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Gran Bretaña y Europa

enero 27, 2013

“Esa tarde del 15 de junio de 1.940, mientras el destructor que llevaba a De Gaulle navegaba hacia Inglaterra, el embajador francés en Londres, señor Corvin, había invitado a comer a Jean Monnet y a otras importantes personalidades francesas, hasta un total de siete personas. Los invitados habían sido advertidos de la especial importancia que el señor embajador concedía a esa comida. En el transcurso de la misma, defendida y auspiciada por Monnet y Corvin, se planteó abiertamente el proyecto. Monnet dijo:

– Señores, la única solución para seguir luchando y no  caer definitivamente bajo la garra del fascismo, es que Francia e Inglaterra se configuren como una nación única a través de una Unión franco-británica, de carácter supranacional.

Alguien exclamó:

– Pero, ¡eso sería el fin de Francia!

– ¡Y de Inglaterra! – le contestó inmediatamente Monnet, añadiendo enseguida:

– Sería el comienzo de Europa como nación. Después de la guerra, librados del nazismo, esa Unión Europea podría verse incrementada por otros países, hasta ocupar todo su territorio histórico y cultural.

Alguien de los presentes no pudo contenerse y dijo:

– Sueña Ud., señor Monnet. En primer lugar, yo no veo cómo Alemania puede perder esta guerra; y en segundo lugar, ¿quién de los dos dejaría de ser jefe del Estado: el presidente Lebrun o el Rey Jorge VI?

A pesar de esta intervención, la mayor parte de los comensales, que eran todos fervorosos europeístas, escucharon con alegría el proyecto. Se trataba de configurar un bloque único de resistencia contra el fascismo fundamentado en la vieja idea de defensa de la libertad y de la paz.

La conversación se prolongó hasta las cinco de la tarde, pero al final todos los asistentes otorgaron su confianza al proyecto.”

(Fragmento de la novela: El retorno del gigante)

 

Me ha parecido oportuno traer a colación esta escena porque refleja de forma nítida el verdadero espíritu y finalidad de la Unión Europea, e ilumina con claridad uno de los más graves problemas que dicha Unión tiene al comienzo de este año 2013, en el que se celebra el cuadragésimo aniversario de la entrada de Gran Bretaña en ella.

Como se expresa en el fragmento de la novela transcrito, la pretensión última de la Unión, en la mente de uno de sus padres fundadores, Jean Monnet, es la creación de una nueva nación y la consiguiente superación de los estados actuales. Y ello choca abiertamente con el planteamiento que viene sosteniendo Gran Bretaña desde tiempo atrás, particularmente agudizado por los problemas derivados de la crisis económica.

En estos momentos, la mayor preocupación de los líderes británicos no consiste en dilucidar si hay que convocar un referéndum en su país para decidir seguir o no seguir en la Unión, sino cuándo celebrarlo, pues la decisión de su convocatoria parece tomada por todos, incluso por los más declaradamente filo europeos

La parte más europeísta del actual Gobierno británico de coalición, los demócratas liberales del viceprimer ministro Nick Clegg,  aboga porque esa consulta no tenga lugar antes de que la Unión Europea salga de la crisis del euro y pueda saberse exactamente en qué circunstancias los británicos pueden lograr un acuerdo que sea favorable a Gran Bretaña. Esta misma pretensión, precisamente por parte de los británicos más proclives a Europa, indica ya con toda claridad la ausencia de verdadero espíritu europeísta al concebir la Unión como algo que tiene que ser favorable para Gran Bretaña en lugar de serlo para el conjunto de los ciudadanos europeos.

Este nacionalismo británico, junto con el reverdecimiento de otros nacionalismos continentales, y actitudes muy similares de otros líderes europeos actuales, constituyen el verdadero cáncer de la Unión Europea, cuya pretensión última es, precisamente, la superación del estrecho y angosto marco del estado-nación desde el convencimiento de que por encima de cada país existe un bien común superior a cualquier interés nacional.

No es de extrañar que, ante estas actitudes de los actuales líderes europeos, las encuestas estén mostrando una desafección creciente de los ciudadanos con respecto a las instituciones comunitarias, hasta el punto de que en Gran Bretaña son más del 50% los que desean salirse de la Unión.

Ante esta situación me parecen acertadas y oportunas las palabras que sobre los actuales líderes europeos ha pronunciado recientemente Zbigniew Brzezinski, antiguo consejero de seguridad nacional del presidente Carter, en una entrevista periodística, diciendo de ellos que “son provincianos, están ensimismados, son oportunistas y no les guía una conciencia histórica afinada sobre las consecuencias negativas que una Europa fracasada produciría”

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