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Regeneracionismo europeo

noviembre 13, 2011

Los últimos meses de la historia política europea, con las permanentes reuniones de líderes al reclamo de Francia y Alemania, y el omnipresente protagonismo de Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, ejerciendo de hecho como cogobernantes de la Unión Europea, con la asombrosa anuencia del resto de jefes de Estado y de Gobierno, dibuja, a mi juicio, el perfil más nítido de una de las mayores carencias que tiene el actual proceso de construcción europea y, por lo tanto, una de los problemas que más urge resolver, y que apunta a la necesidad de un auténtico Gobierno europeo.
Europa no es sólo Alemania y Francia, por más que en estos momentos, de forma coyuntural, estén esos países económicamente mejor que otros de la zona. El eje franco alemán de la época de Adenauer y De Gaulle fue útil para los comienzos de la Unión, pero Europa no necesita ahora ejes, sino decisión colectiva. Además, los actuales líderes de Alemania y Francia distan mucho de poseer la estatura política de aquellos otros.
La Unión Europea necesita líderes que sean capaces de superar las limitaciones que los viejos nacionalismos de Estado arrastran y participen sin reservas de su espíritu fundacional, aquel que supo ver con lucidez un nuevo horizonte de futuro, y, sobrevolando las viejas fronteras del pensamiento político de la época, acertó a concebir con realismo pero con audacia al mismo tiempo un espacio común para una vida nueva y superior.
Europa necesita, además de soluciones económicas, avances políticos y morales. Se precisa una política de migración común, sin la cual queda en papel mojado el acuerdo de Schengen. Requiere una política de defensa y exterior realmente única, ante cuya ausencia toda la capacidad militar europea queda baldía; y no hay que olvidar que la Unión Europea es la segunda potencia en gasto militar, tras EE.UU. Y se precisan soluciones morales, en el sentido más profundo de la palabra moral, es decir, aquel que evoca los proyectos vitales, los que dan sentido a la vida.
La economía es algo básico y muy determinante, pero no agota, en absoluto, la dimensión de la persona ni de la sociedad. La crisis europea es enorme, y la solución a la angustiosa situación de desempleo y ausencia de crecimiento económico apremia desde todos los ángulos. Pero hace falta algo más, o, mejor dicho, mucho más. Hace falta saber qué quiere Europa, hacia dónde va Europa, cuál debe ser su papel en este mundo de principios del siglo XXI, y cuál será su misión en el necesario rescate de valores para la Humanidad.
Hay un dato revelador sobre el que conviene reflexionar por lo que tiene de expresión del espíritu solidario: Europa proporciona la mitad de la asistencia exterior mundial en comparación con el 20% norteamericano. Europa históricamente ha sido dispensadora de valores y civilización, muchas veces, por desgracia, asociada a conductas reprobables y en sistemas de colonización, hoy afortunadamente superados. Pero esa inercia y tradición de gestación de valores, y la solidaridad que conlleva, constituyen, sin ningún género de dudas, algo que no debe perderse, sino actualizarse al momento presente, para contribuir con fuerza a la gestación de una amplia corriente de regeneracionismo europeo.
Decía Kennedy, refiriéndose a la “nueva frontera” que quería para los Estados Unidos: “Hoy América, más que poderío industrial o poderío económico, necesita poderío mental”
Algo parecido podría predicarse hoy de Europa: necesita poderío mental que zarandee las conciencias para llegar a esa regeneración moral, sin adjetivos, que abra, en este siglo XXI, la vida europea, en todas sus dimensiones, hacia parajes de fecundidad creadora. No anida en estas palabras el deseo de volver lo más mínimo al pasado, entre otras razones, porque esa pretensión es siempre un sueño imposible, y, además, no todo el pasado europeo es digno de ser revivido, sino el afán de animar un vigoroso movimiento regeneracionista que actualice potencialidades dormidas antes de que se ahoguen del todo en la marea de una falsa modernidad que, pregonando con orgullo la muerte de los dioses, adora con pasión inconsciente a uno muy concreto de ellos, y en cuyo altar parce estar dispuesta a sacrificar su propia esencia
Europa pude llegar a ser un nuevo hervidero de valores superiores; no tiene por qué estar sometida al imperio de la barbarie que algunos consideran que anida ya en su interior, ni practicar la reverencia idolátrica hacia falsos valores que, en el fondo no encubren más que la ausencia de los verdaderos.
Si los líderes europeos en lugar de tratar de defender un insostenible statu quo se dedicasen a reinventar los grandes proyectos de integración que han ido conformando la UE actual, y a rescatar los valores sobre los que fueron concebidos, podría abrirse un camino esperanza cierta. Pero para eso hay que superar los complejos nacionales y buscar soluciones europeas, genuinamente europeas, no solo trasnacionales, y no exclusivamente en el ámbito económico, sino en todas las dimensiones de la persona y de la sociedad
La crisis está deparando muchas experiencias malas para Europa, pero, al menos está teniendo la virtud de obligarla a encarar sus verdaderos problemas, su actual deterioro moral, y obligarla a salir de su contemplación ensimismada. ¡Ojalá sirva para despertar conciencias, que es el despertar que obliga siempre a otros despertares!

