La vocación euroepa (y III)

Decía el mes pasado, siguiendo el pensamiento de Ortega, que la debilidad del feudalismo en España, es decir, la ausencia de minorías selectas, fue la raíz de su enfermedad congénita, y que por ello nuestro país es distinto de Francia, Alemania o Inglaterra

Esta ausencia de minorías, que dio lugar a una sociedad invertebrada fue lo que  hizo posible la unidad prematura de sus partes. Tuvo España el honor de ser la primera nacionalidad que logró ser realmente una, es decir, que concentró en el puño de un rey todas sus energías y capacidades. Y esto explica su inmediato engrandecimiento, en comparación con el pluralismo feudal que mantenía desparramado el poder en Francia, Inglaterra, Italia o Alemania.

 La unidad se hizo tan pronto porque España era débil, porque faltaba un fuerte pluralismo sustentado por grandes personalidades de estilo feudal. Pero esta grandeza sólo duró hasta 1580, ya que la unidad obró como una inyección de plenitud artificial, pero no de poderío vital, de forma que el esplendor del siglo XVI fue más aparente que real, puesto que su unidad tenía menos fortaleza de la que aparentaba.

Apunta en esta misma dirección el hecho de que la desconexión de España respecto de otras naciones de su entorno europeo se acentuase además por orientar sus intereses de forma predominante hacia el imperio ultramarino, volviendo la espalda a Europa para dirigirse a América, mientras esa Europa fuera la que, a fin de cuentas, y a través de España, se terminase por aprovechar de América.

Considerado así el problema de España, como «debilidad congénita de su unidad», como «invertebración», por emplear términos orteguianos, se comprende mejor la enorme tendencia a la desmembración que comenzó por los Países Bajos, siguió por Milán, Portugal y Nápoles, continuó por América, y se manifiesta hoy en día, aunque con características muy diferentes, en los separatismos vasco y catalán, así como en la estructura de su Estado, el Estado de las Autonomías, que es el Estado más descentralizado de Europa, y donde, en consecuencia, el poder central es menos poderoso.

Ante este problema español, Europa es la solución, como afirmaba el propio Ortega. Pero la Europa de la que hablaba Ortega no se reducía a un mero proyecto geopolítico, como lo proyectaron Napoleón y Hitler, o Estados Unidos inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial a través del Plan Marshall, sino a un proyecto del espíritu, de la cultura por antonomasia.

Según todo lo anterior, la unidad europea no es que sea un proyecto deseable, sino, al mismo tiempo, un proyecto existente ya desde hace siglos, no en términos jurídico formales, pero sí en términos históricos y culturales. Por ello, la unidad europea no sólo es una solución para España, aunque para ella pueda ser más necesaria que para otros pueblos europeos, sino para todos ellos, para todas esas naciones que componen su organismo, que tantas veces han estado también disgregadas y entregadas a guerras fratricidas, que tanto han minado el propio ser de Europa, llegando incluso al mayor absurdo europeo, como fue  la aparición de los fascismos y la Segunda Guerra Mundial, que ellos provocaron. Tuvo Europa que descender hasta lo más oscuro de los infiernos para poder comprender cabalmente que la única forma de evitar eso en el futuro era, precisamente, ser ella misma: una Europa unida en libertad y en torno a los valores de la persona que ella misma había alumbrado.

Como he dicho en repetidas ocasiones, me considero firmemente partidario de la construcción europea, y de llevar la Unión Europea hasta las últimas consecuencias de su planteamiento, por encima de las dificultades actuales, y al margen, aunque teniéndolos en cuenta, de los particularismos nacionalistas que todavía existen en los distintos Estados europeos.

 En estos momentos no encuentro para el Estado Italiano, el Estado alemán, el Estado francés o el Estado español ningún otro proyecto sugestivo que como empresa colectiva pueda ponerse ante la consideración de sus habitantes. Porque un Estado, como decía Ortega, tiene que estar siempre abogando por algo. Cuando el impulso hacia la empresa colectiva cesa, el Estado sucumbe, y la unidad que parecía cimentada no sirve para nada.

 En estos momentos, en España no tenemos ninguna empresa nacional, no abogamos por nada que nos pueda unir a todos. Y lo mismo sucede con Francia o con Alemania o con el resto de los países europeos, porque el mero bienestar económico no basta, aunque sea imprescindible, para dar sentido a una empresa colectiva. En este mundo de la globalización, sólo Europa, erigiéndose en portadora de los valores de esa civilización que ella misma ha creado, puede ofrecer un horizonte ilusionante, más allá de lo meramente económico, y presentar un proyecto sugestivo de vida en común. Este proyecto no debe estar alimentado por la nostalgia de lo que fuimos ayer, o podríamos haber llegado a ser los europeos, sino en la ilusión por lo que podemos ser a partir de ahora.

Me encuentro entre las personas que piensan que ha llegado el momento para los europeos en que Europa puede convertirse en idea nacional, nación de naciones, si se quiere, o nación de regiones o de ciudadanos, si se prefiere, pero nación, en definitiva, vertebrada por una idea nacional, articulada de la forma que se quiera y respetuosa, por supuesto, con toda su pluralidad interna. Muchos europeos están empezando a sentir, como decía Ortega, que el aire que se respira en cada nación se está haciendo irrespirable porque es un aire confinado, porque cada nación se ha vuelto provinciana, y está necesitada de un ámbito superior.

En este contexto, la Unión Europea desarrollada hasta sus últimas consecuencias, me parece la mejor solución no sólo para España y los restantes países europeos, sino, sobre todo, para la vida en paz, prosperidad, democracia y respeto a los derechos humanos de todos los ciudadanos europeos

 

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