Regeneracionismo europeo

Los últimos meses de la historia política europea, con las permanentes reuniones de líderes al reclamo de Francia y Alemania, y el omnipresente protagonismo de Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, ejerciendo de hecho como cogobernantes de la Unión Europea, con la asombrosa anuencia del resto de jefes de Estado y de Gobierno, dibuja, a mi juicio, el perfil más nítido de una de las mayores carencias que tiene el actual proceso de construcción europea y, por lo tanto, una de los problemas que más urge resolver, y que apunta a la necesidad de un auténtico Gobierno europeo.
Europa no es sólo Alemania y Francia, por más que en estos momentos, de forma coyuntural, estén esos países económicamente mejor que otros de la zona. El eje franco alemán de la época de Adenauer y De Gaulle fue útil para los comienzos de la Unión, pero Europa no necesita ahora ejes, sino decisión colectiva. Además, los actuales líderes de Alemania y Francia distan mucho de poseer la estatura política de aquellos otros.
La Unión Europea necesita líderes que sean capaces de superar las limitaciones que los viejos nacionalismos de Estado arrastran y participen sin reservas de su espíritu fundacional, aquel que supo ver con lucidez un nuevo horizonte de futuro, y, sobrevolando las viejas fronteras del pensamiento político de la época, acertó a concebir con realismo pero con audacia al mismo tiempo un espacio común para una vida nueva y superior.
Europa necesita, además de soluciones económicas, avances políticos y morales. Se precisa una política de migración común, sin la cual queda en papel mojado el acuerdo de Schengen. Requiere una política de defensa y exterior realmente única, ante cuya ausencia toda la capacidad militar europea queda baldía; y no hay que olvidar que la Unión Europea es la segunda potencia en gasto militar, tras EE.UU. Y se precisan soluciones morales, en el sentido más profundo de la palabra moral, es decir, aquel que evoca los proyectos vitales, los que dan sentido a la vida.
La economía es algo básico y muy determinante, pero no agota, en absoluto, la dimensión de la persona ni de la sociedad. La crisis europea es enorme, y la solución a la angustiosa situación de desempleo y ausencia de crecimiento económico apremia desde todos los ángulos. Pero hace falta algo más, o, mejor dicho, mucho más. Hace falta saber qué quiere Europa, hacia dónde va Europa, cuál debe ser su papel en este mundo de principios del siglo XXI, y cuál será su misión en el necesario rescate de valores para la Humanidad.
Hay un dato revelador sobre el que conviene reflexionar por lo que tiene de expresión del espíritu solidario: Europa proporciona la mitad de la asistencia exterior mundial en comparación con el 20% norteamericano. Europa históricamente ha sido dispensadora de valores y civilización, muchas veces, por desgracia, asociada a conductas reprobables y en sistemas de colonización, hoy afortunadamente superados. Pero esa inercia y tradición de gestación de valores, y la solidaridad que conlleva, constituyen, sin ningún género de dudas, algo que no debe perderse, sino actualizarse al momento presente, para contribuir con fuerza a la gestación de una amplia corriente de regeneracionismo europeo.
Decía Kennedy, refiriéndose a la “nueva frontera” que quería para los Estados Unidos: “Hoy América, más que poderío industrial o poderío económico, necesita poderío mental”
Algo parecido podría predicarse hoy de Europa: necesita poderío mental que zarandee las conciencias para llegar a esa regeneración moral, sin adjetivos, que abra, en este siglo XXI, la vida europea, en todas sus dimensiones, hacia parajes de fecundidad creadora. No anida en estas palabras el deseo de volver lo más mínimo al pasado, entre otras razones, porque esa pretensión es siempre un sueño imposible, y, además, no todo el pasado europeo es digno de ser revivido, sino el afán de animar un vigoroso movimiento regeneracionista que actualice potencialidades dormidas antes de que se ahoguen del todo en la marea de una falsa modernidad que, pregonando con orgullo la muerte de los dioses, adora con pasión inconsciente a uno muy concreto de ellos, y en cuyo altar parce estar dispuesta a sacrificar su propia esencia
Europa pude llegar a ser un nuevo hervidero de valores superiores; no tiene por qué estar sometida al imperio de la barbarie que algunos consideran que anida ya en su interior, ni practicar la reverencia idolátrica hacia falsos valores que, en el fondo no encubren más que la ausencia de los verdaderos.
Si los líderes europeos en lugar de tratar de defender un insostenible statu quo se dedicasen a reinventar los grandes proyectos de integración que han ido conformando la UE actual, y a rescatar los valores sobre los que fueron concebidos, podría abrirse un camino esperanza cierta. Pero para eso hay que superar los complejos nacionales y buscar soluciones europeas, genuinamente europeas, no solo trasnacionales, y no exclusivamente en el ámbito económico, sino en todas las dimensiones de la persona y de la sociedad
La crisis está deparando muchas experiencias malas para Europa, pero, al menos está teniendo la virtud de obligarla a encarar sus verdaderos problemas, su actual deterioro moral, y obligarla a salir de su contemplación ensimismada. ¡Ojalá sirva para despertar conciencias, que es el despertar que obliga siempre a otros despertares!

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