La vocación europea (I)

Antes que nada, quiero afirmar con toda claridad, aunque ya lo haya expresado en diversos artículos sobre esta materia publicados en este blog, que me considero completamente partidario de la construcción europea, y profundamente imbuido del sentimiento y las ideas que sobre Europa y su unidad ha vertido Ortega y Gasset hace casi un siglo.

Por eso, las palabras que siguen a continuación están en una amplia proporción inspiradas en su pensamiento, desde la convicción de considerarle no solo una de las mentes más preclaras en lo referente a la visión de Europa, sino también en otras cuestiones vitales con las que en gran parte  me identifico igualmente.

La base del malestar europeo en general, y lo que induce consecuentemente a una reflexión sobre Europa en todos los órdenes, se origina históricamente como consecuencia de la confluencia en el tiempo de los efectos de las dos grandes revoluciones europeas y mundiales: la revolución francesa y la revolución industrial. Ambas cambiaron la faz de Europa y, además de poner en marcha dinámicas de transformación mundial, hicieron posible el tránsito desde la vieja idea que sobre ella se tenía a la moderna concepción, en cuya realización nos encontramos.

Napoleón fue el primero en intentar traducir a modernidad el sentimiento de unidad europea que ha existido desde la desaparición del Imperio romano. Y pretendió hacerlo desde las luces de la Ilustración, buscando el nacimiento de una nueva civilización europea basada en el afán de emancipación de las ideas de la revolución francesa.

Fracasó, tanto por el procedimiento que empleó, la fuerza de las armas, como por un amplio conjunto de circunstancias históricas que no es ahora momento de desglosar, pero dejó en la conciencia colectiva un surco abierto al objetivo de la unidad por el que la Historia podría caminar con posterioridad.

El siglo XIX, con sus retrocesos y avances sucesivos  en la implantación de las ideas de la modernidad, que pasaron por la revolución liberal y la progresiva democratización de la vida pública, así como por el acceso de las masas a la categoría de agentes sociales, fue enormemente convulso en lo político y social, pero gozó de una continuidad ininterrumpida en lo tocante a los avances que la revolución industrial iba propiciando en los distintos países europeos, aunque con desigualdad relativa entre ellos. 

 Por ello, el gran problema de Europa a principios del siglo XX fue, y sigue siéndolo en estos momentos, que sus naciones, sintiéndose con más potencia que nunca, debido a este desarrollo industrial e ideológico, tropezaron con ciertas barreras fatales que les impedían realizar aquello para lo que se encontraban sobradamente preparadas, y estas barreras no eran otra cosa que las fronteras políticas de sus Estados respectivos; es decir, la forma de vida pública en que habían de moverse sus enormes capacidades económicas producidas por la revolución industrial era, y lo es ahora más que entonces, incongruente con el tamaño de los ámbitos en que tenían que moverse sus economías, dando ello lugar, en aquel momento, a dos fenómenos distintos, pero que respondían a la misma causa: el imperialismo y las rivalidades entre los propios Estados europeos.

Tanto el imperialismo, como las rivalidades nacionales fueron la forma de dar salida a esa fuerza incontenible que las naciones europeas habían adquirido fruto de las dos revoluciones citadas y que no encontraba en el interior de sus fronteras espacio suficiente para desarrollarse en plenitud. Las guerras coloniales, las guerras parciales europeas y luego las dos guerras mundiales fueron, entre otras razones, expresiones profundas de ese malestar, y dieron salida, de forma ciertamente bárbara y condenable, a toda la energía contenida de lo europeo.

Y lo que sucedía en los ámbitos económicos e industriales ocurría también en otras esferas de la vida. Todo buen intelectual inglés, alemán, francés o español se empezó a sentir ahogado en los límites de su nación, y a experimentar su nacionalidad como una limitación opresora y, tal vez sin saberlo, proyectando en su expresión intelectual uniones superadoras de fronteras que los torbellinos del momento hacían parecer ilusorias. Tuvo que llegar la inmensa catástrofe de la Segunda Guerra Mundial para que los europeos se decidieran a poner fin a la división y comenzar el más ambicioso proceso de unidad en el que ahora nos encontramos.

 Pero este sentimiento de necesidad de unidad europea superadora de fronteras, articulado en aquel momento en torno a desarrollismo económico e industrial, y ahora en torno a la Unión Europea, tiene unos antecedentes que vienen de mucho más atrás, y que procuraré ir desglosando en sucesivos artículos

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