Europa, ¡adelante!

Una de los pocos frutos positivos que está deparando la aguda crisis económica y política que vive Europa es la extensión de la evidencia acerca de la necesidad de progresar en la construcción europea. La dureza de la situación está forzando a un reconocimiento que se ha venido eludiendo en toda su dimensión en los tiempos de bonaza. Merkel y Sarkozy, y tras ellos la mayoría de los líderes del resto de las naciones europeas, están poniendo de manifiesto en repetidas ocasiones que la coyuntura económica exige acelerar la convergencia europea, pudiendo representar esta actitud un claro punto de inflexión en la laxitud con que desde hace tiempo se están abordando la profundización de la unión política del continente

Europa viene arrastrando una crisis política desde hace más de diez años. El fracaso del proyecto de Constitución del año 2005, con el voto negativo de los referéndums francés y holandés, lo pusieron ya claramente de manifiesto; y las consiguientes tendencias de ciertos países a replegarse sobre sus propios Estados han debilitado el espíritu de unión política nacido del Tratado de Maastricht, sin que los acuerdos posteriores, más voluntaristas que acertados y con una cierta capa cosmética, hayan conseguido superar la situación.

Ha tenido que ser la crisis, el dinero, lo que diera el aldabonazo, no se sabe todavía muy bien si en las conciencias ciudadanas o en los bolsillos europeos, pero, sin lugar a dudas, marcando un punto de no retorno en el devenir de los asuntos comunitarios, y  poniendo, a pesar de todo, una nota de esperanza en la deriva de la construcción europea.

Pero para superar realmente esta deriva, y no solamente la coyuntura de la crisis, no basta con resolver los problemas económicos, por acuciantes y angustiosos que sean, sino también, y muy fundamentalmente, es preciso modificar en profundidad las actitudes políticas, de forma que los partidos europeístas, los que realmente creen en la bondad del objetivo dela Unión Europea, contribuyan a formar la conciencia europea y hacer de lo europeo algo cotidiano en la preocupación y el interés de las gentes.

Porque, como he dicho en otras ocasiones, para que Europa sea una realidad tienen que quererla los ciudadanos, y para llegar a ello es preciso que se hable de Europa, que se discutan sus asuntos, que se analicen sus problemas, que se vea entre todos la forma de eliminar los inconvenientes y aumentar las ventajas de su pertenencia a ella; en definitiva, que se haga de lo europeo asunto doméstico y se incardine en el elenco de preocupaciones cotidianas. Esto no es algo que se pueda conseguir de la noche a la mañana, ciertamente, pero es algo que no se conseguirá nunca si no se dan los pasos en la dirección adecuada. Éste es un momento indicado para empezar a darlos con suficiente brío, e intentar abordar  lo que hace tiempo debería haberse desarrollado

Europa necesita también un sincero ejercicio de legitimidad democrática que ponga fin a la vieja costumbre de tomar decisiones a escondidas de los ciudadanos, que acabe con esa opacidad y lejanía que termina por ir en contra  del verdadero espíritu  fundacional. Europa necesita igualmente un sentido proyectivo de su acción exterior. Ni la globalización concebida como una americanización del mundo, ni la tentación de acostarse sobre lechos culturales de países emergentes, ni menos aún el afán de reverdecer nacionalismos de épocas pasadas son soluciones para Europa.

 La defensa de los grandes valores de la persona que han ido cristalizando en la civilización occidental y de una convivencia más humana no pueden quedar solo como elementos retóricos para los grandes discursos, sino como líneas de fuerzas generadoras de un impulso de cambio social y económico, de una verdadera transformación de las estructuras actuales, cuya necesidad se pregona desde muchos ángulos pero para cuya efectividad se dan menos pasos de los necesarios. Y a la que tal vez ahora la dureza de la crisis imponga por la fuerza de los mercados lo que la lucidez política no ha conseguido hasta el momento.

Y en este sentido, al postura del Primer Ministro británico, Cameron, en la cumbre de meses pasados, por lamentable que pueda parecer, al demostrar con claridad que prefiere anteponer los intereses nacionales a los europeos, resulta clarificadora y no debe desanimar  a construir sin él lo que él no desea construir.

Cameron no es ahora el líder  de la Gran Bretaña victoriana que dominó el mundo, capaz de defender por sí sola sus intereses en todo el globo. En la medida en que esa ensoñación insular pueda pervivir en las conciencias conservadoras británicas tanto pero para ellos, pero esa actitud no debe condicionar la marcha de los restantes países europeos hacia esa unión política que es el gran proyecto supranacional del siglo XXI

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