La Política Agraria Común (PAC)

Ante las ruinas humeantes todavía de la Segunda Guerra Mundial, y con el recuerdo del papel que las tensiones agrarias de la década de 1920 tuvieron en la Gran Depresión, un conjunto de líderes europeos, de tendencia mayoritariamente democratacristiana, alumbró, dentro del anhelo de una futura Unión Europea, la idea de una política agraria común que superase la postración alimenticia en que habían quedado los europeos tras la guerra y lo hiciera a precios razonables y asequibles

Para superar la fuerte oposición de las fuerzas industriales y agrarias alemanas, que veían un enorme peligro para sus intereses, no solo fue necesario el establecimiento de un amplio conjunto de compensaciones, sino toda la determinación europeísta de Adenauer y la Unión Demócrata Cristiana (CDU)

Bien mirado, no tiene nada de sorprendente este fuerte impulso democristiano. No solo la concepción de la Unión Europea es hija de esta ideología centrista, sino también la evocación de lo agrario tiene mucho que ver con las iglesias cristianas. Sabida es la estrecha relación de muchos movimientos agrarios de finales del siglo XIX y principios del XX con la Iglesia Católica. Para ellos, era indudable la superioridad ética que tenía la explotación familiar agraria frente a otras formas de producción, y concretamente frente a la producción industrial. También la Doctrina Social de la Iglesia, desde la encíclica Rerum Novarum había mostrado ya su recelo por las injusticias producidas por el industrialismo. Y más de medio siglo después, Pío XII alababa al trabajador del campo como el representante del orden natural querido por Dios. También el mundo anglosajón protestante participaba de esa idea de la superioridad moral agraria frente a otras formas de producción.

Con este bagaje, desmontadas las políticas agrarias nacionales de los seis países firmantes del Tratado de Roma, se especificó la PAC en la conferencia de Stresa en 1958, y apareció formalmente en junio de 1960. Sin embargo, los Estados miembros no quedaron obligados a poner en práctica una política agraria común hasta el final de un período transitorio de 12 años, y fue solamente a lo largo de la década siguiente cuando la actual estructura de la PAC tomó forma, buscando, entre otras cosas, que los ingresos agrarios fueran iguales a los de otros sectores.

Los objetivos de esa política agraria se consiguieron más deprisa de lo esperado. De ahí que la historia de la PAC haya sido por muchos considerada como la historia de un éxito. Pero precisamente en ese éxito, en la consecución tan pronto de excedentes agrarios, han radicado sus mayores problemas y la razón de ser de todas las reformas que hasta este momento se han producido, y se van a producir.

Fruto de esa política, la agricultura europea había cambiado radicalmente hacia la década de 1970. A partir de entonces, y como consecuencia también de nuevas sensibilidades emergentes, comenzó a experimentar una serie de cambios, acentuados con la aparición de la Agenda 2000, la nueva inquietud medioambiental y la preocupación por el desarrollo rural

En estos momentos, en el horizonte de las próximas negociaciones financieras, dos asuntos capitales sobresalen en el ámbito de la futura reforma de la PAC. En primer lugar, la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, con los nuevos poderes asumidos por el Parlamento Europeo, determina el marco institucional de la codecisión, abriendo por completo una nueva forma de negociación. Y, en segundo lugar, la Estrategia Europa 2020, obliga a un necesario replanteamiento de la política agrícola común no solo para garantizar las rentas del campo, sino también para favorecer el crecimiento económico de la Unión en la próxima década, y todo ello en el marco del cuestionamiento de fondo que desde instancias liberales se viene haciendo a su propia concepción.

A pesar de las críticas que la PAC recibe por parte de quienes abogan por la completa liberalización del comercio agrario europeo, la asunción de la caída de los precios, el descenso de la actividad agraria, y el transvase de recursos  desde el campo a otros sectores más productivos que no requieren protección, considero que la PAC sigue siendo necesaria, y que el enorme proceso redistributivo que comporta lo es en beneficio de la supervivencia de un sector, el agrario, que sigue siendo fundamental para el desarrollo de la sociedad moderna, y que, además, en algunas zonas europeas se enfrenta ahora a los nuevos y angustiosos retos que plantea el cambio climático

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