Archive for 23 septiembre 2012

La vocación europea (I)

septiembre 23, 2012

Antes que nada, quiero afirmar con toda claridad, aunque ya lo haya expresado en diversos artículos sobre esta materia publicados en este blog, que me considero completamente partidario de la construcción europea, y profundamente imbuido del sentimiento y las ideas que sobre Europa y su unidad ha vertido Ortega y Gasset hace casi un siglo.

Por eso, las palabras que siguen a continuación están en una amplia proporción inspiradas en su pensamiento, desde la convicción de considerarle no solo una de las mentes más preclaras en lo referente a la visión de Europa, sino también en otras cuestiones vitales con las que en gran parte  me identifico igualmente.

La base del malestar europeo en general, y lo que induce consecuentemente a una reflexión sobre Europa en todos los órdenes, se origina históricamente como consecuencia de la confluencia en el tiempo de los efectos de las dos grandes revoluciones europeas y mundiales: la revolución francesa y la revolución industrial. Ambas cambiaron la faz de Europa y, además de poner en marcha dinámicas de transformación mundial, hicieron posible el tránsito desde la vieja idea que sobre ella se tenía a la moderna concepción, en cuya realización nos encontramos.

Napoleón fue el primero en intentar traducir a modernidad el sentimiento de unidad europea que ha existido desde la desaparición del Imperio romano. Y pretendió hacerlo desde las luces de la Ilustración, buscando el nacimiento de una nueva civilización europea basada en el afán de emancipación de las ideas de la revolución francesa.

Fracasó, tanto por el procedimiento que empleó, la fuerza de las armas, como por un amplio conjunto de circunstancias históricas que no es ahora momento de desglosar, pero dejó en la conciencia colectiva un surco abierto al objetivo de la unidad por el que la Historia podría caminar con posterioridad.

El siglo XIX, con sus retrocesos y avances sucesivos  en la implantación de las ideas de la modernidad, que pasaron por la revolución liberal y la progresiva democratización de la vida pública, así como por el acceso de las masas a la categoría de agentes sociales, fue enormemente convulso en lo político y social, pero gozó de una continuidad ininterrumpida en lo tocante a los avances que la revolución industrial iba propiciando en los distintos países europeos, aunque con desigualdad relativa entre ellos. 

 Por ello, el gran problema de Europa a principios del siglo XX fue, y sigue siéndolo en estos momentos, que sus naciones, sintiéndose con más potencia que nunca, debido a este desarrollo industrial e ideológico, tropezaron con ciertas barreras fatales que les impedían realizar aquello para lo que se encontraban sobradamente preparadas, y estas barreras no eran otra cosa que las fronteras políticas de sus Estados respectivos; es decir, la forma de vida pública en que habían de moverse sus enormes capacidades económicas producidas por la revolución industrial era, y lo es ahora más que entonces, incongruente con el tamaño de los ámbitos en que tenían que moverse sus economías, dando ello lugar, en aquel momento, a dos fenómenos distintos, pero que respondían a la misma causa: el imperialismo y las rivalidades entre los propios Estados europeos.

Tanto el imperialismo, como las rivalidades nacionales fueron la forma de dar salida a esa fuerza incontenible que las naciones europeas habían adquirido fruto de las dos revoluciones citadas y que no encontraba en el interior de sus fronteras espacio suficiente para desarrollarse en plenitud. Las guerras coloniales, las guerras parciales europeas y luego las dos guerras mundiales fueron, entre otras razones, expresiones profundas de ese malestar, y dieron salida, de forma ciertamente bárbara y condenable, a toda la energía contenida de lo europeo.

Y lo que sucedía en los ámbitos económicos e industriales ocurría también en otras esferas de la vida. Todo buen intelectual inglés, alemán, francés o español se empezó a sentir ahogado en los límites de su nación, y a experimentar su nacionalidad como una limitación opresora y, tal vez sin saberlo, proyectando en su expresión intelectual uniones superadoras de fronteras que los torbellinos del momento hacían parecer ilusorias. Tuvo que llegar la inmensa catástrofe de la Segunda Guerra Mundial para que los europeos se decidieran a poner fin a la división y comenzar el más ambicioso proceso de unidad en el que ahora nos encontramos.

 Pero este sentimiento de necesidad de unidad europea superadora de fronteras, articulado en aquel momento en torno a desarrollismo económico e industrial, y ahora en torno a la Unión Europea, tiene unos antecedentes que vienen de mucho más atrás, y que procuraré ir desglosando en sucesivos artículos

Sector estratégico

septiembre 16, 2012

Existe un consenso prácticamente generalizado en torno a la aseveración de que el sector primario es un sector estratégico en Aragón. Los programas electorales de todos los partidos, los discursos de todas las organizaciones, las reflexiones académicas desde cualquier institución, e incluso el propio sentir popular coinciden en afirmar categóricamente esta condición estratégica del sector agrario aragonés.

