Archive for 16 abril 2012

La Política Agraria Común (PAC)

abril 16, 2012

Ante las ruinas humeantes todavía de la Segunda Guerra Mundial, y con el recuerdo del papel que las tensiones agrarias de la década de 1920 tuvieron en la Gran Depresión, un conjunto de líderes europeos, de tendencia mayoritariamente democratacristiana, alumbró, dentro del anhelo de una futura Unión Europea, la idea de una política agraria común que superase la postración alimenticia en que habían quedado los europeos tras la guerra y lo hiciera a precios razonables y asequibles

Para superar la fuerte oposición de las fuerzas industriales y agrarias alemanas, que veían un enorme peligro para sus intereses, no solo fue necesario el establecimiento de un amplio conjunto de compensaciones, sino toda la determinación europeísta de Adenauer y la Unión Demócrata Cristiana (CDU)

Bien mirado, no tiene nada de sorprendente este fuerte impulso democristiano. No solo la concepción de la Unión Europea es hija de esta ideología centrista, sino también la evocación de lo agrario tiene mucho que ver con las iglesias cristianas. Sabida es la estrecha relación de muchos movimientos agrarios de finales del siglo XIX y principios del XX con la Iglesia Católica. Para ellos, era indudable la superioridad ética que tenía la explotación familiar agraria frente a otras formas de producción, y concretamente frente a la producción industrial. También la Doctrina Social de la Iglesia, desde la encíclica Rerum Novarum había mostrado ya su recelo por las injusticias producidas por el industrialismo. Y más de medio siglo después, Pío XII alababa al trabajador del campo como el representante del orden natural querido por Dios. También el mundo anglosajón protestante participaba de esa idea de la superioridad moral agraria frente a otras formas de producción.

Con este bagaje, desmontadas las políticas agrarias nacionales de los seis países firmantes del Tratado de Roma, se especificó la PAC en la conferencia de Stresa en 1958, y apareció formalmente en junio de 1960. Sin embargo, los Estados miembros no quedaron obligados a poner en práctica una política agraria común hasta el final de un período transitorio de 12 años, y fue solamente a lo largo de la década siguiente cuando la actual estructura de la PAC tomó forma, buscando, entre otras cosas, que los ingresos agrarios fueran iguales a los de otros sectores.

Los objetivos de esa política agraria se consiguieron más deprisa de lo esperado. De ahí que la historia de la PAC haya sido por muchos considerada como la historia de un éxito. Pero precisamente en ese éxito, en la consecución tan pronto de excedentes agrarios, han radicado sus mayores problemas y la razón de ser de todas las reformas que hasta este momento se han producido, y se van a producir.

Fruto de esa política, la agricultura europea había cambiado radicalmente hacia la década de 1970. A partir de entonces, y como consecuencia también de nuevas sensibilidades emergentes, comenzó a experimentar una serie de cambios, acentuados con la aparición de la Agenda 2000, la nueva inquietud medioambiental y la preocupación por el desarrollo rural

En estos momentos, en el horizonte de las próximas negociaciones financieras, dos asuntos capitales sobresalen en el ámbito de la futura reforma de la PAC. En primer lugar, la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, con los nuevos poderes asumidos por el Parlamento Europeo, determina el marco institucional de la codecisión, abriendo por completo una nueva forma de negociación. Y, en segundo lugar, la Estrategia Europa 2020, obliga a un necesario replanteamiento de la política agrícola común no solo para garantizar las rentas del campo, sino también para favorecer el crecimiento económico de la Unión en la próxima década, y todo ello en el marco del cuestionamiento de fondo que desde instancias liberales se viene haciendo a su propia concepción.

A pesar de las críticas que la PAC recibe por parte de quienes abogan por la completa liberalización del comercio agrario europeo, la asunción de la caída de los precios, el descenso de la actividad agraria, y el transvase de recursos  desde el campo a otros sectores más productivos que no requieren protección, considero que la PAC sigue siendo necesaria, y que el enorme proceso redistributivo que comporta lo es en beneficio de la supervivencia de un sector, el agrario, que sigue siendo fundamental para el desarrollo de la sociedad moderna, y que, además, en algunas zonas europeas se enfrenta ahora a los nuevos y angustiosos retos que plantea el cambio climático

Vertebración del territorio aragonés

abril 15, 2012

Cuando se comparan los datos referentes a la facturación agraria y la producción agroindustrial, así como su participación en el Producto Interior Bruto y en el Valor Añadido de Aragón con el resto de España, se llega a la lamentable conclusión de que, demostrando el campo aragonés una potencia productiva superior a la media nacional, su agroindustria se encuentra claramente por debajo.

