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La vocación europea (II)

octubre 17, 2012

El sentimiento de necesidad de unidad europea, del que hablaba el mes pasado, articulado a comienzos del siglo XX en torno a desarrollismo económico e industrial, tenía unos antecedentes que venían de mucho más atrás. La propia existencia de las Universidades, de la Universidad como cumbre del saber universal y motor del desarrollo de las gentes, es una idea europea, desarrollada por igual en distintos puntos de la geografía continental, pero con el mismo planteamiento, e incluso al principio con una lengua común, la lengua culta europea, el latín. La Universidad no conocía fronteras, ni geográficas ni del conocimiento. Las distintas Universidades tenían que estar en algún sitio físicamente, pero su mente circulaba por toda Europa, y los planteamientos que desarrollaban no eran nacionales, sino universales.

 La Universidad fue por lo tanto otra forma de expresar la unión europea y dar un alma al Renacimiento europeo que, como se sabe, fue articulado más por las ciudades que por los Estados, aunque luego fueran éstos los que tomasen el relevo de su liderazgo. Pero el sentimiento de unidad europea es incluso anterior a todo esto. Viene del propio nacimiento de las distintas nacionalidades europeas. Y de ese momento, según Ortega y Gasset, arranca el malestar español y lo que él consideraba el problema de España.

Según Ortega y Gasset, Francia, Inglaterra, Alemania, Italia y España nacieron de la “fecundación” que los restos de la “Madre Roma” recibió de los pueblos germánicos, siendo el visigodo el pueblo concreto que dio nacimiento a España. Como éste era un pueblo débil, el de mayor debilidad de todos ellos, su producto, España, no ha desarrollado nunca su existencia espiritual de forma adecuada, constituyendo una rama menos vital del conjunto de ramas, los restantes países europeos, que procedían del mismo tronco, y que tenían una vida más cohesionada entre ellos. Este apartamiento o desgajamiento de su mundo espiritual viviente es el que habría determinado la existencia precaria y problemática de España, o, dicho de otra forma, lo que habría originado el malestar español.

 Es decir, según Ortega, “España no ha sido nunca lo que podía haber sido”, de no haber tenido ese apartamiento. El problema de España estriba, por lo tanto, en esa separación de la vida espiritual que fluye por el conjunto de las naciones europeas, por el seno mismo de Europa. Porque Europa, para Ortega,  es el Espíritu, la Cultura; y España, separada de Europa, aproximada a África, se acerca más a la barbarie, a la Naturaleza.

 Pero hay más. El inmenso organismo que llegó a ser el Imperio romano fue descuartizado, ciertamente, por los bárbaros germánicos. Pero, a partir de ahí, los germanos vertebraron los trozos del Imperio de un modo distinto. Fueron pueblos que conquistaron otro pueblo sin mezclarse con él al principio, produciéndose esa mezcla muy lentamente y, sobre todo, cuando ya estaba vertebrado el Estado. Y de ese proceso de vertebración por la fuerza, surgió el carácter vertical de las estructuras nacionales europeas.

Así pues, de la fecundación de la Roma despedazada por los pueblos germánicos nacieron las cinco naciones que constituyen Europa: Francia, Alemania, Inglaterra, Italia y España, siendo España, por lo tanto, un producto histórico, una nación, que pertenece a un tipo muy concreto de naciones, a las germinadas en el centro de occidente de Europa, cuando el Imperio romano sucumbió.

La enfermedad constitutiva de España, como se ha dicho, viene derivada de su padre visigodo que la engendró en el seno de Roma. El pueblo visigodo era el pueblo bárbaro más civilizado, más “alcoholizado de romanismo”, según expresión del propio Ortega, más reformado, y también más deformado y anquilosado. Llegó a España dando tumbos, y eso hizo que el feudalismo, que fue la institución vertebradora de todos los organismos procedentes de Roma, fuera en España más débil que en el resto de las distintas naciones europeas.

Esto explicaría, siempre según Ortega, la escasez que en la España medieval se advierte de personas sobresalientes, la «ausencia de los mejores», algo parecido a lo que pasaba en Rusia. En cambio en Francia, en Inglaterra, en Italia, se dio todo lo contrario. Su historia es una historia hecha por minorías, mientras que en España todo lo ha hecho la masa, el pueblo.

Algunos, con mentalidad extrapolada del momento actual, piensan que la debilidad del feudalismo en España es un timbre de gloria democrático, sin embargo para Ortega es la raíz de su enfermedad congénita y la causa de que las masas españolas no hayan sabido crear sus minorías selectas. Por ello España es anormal, porque se ha desviado de la norma europea, de la norma de Francia, de la norma de Inglaterra o de la norma de Alemania.

Todas estas consideraciones, fundamentadas en las reflexiones de uno de los más preclaros pensadores españoles, pueden ayudar, a mi juicio, a comprender mejor los problemas de España, particularmente atribulada  en su unidad por el desafío actual del independentismo catalán, y proyectar luz sobre la necesidad de esa vocación europea, superadora de viejos atavismos, y que puede constituir el ámbito emocional que favorezca entre nosotros el actual proceso de construcción europea.

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