Pero esta contundente afirmación generalizada, por desgracia, no se ha correspondido con una preocupación política acorde con el carácter que pregona, habiendo sido la agricultura relegada siempre a un puesto relativamente secundario en el elenco de preocupaciones públicas.

Desde el primer momento de su andadura, el actual Gobierno de Aragón se ha empeñado en establecer una línea de actuación que permita hacer realidad fáctica lo que el discurso generalizado pregona, es decir, pasar de las palabras a los hechos, y procurar que ese sentimiento generalizado de su carácter estratégico se corresponda fielmente con una acción pública encaminada a dar corporeidad a esa pretensión.

Un sector agrario potente no se improvisa, sino que es consecuencia del mantenimiento de una población rural vigorosa, de unas infraestructuras agrícolas adecuadas, de unos productores con alta cualificación, y de un acervo cultural adaptado a las peculiaridades agroclimáticas y permanentemente actualizado mediante la incorporación de nuevas técnicas productivas y el relevo generacional.

La articulación del territorio en una comunidad fuertemente despoblada como la nuestra depende casi por entero de la agricultura. La existencia de alternativas económicas como el turismo rural, de carácter fuertemente estacional, exige la presencia de una población rural asentada en el medio de forma permanente todo el año.

La agricultura es además una actividad fundamental para el mantenimiento del medio ambiente. El abandono de la ganadería extensiva incrementa el riesgo de incendios, y la degradación de zonas de pastos y praderas naturales que conforman la visión tradicional de la alta montaña puede alterarla hasta el punto de hacerla irreconocible, si desapareciera la agricultura.

Por todas estas consideraciones y muchas otras de índole similar, largamente reflexionadas desde tiempo atrás, el Gobierno de Aragón está decidido a seguir una línea de actuación que haga posible la materialización  de esta condición estratégica, poniendo en marcha cuantos mecanismos de alcance puedan ir articulándola en el tiempo

Dicha pretensión requiere un amplio abanico de acciones simultáneas. Se precisa el desarrollo de los distintos planes de regadíos, culminar todas las obras del Pacto del Agua, abordar plenamente el uso de la biotecnología en la actividad agraria, producir alimentos con calidad y seguridad crecientes, introducir de lleno la I+D+i en el medio rural, lograr entidades cooperativas de mayor tamaño, y procurar la modernización y renovación de la maquinaria agrícola, con especial incidencia en las explotaciones familiares de pequeño tamaño, entre otras acciones de similar calado.

Precisa también la formación de los agricultores y ganaderos, la incorporación de nuevas técnicas de gestión, la simplificación de la normativa de la concentración parcelaria, la mejora de las garantías jurídicas, una financiación en condiciones favorables, la modernización de las explotaciones y hacer posible el acceso de los jóvenes a las mismas.

Comentaba unos meses atrás en este mismo blog que ante esta situación y estas posibilidades, el Gobierno de Aragón se proponía iniciar una dinámica que condujera a la fijación de una estrategia política del sector, concentrada en la agroindustria, como elemento fundamental para el desarrollo económico de la Comunidad, la vertebración de su territorio y la creación de puestos de trabajo.

En estos momentos se puede afirmar que la elaboración de dicha estrategia está ya en marcha. Tras el aldabonazo de salida de una asamblea multitudinaria del sector el pasado mes de junio, se han constituido y han elaborado ya sus ponencias ocho mesas sectoriales con expertos en los diferentes subsectores, de forma que esos trabajos están ya a disposición de todos los ámbitos generalistas que tienen que ver con dicha materia y también, a través de las modernas tecnologías, a disposición igualmente de la opinión pública, con la intención de que, en un tiempo razonable, pueda el Gobierno recibir cuantas aportaciones se consideren oportunas en la dirección que sea, con el fin de que los trazos finales de esa estrategia estén concebidos con el más amplio consenso político y garanticen, de esa forma, su perdurabilidad en el tiempo

Aragón tiene un enorme potencial de desarrollo en esta materia, no solo para la creación, sino para la realización de ese desafío tan peculiar suyo como es la vertebración de su territorio

La adecuada elaboración de esa estrategia y su correspondiente puesta en marcha, constituyen, a mi juicio, una de las acciones políticas más certeras para elevar la agricultura aragonesa, y lo que sobre ella puede producirse, a esa condición estratégica que todos pregonan y hasta ahora no se ha materializado.

 

El programa Erasmus

septiembre 13, 2012

Se cumple este año el vigésimo quinto aniversario del Programa Erasmus en virtud del cual más de tres millones de europeos se han visto ayudados para completar su formación en otro país, conocer otras culturas europeas, y mejorar y ampliar su conocimiento de lenguas.

