La pulsión europea

Europa necesita con urgencia hacer frente a la crisis económica, apuntalar la solidez del euro y avanzar en la creación de un auténtico gobierno económico, superador de los nacionalismos de Estado. Pero además de lo urgente, precisa también dedicarse a lo importante, a eso que sobrenada las urgencias y que constituye la trabazón de toda gran obra social. Y en ese orden de importancia me quiero referir en concreto a tres asuntos capitales: divulgar la idea europea, poner en marcha de forma eficiente una política exterior y de seguridad acorde con la pretensión integradora que quedó trazada en el Tratado de Masstrich, y  abordar, con decisión y acierto, la reforma de la Política Agraria Común (PAC), una de sus políticas más genuinamente europeas, y hacerlo a la luz de la nueva situación del campo, de las exigencias medioambientales y de la presión de terceros países.

En primer lugar, divulgar la idea europea resulta imperativo para aumentar de forma sustancial el sentimiento europeísta de sus gentes, condición indispensable para que Europa no sea solo un asunto político o burocrático, sino una pulsión ciudadana y vital; y para ello resulta muy oportuna la reflexión sobre sus orígenes y la divulgación de las ideas que le dieron nacimiento. En los momentos de crisis o parálisis de cualquier empresa humana es siempre bueno volver a las fuentes, ahondar en el espíritu fundacional y sacar de él las energías necesarias para seguir adelante. Divulgar las obras y el pensamiento de los grandes impulsores de la Unión europea como Konrad Adenauer, Jean Monnet, Alcide de Gasperi, Paul-Henry Spaak, Robert Schuman y otros muchos, debería constituir preocupación cultural de los gobernantes europeos. Y navegar por el pensamiento europeísta de ilustres precursores, como el estadista francés Aristide Briand o el pensador español Ortega y Gasset, que avanzaron la idea de los Estados Unidos de Europa, que Churchill repetiría al terminar la Segunda Guerra Mundial en su famoso discurso de la Universidad de Zurich, debería constituir objeto de esa pedagogía social que todo gran proyecto político necesita.

En segundo lugar, es urgente que Europa cuente cuanto antes con una auténtica política exterior unitaria. Sus fracasos diplomáticos en todas las grandes crisis internacionales que han tenido lugar en los últimos años pone de manifiesto hasta qué punto es ésta es una necesidad imperiosa. Sin dejar de reconocer que se están empezando a poner en marcha mecanismos enfocados al logro de esa pretensión, y sin minusvalorar los esfuerzos personales de Catherine Ashton, la alta representante de la UE para dicha política, en ese sentido, es necesario denunciar la tibieza generalizada con que se aborda ese desafío y los intereses contrapuestos de ciertos Estados miembros que no solo no facilitan, sino que obstaculizan abiertamente esa pretensión.

Y por último, la reforma de la PAC. Nos encontramos al comienzo de un año decisivo en la negociación de la política más genuinamente europea, la política agraria. Las PAC se enfrenta también a un triple desafío: por una parte, la entrada en vigor del Tratado de Lisboa ha dado lugar a un nuevo marco institucional en el que el Parlamento Europeo adquiere poderes de codecisión, y al que hay que atenerse en todo el proceso negociador; en segundo lugar, la nueva definición de la estructura presupuestaria, inevitablemente influida por la crisis que se atraviesa, obliga a un esfuerzo añadido para que la política agraria no pierda fuerza en el conjunto de las políticas europeas;  y en tercer lugar, los objetivos de la estrategia Europa 2020, destinada a favorecer el crecimiento económico, obligan igualmente a una decisiva acción a favor del incremento de todos los factores de productividad,

Además  de estos retos institucionales, ante la negociación de la PAC se superpone otro todavía más acuciante y que tiene que ver con la situación real de los agricultores. La crisis económica ha hecho estragos en el sector agrario, los precios han alcanzado grados de volatilidad desconcertantes, y la renta agrícola está bajando de manera inexorable. Además, en un escenario en el que los agricultores, a pesar de los logros conseguidos en los últimos tiempos en materia de gases de efecto invernadero, se ven agobiados por el cumplimiento de nuevos retos medioambientales y climáticos. Y todo ello, como afirmaba al principio, en medio de la zozobra por la estabilidad del euro y la ausencia de verdaderos liderazgos políticos europeos.

Ante este panorama, urge dedicar a estas cuestiones toda la atención política que su enorme envergadura reclama, y, abandonando los viejos localismos, abordar con vigor el desafío que todo lo europeo plantea en estos momentos.

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