El programa Erasmus

Se cumple este año el vigésimo quinto aniversario del Programa Erasmus en virtud del cual más de tres millones de europeos se han visto ayudados para completar su formación en otro país, conocer otras culturas europeas, y mejorar y ampliar su conocimiento de lenguas.

El Programa Erasmus bebió su inspiración en la “Europa de los ciudadanos” y nació con la pretensión de contribuir a la construcción europea a base de fomentar la movilidad de los jóvenes, abrirles al conocimiento y aprecio de europeos de otras latitudes, fomentar el espíritu de apertura y superación de localismos, e imbuir el deseo de construir un mundo mejor en torno a la persona como eje de los valores centrales de la Unión Europea.

Me resulta gratificante constatar que España se ha situado como líder de dicho programa en los dos últimos años, tanto en el número de europeos que ha venido a universidades españolas como en el de españoles que han salido a universidades del resto de Europa. Con ello, nuestro país se sitúa, tal vez de forma espontánea e involuntaria, en la vanguardia de los pasos más importantes que hay que dar para hacer efectiva la construcción europea.

Desde hace bastante tiempo vengo sosteniendo que para que Europa sea una realidad es preciso que sea querida por los europeos y vista no solo como una necesidad económica, sino como un ilusionante proyecto colectivo.

Sabido es que el conocimiento engendra amor, y la mejor forma de suscitar ese amor a Europa es el conocimiento mutuo de los europeos, de sus respectivas costumbres y tradiciones, de sus lenguas y de sus propias historias nacionales o regionales. El Programa Erasmus contribuye poderosamente a esta finalidad y lo hace apoyando a unas personas, los jóvenes universitarios, que, por edad y cultura, más propensos pueden estar a esa apertura de miras que el proyecto europeo requiere. Por eso considero que sería enormemente positivo que este tipo de programas se intensificaran para a toda la juventud, y no solo para la universitaria.

Pero al glosar la importancia del este programa, y la circunstancia de su vigésimo quinto aniversario, me parece oportuno también contribuir a difundir la obra y personalidad de aquel que le ha dado su nombre, y el aroma de cuyos valores anidan en el núcleo más profundo del espíritu fundacional del programa que celebramos.

Erasmo de Róterdam nació en aquella ciudad holandesa en plena ebullición del florecimiento renacentista. Estudiante en París y más tarde en Lovaina, experimentó su transformación intelectual en Oxford, donde concibió un nuevo enfoque de la fe cristiana, de inspiración humanista y alejada de la rigidez mecánica medieval; decidió aprender griego para estudiar con eficacia las Escrituras y se dispuso a escribir libros para ganarse la vida.

A partir de ese momento, la producción de Erasmo se extendió por campos tan distintos como la teoría de la Educación, el estado de la Iglesia y la sociedad, el sentido de las escrituras o la práctica de la vida cristiana. De esta forma se convirtió en erudito del máximo nivel académico, pionero en la comprensión del periodismo y la importancia de la comunicación, y el primer “best-seller” mundial viviente, hasta el punto de corresponderle a él, en cierto momento, la quinta parte de todos los libros vendidos en Oxford, Londres y París.

Erasmo, desde su concepción humanista de la vida y de la historia, avanzó un pensamiento que ofrecía nuevas oportunidades al progreso intelectual y espiritual, abogaba por una reforma integral de la sociedad y de la Iglesia, y alentaba la búsqueda de la verdad por encima de fronteras físicas y mentales.

Pacifista por convicción y, en consecuencia, contrario a la doctrina de la “guerra justa”, adquirió en vida la más alta popularidad conocible como sabio supremo universalmente aceptado. El emperador Carlos V le designó consejero político y el papa Pablo III le ofreció un capelo cardenalicio. Pero las paradojas de la historia y la evolución de la sociedad hicieron que apenas una década después de su muerte, el nuevo papa, Pablo IV, le declarase “el jefe de todos los herejes” y reclamase la quema de todas sus obras.

Entre los extremismos de la reforma luterana, que terminó apoyándose en el poder político de los príncipes alemanes para oponerse a Roma, y el de la contrarreforma tridentina, que se apoyó en otros poderes políticos para oponerse al luteranismo y sus derivaciones, el humanismo de Erasmo, centrado, pacifista y dialogante quedó reducido al silencio y la condena, en lo que muchos consideran una de las tragedias históricas más importantes del cristianismo, de Europa y del mundo.

Ahora que celebramos el vigésimo quinto aniversario de ese programa tan europeísta, me parece oportuno sugerir a esas decenas de miles de jóvenes que anualmente circulan por Europa ayudados por esa iniciativa que lleva su nombre, que, sin perjuicio de sus planteamientos intelectuales y con el máximo respeto a sus ideas personales, ahonden en el conocimiento de ese humanista europeo cuyas ideas supusieron en su época un malogrado intento de reforma centrada, y cuyo eco, debidamente actualizado al momento presente, podría, a mi juicio, contribuir a alumbrar un mundo mejor, más dialogante, más pacífico y más humano.

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