Una conclusión similar arroja la comparación de Aragón con algunas de las Comunidades Autónomas limítrofes. Así, tomando como referencia unitaria la proporción que en Aragón existe entre producción agroindustrial y producción agraria, puede observarse que esta relación es tres veces mayor en Navarra y cinco en Cataluña

Y si nos atenemos a la proporción de superficie dedicada al regadío, que, como es sabido, además de la bondad inherente a los productos que produce, constituye la mejor materia prima para una agroindustria de calidad con productos de alto valor añadido, observamos que tantoLa Rioja, como Cataluña tienen proporciones superiores, y, mucho más aún, Comunidades como Murcia o Valencia, para las que esa proporción arroja valores un cuarenta y ochenta por ciento mayores respectivamente.

Este cuadro, que podría ampliarse con consideraciones similares desde ángulos distintos, pone de manifiesto, a mi juicio, el amplio recorrido de mejora que la agroindustria tiene en Aragón y la importancia de que sobre ella se concentre la atención política y social. Porque la agroindustria no es solo un factor económico de primera magnitud, lo cual ya justificaría por sí solo cualquier esfuerzo, sino que, además, es un elemento de fijación de población y vertebración del territorio, cuestiones ambas vitales para Aragón y que constituyen una de sus grandes deficiencias históricas.

Teniendo en cuenta además que la preocupación por la agroindustria, dada su estrecha relación con el regadío, termina por desembocar en la desazón por el agua, y por la sequía que con tanta frecuencia azota a Aragón, y de una manera particularmente dramática en estos momentos, pude afirmarse que el desafío que ella supone para esta Comunidad engloba la trilogía de desafíos que constituyen la más apremiante reivindicación de Aragón en estos momentos: las obras del Pacto del Agua, la vertebración territorial, y el desarrollo rural.

Por todo lo anterior, un plan estratégico para desarrollar la agroindustria en Aragón puede, en primer lugar, encauzar y potenciar la exigencia de conclusión de esas obras de regulación en virtud de las cuales nuestra Comunidad vería incrementada en más de mil cien hectómetros cúbicos su capacidad de embalse, con la garantía de cultivo que ello supondría; en segundo lugar, puede ser un magnífico aglutinante para la proyección exterior de las denominaciones de origen y marcas de calidad de nuestros productos; y por último, sin duda alguna, representaría una forma elocuente de expresión de la “marca Aragón” que, integrada en la “marca España”, podría dar la vuelta al mundo predicando la bondad de nuestra gastronomía y el potencial de nuestro territorio.

Si a eso unimos la amplitud de nuestros paisajes y la sobrecogedora belleza de nuestros espacios naturales protegidos podemos afirmar que todo este potencial de atractivo económico, que está pidiendo una acción concertada y decidida para ponerle en valor, puede verse engrandecido por esa oferta turística que la valorización ecológica de dichos espacios puede proporcionar. Con el Parque Natural de Ordesa y Monte Perdido como segundo lugar de Aragón más visitado, después de El Pilar; los parques naturales de Moncayo, Guara, Posets Maladeta, y Valles; las reservas naturales de los Galachos y Sotos, Chipriana y Gallocanta; los paisajes protegidos de San Juan dela Peñay Monte Oroel, Pinares de Rodeno, y Foces de Fago y Biniés; y los doce monumentos nacionales se puede configurar una interesante oferta turística que, junto con el atractivo económico de la gran potencialidad de la agroindustria, ponga en valor el territorio aragonés.

Como es sabido, la clave de toda acción estratégica en cualquier combate consiste en apoyarse en los puntos fuertes propios para incidir desde ellos en los puntos débiles del adversario. En este combate que Aragón tiene que librar contra el desempleo como primera urgencia social, el territorio, uno de los auténticos puntos fuertes de Aragón, y una indiscutible ventaja comparativa frente a otras Comunidades Autónomas, puede servir de base sólida para lanzar desde él, en un inteligente aprovechamiento simultáneo, la agroindustria y la inquietud medioambiental, en una acción política decidida que, al tiempo que cree riqueza, fije población y vertebre el territorio

La pulsión europea

abril 14, 2012

Europa necesita con urgencia hacer frente a la crisis económica, apuntalar la solidez del euro y avanzar en la creación de un auténtico gobierno económico, superador de los nacionalismos de Estado. Pero además de lo urgente, precisa también dedicarse a lo importante, a eso que sobrenada las urgencias y que constituye la trabazón de toda gran obra social. Y en ese orden de importancia me quiero referir en concreto a tres asuntos capitales: divulgar la idea europea, poner en marcha de forma eficiente una política exterior y de seguridad acorde con la pretensión integradora que quedó trazada en el Tratado de Masstrich, y  abordar, con decisión y acierto, la reforma de la Política Agraria Común (PAC), una de sus políticas más genuinamente europeas, y hacerlo a la luz de la nueva situación del campo, de las exigencias medioambientales y de la presión de terceros países.