El Programa Erasmus bebió su inspiración en la “Europa de los ciudadanos” y nació con la pretensión de contribuir a la construcción europea a base de fomentar la movilidad de los jóvenes, abrirles al conocimiento y aprecio de europeos de otras latitudes, fomentar el espíritu de apertura y superación de localismos, e imbuir el deseo de construir un mundo mejor en torno a la persona como eje de los valores centrales de la Unión Europea.

Me resulta gratificante constatar que España se ha situado como líder de dicho programa en los dos últimos años, tanto en el número de europeos que ha venido a universidades españolas como en el de españoles que han salido a universidades del resto de Europa. Con ello, nuestro país se sitúa, tal vez de forma espontánea e involuntaria, en la vanguardia de los pasos más importantes que hay que dar para hacer efectiva la construcción europea.

Desde hace bastante tiempo vengo sosteniendo que para que Europa sea una realidad es preciso que sea querida por los europeos y vista no solo como una necesidad económica, sino como un ilusionante proyecto colectivo.

Sabido es que el conocimiento engendra amor, y la mejor forma de suscitar ese amor a Europa es el conocimiento mutuo de los europeos, de sus respectivas costumbres y tradiciones, de sus lenguas y de sus propias historias nacionales o regionales. El Programa Erasmus contribuye poderosamente a esta finalidad y lo hace apoyando a unas personas, los jóvenes universitarios, que, por edad y cultura, más propensos pueden estar a esa apertura de miras que el proyecto europeo requiere. Por eso considero que sería enormemente positivo que este tipo de programas se intensificaran para a toda la juventud, y no solo para la universitaria.

Pero al glosar la importancia del este programa, y la circunstancia de su vigésimo quinto aniversario, me parece oportuno también contribuir a difundir la obra y personalidad de aquel que le ha dado su nombre, y el aroma de cuyos valores anidan en el núcleo más profundo del espíritu fundacional del programa que celebramos.

Erasmo de Róterdam nació en aquella ciudad holandesa en plena ebullición del florecimiento renacentista. Estudiante en París y más tarde en Lovaina, experimentó su transformación intelectual en Oxford, donde concibió un nuevo enfoque de la fe cristiana, de inspiración humanista y alejada de la rigidez mecánica medieval; decidió aprender griego para estudiar con eficacia las Escrituras y se dispuso a escribir libros para ganarse la vida.

A partir de ese momento, la producción de Erasmo se extendió por campos tan distintos como la teoría de la Educación, el estado de la Iglesia y la sociedad, el sentido de las escrituras o la práctica de la vida cristiana. De esta forma se convirtió en erudito del máximo nivel académico, pionero en la comprensión del periodismo y la importancia de la comunicación, y el primer “best-seller” mundial viviente, hasta el punto de corresponderle a él, en cierto momento, la quinta parte de todos los libros vendidos en Oxford, Londres y París.

Erasmo, desde su concepción humanista de la vida y de la historia, avanzó un pensamiento que ofrecía nuevas oportunidades al progreso intelectual y espiritual, abogaba por una reforma integral de la sociedad y de la Iglesia, y alentaba la búsqueda de la verdad por encima de fronteras físicas y mentales.

Pacifista por convicción y, en consecuencia, contrario a la doctrina de la “guerra justa”, adquirió en vida la más alta popularidad conocible como sabio supremo universalmente aceptado. El emperador Carlos V le designó consejero político y el papa Pablo III le ofreció un capelo cardenalicio. Pero las paradojas de la historia y la evolución de la sociedad hicieron que apenas una década después de su muerte, el nuevo papa, Pablo IV, le declarase “el jefe de todos los herejes” y reclamase la quema de todas sus obras.

Entre los extremismos de la reforma luterana, que terminó apoyándose en el poder político de los príncipes alemanes para oponerse a Roma, y el de la contrarreforma tridentina, que se apoyó en otros poderes políticos para oponerse al luteranismo y sus derivaciones, el humanismo de Erasmo, centrado, pacifista y dialogante quedó reducido al silencio y la condena, en lo que muchos consideran una de las tragedias históricas más importantes del cristianismo, de Europa y del mundo.

Ahora que celebramos el vigésimo quinto aniversario de ese programa tan europeísta, me parece oportuno sugerir a esas decenas de miles de jóvenes que anualmente circulan por Europa ayudados por esa iniciativa que lleva su nombre, que, sin perjuicio de sus planteamientos intelectuales y con el máximo respeto a sus ideas personales, ahonden en el conocimiento de ese humanista europeo cuyas ideas supusieron en su época un malogrado intento de reforma centrada, y cuyo eco, debidamente actualizado al momento presente, podría, a mi juicio, contribuir a alumbrar un mundo mejor, más dialogante, más pacífico y más humano.