INNOVACIÓN

Hace un año aproximadamente, la Comisión Europea declaraba que, tras haber atravesado la peor crisis económica desde los años treinta del pasado siglo, la única forma para conseguir la restauración de los puestos de trabajo destruidos y lograr prosperidad consiste en mejorar la innovación en todos los aspectos, desarrollando nuevos productos y servicios.
Esta solemne afirmación, aceptada ya de forma general, constituye una de las bases del actual pensamiento económico, y obliga a utilizar adecuadamente el potencial científico y tecnológico de cualquier Comunidad o país para la generación de innovaciones, de forma que su ausencia lastra indefectiblemente las posibilidades de crecimiento sostenido y de creación de empleo de calidad.
Pero la innovación es un concepto muy amplio, difícil de precisar y, a pesar de las numerosas definiciones que sobre él se dan, y de las convenciones que para su fijación se han establecido, su carácter elusivo hace que se sobreponga siempre a cualquier esquematización.
Además, la innovación, en esta acepción económica, no solo afecta a los elementos tecnológicos o productivos, sino también al mundo de la organización y de las estrategias, enriqueciendo con ello el campo de contemplación y estudio científico de la misma.
Sabido es que a la innovación, en el mundo económico, no se llega solo incrementando el esfuerzo en investigación, sino también a través de un variado conjunto de acciones a las que no son ajenas la mejora de los recursos humanos, la reorganización de los sistemas de gestión, o los planteamientos de mercado, por citar solo algunas.
Pero ahondando en el carácter elusivo del vocablo, puede afirmarse también que la innovación, como realidad sometida a un conjunto de circunstancias de todo tipo, de imposible control gran parte de ellas, no surge como consecuencia directa y forzosa de causas firmemente establecidas para su logro, sino como la resultante, en parte aleatoria, de procesos complejos y difíciles de establecer, creando con ello no solo la zozobra intelectual, sino también la dificultad medidora de su realidad.
Desde el punto de vista económico, toda la filosofía subyacente de la innovación descansa en las doctrinas de Darwin, para quien solo sobreviven los organismos que son capaces de adaptarse al medio, es decir, los que son capaces de mutar en función del futuro.
Esta capacidad de hacer presente el futuro es uno de los rasgos más definitorios de la innovación, lo que obliga necesariamente a hacerla descansar sobre el mismo conocimiento del devenir, bien sea por vía directa o por el más sutil medio de la intuición. Y para ello hace falta, como para el abordaje de cualquier situación nueva, un nuevo conocimiento, un conocimiento superador de lo conocido y abierto a la novedad de lo no existente. De ahí que la investigación constituye uno de los pilares fundamentales de la innovación, aunque no, ciertamente, el único.
Existe todavía un ángulo de contemplación de la innovación particularmente interesante, llamado por algunos la “innovación disruptiva”, que evoca con claridad lo que de ruptura tiene con situaciones precedentes. Esta innovación disruptiva es, en el fondo y llevado el concepto al extremo, el motor de todas las revoluciones que en el mundo han sido.
Pero la potencia del vocablo innovación no se agota en el mundo económico o productivo, sino que invade también otros mundos más sutiles, como es el del pensamiento, el de las ideas, y el del basamento de todo lo anterior, el de las creencias.
Llevado por una filosofía pragmatista de la vida que pretende descubrir la esencia de la verdad en lo práctico, gran parte del mundo occidental viene, desde mucho tiempo atrás, supeditando la teoría a la utilidad, de forma que el pensamiento queda reducido a la operación de buscar buenos medios para los fines, sin preocuparse debidamente de éstos. Ese pensar utilitario puede conducir muy deprisa a ningún sitio, y la situación actual da muchos motivos para pensar en ello. Porque la crisis que padecemos no es solo una crisis financiera o de modelo productivo, sino, y muy fundamentalmente, una crisis de valores, de creencias, en el sentido más profundo de esas palabras, aquel evoca su condición de sustento último de la personalidad, de marco orientador para saber a qué atenerse en la vida.
Y es en esta necesidad de encontrar nuevos valores, nuevos cuadros de referencia vital, y no solo económica, donde la palabra innovación, con toda la carga de incertidumbre y desafío humanos que conlleva, puede adquirir una dimensión de importancia fundamental en la vida de la sociedad y de las personas.

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