INNOVACIÓN

noviembre 2, 2011

Hace un año aproximadamente, la Comisión Europea declaraba que, tras haber atravesado la peor crisis económica desde los años treinta del pasado siglo, la única forma para conseguir la restauración de los puestos de trabajo destruidos y lograr prosperidad consiste en mejorar la innovación en todos los aspectos, desarrollando nuevos productos y servicios.
Esta solemne afirmación, aceptada ya de forma general, constituye una de las bases del actual pensamiento económico, y obliga a utilizar adecuadamente el potencial científico y tecnológico de cualquier Comunidad o país para la generación de innovaciones, de forma que su ausencia lastra indefectiblemente las posibilidades de crecimiento sostenido y de creación de empleo de calidad.
Pero la innovación es un concepto muy amplio, difícil de precisar y, a pesar de las numerosas definiciones que sobre él se dan, y de las convenciones que para su fijación se han establecido, su carácter elusivo hace que se sobreponga siempre a cualquier esquematización.
Además, la innovación, en esta acepción económica, no solo afecta a los elementos tecnológicos o productivos, sino también al mundo de la organización y de las estrategias, enriqueciendo con ello el campo de contemplación y estudio científico de la misma.
Sabido es que a la innovación, en el mundo económico, no se llega solo incrementando el esfuerzo en investigación, sino también a través de un variado conjunto de acciones a las que no son ajenas la mejora de los recursos humanos, la reorganización de los sistemas de gestión, o los planteamientos de mercado, por citar solo algunas.
Pero ahondando en el carácter elusivo del vocablo, puede afirmarse también que la innovación, como realidad sometida a un conjunto de circunstancias de todo tipo, de imposible control gran parte de ellas, no surge como consecuencia directa y forzosa de causas firmemente establecidas para su logro, sino como la resultante, en parte aleatoria, de procesos complejos y difíciles de establecer, creando con ello no solo la zozobra intelectual, sino también la dificultad medidora de su realidad.
Desde el punto de vista económico, toda la filosofía subyacente de la innovación descansa en las doctrinas de Darwin, para quien solo sobreviven los organismos que son capaces de adaptarse al medio, es decir, los que son capaces de mutar en función del futuro.
Esta capacidad de hacer presente el futuro es uno de los rasgos más definitorios de la innovación, lo que obliga necesariamente a hacerla descansar sobre el mismo conocimiento del devenir, bien sea por vía directa o por el más sutil medio de la intuición. Y para ello hace falta, como para el abordaje de cualquier situación nueva, un nuevo conocimiento, un conocimiento superador de lo conocido y abierto a la novedad de lo no existente. De ahí que la investigación constituye uno de los pilares fundamentales de la innovación, aunque no, ciertamente, el único.
Existe todavía un ángulo de contemplación de la innovación particularmente interesante, llamado por algunos la “innovación disruptiva”, que evoca con claridad lo que de ruptura tiene con situaciones precedentes. Esta innovación disruptiva es, en el fondo y llevado el concepto al extremo, el motor de todas las revoluciones que en el mundo han sido.
Pero la potencia del vocablo innovación no se agota en el mundo económico o productivo, sino que invade también otros mundos más sutiles, como es el del pensamiento, el de las ideas, y el del basamento de todo lo anterior, el de las creencias.
Llevado por una filosofía pragmatista de la vida que pretende descubrir la esencia de la verdad en lo práctico, gran parte del mundo occidental viene, desde mucho tiempo atrás, supeditando la teoría a la utilidad, de forma que el pensamiento queda reducido a la operación de buscar buenos medios para los fines, sin preocuparse debidamente de éstos. Ese pensar utilitario puede conducir muy deprisa a ningún sitio, y la situación actual da muchos motivos para pensar en ello. Porque la crisis que padecemos no es solo una crisis financiera o de modelo productivo, sino, y muy fundamentalmente, una crisis de valores, de creencias, en el sentido más profundo de esas palabras, aquel evoca su condición de sustento último de la personalidad, de marco orientador para saber a qué atenerse en la vida.
Y es en esta necesidad de encontrar nuevos valores, nuevos cuadros de referencia vital, y no solo económica, donde la palabra innovación, con toda la carga de incertidumbre y desafío humanos que conlleva, puede adquirir una dimensión de importancia fundamental en la vida de la sociedad y de las personas.