En primer lugar, divulgar la idea europea resulta imperativo para aumentar de forma sustancial el sentimiento europeísta de sus gentes, condición indispensable para que Europa no sea solo un asunto político o burocrático, sino una pulsión ciudadana y vital; y para ello resulta muy oportuna la reflexión sobre sus orígenes y la divulgación de las ideas que le dieron nacimiento. En los momentos de crisis o parálisis de cualquier empresa humana es siempre bueno volver a las fuentes, ahondar en el espíritu fundacional y sacar de él las energías necesarias para seguir adelante. Divulgar las obras y el pensamiento de los grandes impulsores de la Unión europea como Konrad Adenauer, Jean Monnet, Alcide de Gasperi, Paul-Henry Spaak, Robert Schuman y otros muchos, debería constituir preocupación cultural de los gobernantes europeos. Y navegar por el pensamiento europeísta de ilustres precursores, como el estadista francés Aristide Briand o el pensador español Ortega y Gasset, que avanzaron la idea de los Estados Unidos de Europa, que Churchill repetiría al terminar la Segunda Guerra Mundial en su famoso discurso de la Universidad de Zurich, debería constituir objeto de esa pedagogía social que todo gran proyecto político necesita.

En segundo lugar, es urgente que Europa cuente cuanto antes con una auténtica política exterior unitaria. Sus fracasos diplomáticos en todas las grandes crisis internacionales que han tenido lugar en los últimos años pone de manifiesto hasta qué punto es ésta es una necesidad imperiosa. Sin dejar de reconocer que se están empezando a poner en marcha mecanismos enfocados al logro de esa pretensión, y sin minusvalorar los esfuerzos personales de Catherine Ashton, la alta representante de la UE para dicha política, en ese sentido, es necesario denunciar la tibieza generalizada con que se aborda ese desafío y los intereses contrapuestos de ciertos Estados miembros que no solo no facilitan, sino que obstaculizan abiertamente esa pretensión.

Y por último, la reforma de la PAC. Nos encontramos al comienzo de un año decisivo en la negociación de la política más genuinamente europea, la política agraria. Las PAC se enfrenta también a un triple desafío: por una parte, la entrada en vigor del Tratado de Lisboa ha dado lugar a un nuevo marco institucional en el que el Parlamento Europeo adquiere poderes de codecisión, y al que hay que atenerse en todo el proceso negociador; en segundo lugar, la nueva definición de la estructura presupuestaria, inevitablemente influida por la crisis que se atraviesa, obliga a un esfuerzo añadido para que la política agraria no pierda fuerza en el conjunto de las políticas europeas;  y en tercer lugar, los objetivos de la estrategia Europa 2020, destinada a favorecer el crecimiento económico, obligan igualmente a una decisiva acción a favor del incremento de todos los factores de productividad,

Además  de estos retos institucionales, ante la negociación de la PAC se superpone otro todavía más acuciante y que tiene que ver con la situación real de los agricultores. La crisis económica ha hecho estragos en el sector agrario, los precios han alcanzado grados de volatilidad desconcertantes, y la renta agrícola está bajando de manera inexorable. Además, en un escenario en el que los agricultores, a pesar de los logros conseguidos en los últimos tiempos en materia de gases de efecto invernadero, se ven agobiados por el cumplimiento de nuevos retos medioambientales y climáticos. Y todo ello, como afirmaba al principio, en medio de la zozobra por la estabilidad del euro y la ausencia de verdaderos liderazgos políticos europeos.

Ante este panorama, urge dedicar a estas cuestiones toda la atención política que su enorme envergadura reclama, y, abandonando los viejos localismos, abordar con vigor el desafío que todo lo europeo plantea en estos momentos.

