La crisis de la PAC

Decía Ortega y Gasset que lo mejor que puede predicarse de algo es que necesita ser reformado, porque ello es tanto como afirmar que su existencia es imprescindible y que además es capaz de nueva vida.

Esto mismo se podría predicar hoy de la PAC y contemplar su reforma como una necesaria adaptación a las circunstancias actuales, y una manera de corregir los defectos que se han evidenciado y salvar al mismo tiempo sus grandes logros

La crisis de la PAC es algo que vienen repitiéndose sistemáticamente de década en década y sobre todo cuando se plantea, cada siete años, su revisión.

Ya en 1986, nada más entrar España en la Comunidad Económica Europea, se hablaba de esa crisis, agudizada entonces, según decían algunos, por los problemas de la ampliación y el temor al gran potencial productivo español.

Ahora que nos encontramos ante una nueva reforma de la PAC y se habla también de sus crisis, incluso de la amenaza de su existencia, es preciso empezar por decir que la construcción europea hubiera sido imposible sin ella, y que constituye no solo uno de sus más firmes pilares, sino también un poderoso acicate para el logro de nuevos ámbitos de integración, que es precisamente la primera necesidad que tiene la Unión Europea en estos momentos.

Como se ha repetido en distintas ocasiones, una de las causas permanentes de las crisis de la PAC lo han constituido, paradójicamente, sus éxitos. La pretensión fundacional de lograr el abastecimiento de Europa a unos precios razonables se consiguió con tanta rapidez que pronto la aparición de excedentes obligó a un replanteamiento que hiciera posible mantener estos logros con una estabilización de los mercados y un nivel de vida equitativo para los agricultores.

Porque la PAC, sobre todo en su primera época, fue fundamentalmente una política encaminada a modernizar y capitalizar el campo y decidida a promover una agricultura viable que impidiera el éxodo rural.

En cada época la reforma ha estado inspirada por preocupaciones muy concretas asociadas al tiempo correspondiente. Así, en 1986, cuando entró España en la CEE, la pretensión de reforma iba encaminada a recuperar el papel del precio como regulador del mercado, es decir, a lograr que el precio sirviera para expresar las preferencias de los consumidores, planteándose entonces el dilema de servirse del precio como elemento social ó mecanismo económico, obligando, en el primer caso, a buscar otras formas de regular la oferta y la demanda, y exigiendo, en el segundo, maneras alternativas de asegurar al agricultor una renta digna.

Tampoco ha estado la PAC nunca exenta de las tensiones entre el norte y el sur europeos. La agricultura mediterránea, menos protegida que la nórdica, ha sido siempre la gran olvidada de las reformas. Y con razón ha levantado sus quejas ante unas exigencias medioambientales que se consideraban excesivas, sobre todo teniendo en cuenta que, en su ámbito, el regadío, ese gran olvidado de la PAC, es la mejor forma de luchar contra la desertización, la fijación de población en el medio rural, la erosión y la escasez de tierras cultivables, y, por lo tanto, una de las mejores contribuciones al medio ambiente.

Y si en un principio algunos podían decir que la PAC era una política degradadora de los bosques y superficies arboladas al estimular la producción agrícola y ganadera en detrimento de la forestal, la preocupación medioambiental de la que está dotada en estos momentos, y, al parecer, va a seguir, no solo corrige esas circunstancias, sino que demuestra hasta qué punto es adaptable a las exigencias de cada momento, dando con ello nuevas razones de a su mantenimiento.

Lo que se ha dicho siempre y, por desgracia, sigue siendo una acuciante necesidad europea, es que para avanzar en todo lo agrario se requiere un profunda reforma institucional que agilice la toma de decisiones en las instancias europeas, y propicie, al mismo tiempo, avances simultáneos en otros sectores de la economía, así como nuevas políticas comunes en todos los demás órdenes.

La PAC es la única política realmente común en Europa, y frente a ciertas tendencias renacionalizadoras, agudizadas por la inoperancia que viene demostrándose en el manejo de la actual crisis económica, lo que interesa es precisamente lo contrario: una integración mayor no solo en materia agrícola sino también en todas las demás.

Pero la PAC no solo es históricamente importante para la Unión Europea, sino también actualmente decisiva para la sociedad europea como lo demuestran las encuestas de opinión, y, además, está propiciando un amplio consenso sobre los grandes retos que tiene el sector agrario europeo por delante, como son seguridad alimentaria en un contexto de mercados más volátiles, la lucha contra el cambio climático o la importancia de la vertebración territorial de todos los países.

Ojalá el actual proceso de negociación  de los reglamentos, que está teniendo lugar en estos momentos, sea lo suficientemente flexible para que, sin incidir en ningún proceso renacionalizador, los distintos Estados puedan adaptar la PAC a su realidad interior de forma que se consiga la mayor elevación del nivel de vida de las distintas  zonas rurales, que es una de las vías más sólidas de construir Europa

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