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Pensando en Europa

diciembre 29, 2012

Al terminar este año convulso para Europa y todo lo europeo, en el que el desasosiego por la actual situación económica desemboca con demasiada frecuencia en estados crónicos de pesimismo acerca de la viabilidad real de la unión, me parece importante reflexionar sobre algunas de las cuestiones públicas que pueden ser a medio y largo plazo muy determinantes para el logro efectivo de esa Unión Europea, y sobre las que la política diaria de los países miembros tiene, a mi juicio, graves fallas escasamente denunciadas con el vigor que merecerían.

Sabido es que en la educación reside el futuro de las personas, y, junto a ellas, el destino de las colectividades que forman. Sin perjuicio de la necesaria formación especializada que la moderna sociedad competitiva requiere, la apertura en profundidad de los procesos enseñantes a esos grandes valores de la persona que han ido cristalizando en la civilización occidental y que, a lo largo de los siglos, han humanizado el proceso de la convivencia humana, me parece algo esencial y a lo que los actuales procesos educativos no prestan la importancia que tiene para la auténtica edificación de la personalidad individual y su vertiente solidaria.

Dichos valores no pueden quedar solo como elementos retóricos para los grandes discursos, sino como líneas de fuerzas generadoras de un impulso de cambio social y económico, de una verdadera transformación de las estructuras actuales, cuya necesidad se pregona desde muchos ángulos pero para cuya efectividad se dan menos pasos de los necesarios.

La segunda reflexión hace referencia al papel fundamental que deben jugar las ciudades en el proceso de construcción europea. No solo por el hecho de que cuatro de cada cinco europeos vivamos en ciudades, sino porque el espíritu de ciudadanía, con sus características intrínsecas de apertura a lo universal y abatimiento de fronteras que desde el Renacimiento constituye una de sus características más genuinas, puede ser el mejor antídoto para ese reverdecimiento de los nacionalismos de Estado y de región que están aflorando desde distintos ángulos de la geografía europea, en un claro proceso regresivo no solo desde el punto de vista político, sino incluso cultural e intelectual.

Y por último, el déficit democrático. Europa necesita un sincero ejercicio de legitimidad democrática que ponga fin a la vieja costumbre de tomar decisiones a escondidas de los ciudadanos, que acabe con esa opacidad y lejanía que termina por ir en contra del verdadero espíritu fundacional y que supone en sí misma una cierta contradicción con los principios democráticos que figuran en el frontispicio de su ideario. Porque no basta con que los países que la integran sean democráticos; es preciso que lo sea también, e íntegramente, la propia Unión; que todas sus instituciones, y su presidente a la cabeza, salgan directamente elegidos por el voto popular, y que el Parlamento Europeo sea realmente la cámara de la soberanía europea, y no un mero órgano colegislador.

Europa está ahora envuelta en una grave crisis económica, pero viene arrastrando una crisis política desde hace más de diez años. El fracaso del proyecto de Constitución del año 2005, con el voto negativo de los referéndums francés y holandés, y las consiguientes tendencias de ciertos países a replegarse sobre sus propios Estados, han debilitado el espíritu de unión política nacido del Tratado de Maastricht; y al mismo tiempo los partidos que se consideran europeístas están más preocupados en ver qué pueden sacar de Europa para sus respectivos países que en aquello que beneficia al conjunto, abandonando su responsabilidad de contribuir a la formación de la conciencia europea, haciendo de lo europeo algo cotidiano en la preocupación y el interés de las gentes.

Porque, como he dicho en repetidas ocasiones en estas mismas páginas, para que Europa sea una realidad tienen que quererla los ciudadanos; y para llegar a ello es preciso que se hable de Europa, que se discutan sus asuntos, que se analicen sus problemas, que se vea entre todos la forma de eliminar los inconvenientes y aumentar las ventajas de su pertenencia a ella; en definitiva, que se haga de lo europeo asunto doméstico y se incardine en el elenco de preocupaciones cotidianas. Esto no es algo que se pueda conseguir de la noche a la mañana, ciertamente, pero es algo que no se conseguirá nunca si no se dan los pasos en la dirección adecuada, y para estos pasos la pedagogía social que los partidos que se consideran europeístas deberían realizar resulta fundamental.

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