de los agricultores, el dislocamiento de los mercados y la excesiva carestía de los escasos alimentos.

Y a su resolución se encaminó la primitiva PAC asumiendo los objetivos de  garantizar el abastecimiento, incrementar la productividad agraria, lograr una renta digna para el agricultor, estabilizar los mercados y conseguir precios asequibles para los alimentos.

 Y para lograrlo se estableció  la libre circulación de los productos agrícolas, se creó un mercado único con una moneda de referencia, el ecu, que equivalía al dólar en 1962, se organizó un firme proteccionismo de los productos frente a los de terceros países y se otorgaron abundantes subsidios para la modernización. Y todo ello con un precio de intervención mayor que el del mercado, y el compromiso por parte de la autoridad europea de comprar a ese precio todo lo que se produjera.

Y los frutos se consiguieron mucho antes de lo esperado; por eso, hay quienes consideran que la historia de la PAC es, en el fondo, la “historia de un éxito” y que, precisamente en ese éxito inicial radican todos los problemas que ha venido arrastrando hasta el momento presente y a los que las sucesivas reformas han intentado dar solución.

Ahora que nos encontramos en pleno proceso negociador de la futura PAC no me parece ocioso recordar sus inicios y reflexionar sobre el acierto de lo que se pretendía y la profundidad de lo que se deseaba.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: