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La Soberanía Alimentaria

junio 25, 2013

La soberanía alimentaria es un concepto introducido en 1996 por el movimiento social Vía Campesina, en Roma, con motivo de la Cumbre Mundial de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), reforzado en 2007 por el Foro por la Soberanía Alimentaria de Nyeleni (Kenia), y sintetizado de una manera hasta ahora definitiva en la Tercera Conferencia para la Soberanía Alimentaria de América latina y el Caribe, en marzo del año pasado

En dicha conferencia, y de la mano de Vía Campesina, la fuerza social más importante en el mundo en contra de la globalización, se reafirmó la soberanía alimentaria como un principio, una visión y un legado construido por los pueblos indígenas, que pretende erigirse en plataforma de lucha contra la globalización en el ámbito alimentario, imbricándose además con el movimiento feminista, a través de la Marcha Mundial de las Mujeres

Así definida, la soberanía alimentaria busca fomentar alternativas a las, según ella, políticas neoliberales propias de la globalización; se proclama en contra de la sociedad capitalista; y considera la agroecología, entendida como expresión de la cultura campesina, basada en las prácticas ancestrales acumuladas por las generaciones anteriores, como la verdadera alternativa.

Y todo ello propugnando una reforma agraria integral con un banco de tierras, y presentándolo como un paso previo para lograr la sociedad eco-socialista

Como he tenido ocasión de expresarlo públicamente hace poco, me encuentro entre quienes no consideran que ésta sea la mejor forma de resolver los problemas agrarios, sin dejar por eso de reconocer y compartir algunos de sus planteamientos como pueden ser la entronización a la categoría de primer problema ético del mundo el de la solución del hambre, conseguirlo además con un mínimo impacto ambiental, y reconocer al mismo tiempo el derecho de los países pobres a proteger su agricultura endógena.

Esto último es particularmente interesante si se tiene en cuenta que países como India, China, Brasil y Rusia, por citar algunos de los más conspicuos, producen mucho y barato, y ante los que los países pobres se encuentran sin protección alguna, muy al contrario de lo que sucede en países desarrollados, como la Unión Europea, Estados Unidos, Canadá y Australia, por ejemplo, que tienen en la Política Agraria Común, en el Farm Bill y otras sistemas parecidos poderosos mecanismos de defensa.

En línea con lo que viene expresando la FAO, considero que es la seguridad alimentaria, y no la soberanía alimentaria, el concepto que mejor cataliza los esfuerzos que es preciso desarrollar para ese objetivo de redención del hambre en el mundo y el que puede propiciar la gran alternativa real a la situación actual.

Pero para ello es preciso reconocer con claridad los graves problemas del momento actual, entre los que podrían destacarse, sin perjuicio de otros, la volatilidad de los precios y el agotamiento relativo de la base agrícola.

Comparando los últimos cinco años con los quince anteriores puede observarse, por ejemplo, que el precio de los cereales se ha duplicado, el del azúcar se ha triplicado y el del arroz, alimento básico para la cuarta parte de la humanidad, se ha cuadruplicado. Si esta volatilidad fuera debida al azar, a las catástrofes naturales o la presión de las economías emergentes en sus hábitos alimentarios podría ser algo ante lo que resignarse, pero en ningún momento si se tiene en cuenta que su mayor factor de causalidad es la financiación de los mercados de materias primas, en definitiva, la especulación.

Por otra parte, sabido es que si hace diez años la producción agrícola se incrementaba a un ritmo del 3%, hoy lo hace a un ritmo que no pasa de la mitad. La disminución de las tierras agrícolas disponibles es una realidad que ha resaltado con claridad la FAO cuando ha establecido que para alimentar a la población del año 2050 hará falta incrementar la producción un 70% mientras las tierras cultivables solo podrán aumentar un 5%

Ante los trazos que esta situación presenta, y a los que podrían añadirse otros igualmente significativos, me encuentro entre los que opinan que solo una nueva gobernanza mundial, superadora de los egoísmos nacionales puede trazar el camino seguro para encontrar las soluciones..

Una gobernanza mundial que haga posible una Segunda Revolución Verde, prolongando los logros de la primera, impulsando la investigación y la cooperación tecnológica entre los países; una gobernanza que propicie una cooperación real entre los Estados, fortaleciendo las instituciones globales; que haga de la transparencia la norma y que aborde de forma decidida una regulación de los mercados de materias primas que sin caer en el control ni en el proteccionismo, ni menos aún en la fijación administrativa de los precios, permita que cumplan cabalmente su función.

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