Europa, ¡adelante!

abril 13, 2012

Una de los pocos frutos positivos que está deparando la aguda crisis económica y política que vive Europa es la extensión de la evidencia acerca de la necesidad de progresar en la construcción europea. La dureza de la situación está forzando a un reconocimiento que se ha venido eludiendo en toda su dimensión en los tiempos de bonaza. Merkel y Sarkozy, y tras ellos la mayoría de los líderes del resto de las naciones europeas, están poniendo de manifiesto en repetidas ocasiones que la coyuntura económica exige acelerar la convergencia europea, pudiendo representar esta actitud un claro punto de inflexión en la laxitud con que desde hace tiempo se están abordando la profundización de la unión política del continente

Europa viene arrastrando una crisis política desde hace más de diez años. El fracaso del proyecto de Constitución del año 2005, con el voto negativo de los referéndums francés y holandés, lo pusieron ya claramente de manifiesto; y las consiguientes tendencias de ciertos países a replegarse sobre sus propios Estados han debilitado el espíritu de unión política nacido del Tratado de Maastricht, sin que los acuerdos posteriores, más voluntaristas que acertados y con una cierta capa cosmética, hayan conseguido superar la situación.

Ha tenido que ser la crisis, el dinero, lo que diera el aldabonazo, no se sabe todavía muy bien si en las conciencias ciudadanas o en los bolsillos europeos, pero, sin lugar a dudas, marcando un punto de no retorno en el devenir de los asuntos comunitarios, y  poniendo, a pesar de todo, una nota de esperanza en la deriva de la construcción europea.

Pero para superar realmente esta deriva, y no solamente la coyuntura de la crisis, no basta con resolver los problemas económicos, por acuciantes y angustiosos que sean, sino también, y muy fundamentalmente, es preciso modificar en profundidad las actitudes políticas, de forma que los partidos europeístas, los que realmente creen en la bondad del objetivo dela Unión Europea, contribuyan a formar la conciencia europea y hacer de lo europeo algo cotidiano en la preocupación y el interés de las gentes.

Porque, como he dicho en otras ocasiones, para que Europa sea una realidad tienen que quererla los ciudadanos, y para llegar a ello es preciso que se hable de Europa, que se discutan sus asuntos, que se analicen sus problemas, que se vea entre todos la forma de eliminar los inconvenientes y aumentar las ventajas de su pertenencia a ella; en definitiva, que se haga de lo europeo asunto doméstico y se incardine en el elenco de preocupaciones cotidianas. Esto no es algo que se pueda conseguir de la noche a la mañana, ciertamente, pero es algo que no se conseguirá nunca si no se dan los pasos en la dirección adecuada. Éste es un momento indicado para empezar a darlos con suficiente brío, e intentar abordar  lo que hace tiempo debería haberse desarrollado

Europa necesita también un sincero ejercicio de legitimidad democrática que ponga fin a la vieja costumbre de tomar decisiones a escondidas de los ciudadanos, que acabe con esa opacidad y lejanía que termina por ir en contra  del verdadero espíritu  fundacional. Europa necesita igualmente un sentido proyectivo de su acción exterior. Ni la globalización concebida como una americanización del mundo, ni la tentación de acostarse sobre lechos culturales de países emergentes, ni menos aún el afán de reverdecer nacionalismos de épocas pasadas son soluciones para Europa.

 La defensa de los grandes valores de la persona que han ido cristalizando en la civilización occidental y de una convivencia más humana no pueden quedar solo como elementos retóricos para los grandes discursos, sino como líneas de fuerzas generadoras de un impulso de cambio social y económico, de una verdadera transformación de las estructuras actuales, cuya necesidad se pregona desde muchos ángulos pero para cuya efectividad se dan menos pasos de los necesarios. Y a la que tal vez ahora la dureza de la crisis imponga por la fuerza de los mercados lo que la lucidez política no ha conseguido hasta el momento.

Y en este sentido, al postura del Primer Ministro británico, Cameron, en la cumbre de meses pasados, por lamentable que pueda parecer, al demostrar con claridad que prefiere anteponer los intereses nacionales a los europeos, resulta clarificadora y no debe desanimar  a construir sin él lo que él no desea construir.

Cameron no es ahora el líder  de la Gran Bretaña victoriana que dominó el mundo, capaz de defender por sí sola sus intereses en todo el globo. En la medida en que esa ensoñación insular pueda pervivir en las conciencias conservadoras británicas tanto pero para ellos, pero esa actitud no debe condicionar la marcha de los restantes países europeos hacia esa unión política que es el gran proyecto supranacional del siglo XXI