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El ave enjaulada

octubre 30, 2011

La paradójica situación histórica en que se encuentra Europa en estos momentos radica en que habiendo llegado sus países al más alto nivel de fecundidad en todos los órdenes, se encuentran sumidos en un profundo desasosiego que les hace mirar hacia fuera de Europa en busca de sentido.
Ni la globalización concebida como una americanización del mundo, ni la tentación de acostarse sobre lechos culturales de países emergentes, ni menos aún el afán de reverdecer nacionalismos de épocas pasadas puede solucionar a los europeos la grave crisis de identidad en la que se encuentran.
Y sin embargo, esta crisis de identidad, lejos de ser negativa, puede ser la ocasión de alborada de una nueva época de elevación en todos los órdenes, si se saben ver sus causas con claridad y obrar en consecuencia.
Los países europeos se encuentran atenazados por la contradicción que supone el hecho de que en el momento histórico en que han llegado a su nivel más alto de posibilidades en todos los órdenes, se encuentran más impedidos que nunca para realizarlas porque chocan con unas poderosas limitaciones que les paralizan.
Estas limitaciones son las fronteras políticas de los Estados respectivos. El problema radica en que la forma de vida pública en que han de moverse las capacidades europeas es incongruente con la dimensión de éstas. La actual impotencia que abruma a los países europeos en estos años de innegable vitalidad se debe a la desproporción entre el tamaño de sus potencialidades y el formato de la organización política en que tienen que desarrollarlas. Como una poderosa ave que, al haber crecido, sus alas topasen ya con los barrotes de su jaula, así la potencia europea en todos los órdenes se ve constreñida por los barrotes de sus propios Estados.
Y lo que pasa en el mundo económico, sucede por igual en las restantes dimensiones de la vida, y de una manera muy acusada en aquella que aporta el sustrato profundo a todas los demás: la dimensión intelectual
Todo buen intelectual en España, Francia, Alemania o Gran Bretaña se siente hoy ahogado en los límites de su nación, siente su nacionalidad como un encorsetamiento, percibe que ser británico, alemán, francés o español es una forma de ser provinciano, y trata de batir las alas de su pensamiento más allá de los barrotes del rincón que le ha visto nacer.
Todas estas ideas las vertía Ortega y Gasset hace más de setenta años, cuando Europa, desconcertada por la Primera Guerra Mundial, que había hecho trizas un conjunto de certidumbres que parecían inamovibles, se debatía en las angustias de la crisis económica de 1929 con un desasosiego en parte similar al actual.
La profunda crisis de identidad por la que atraviesa en estos momentos Europa, con voces que empiezan a cuestionar el propio futuro de la Unión Europea, debe hacer pensar, sin perjuicio de resolver con urgencia el presente, sobre estas reflexiones que vienen de muy atrás y proyectan su luz con fuerza hacia el futuro.
Es cierto que urge estabilizar la economía europea, recapitalizar sus bancos, reformar los poderes del Banco Central Europeo, llegar a la unión fiscal y dar más voz a los ciudadanos europeos, como se viene pregonando diariamente por la medios de comunicación de estos días. Todo esto es necesario, pero no basta con ello. Es preciso hacerlo en el contexto de un proyecto superior, y aprovechar estos momentos de crisis, que son, por propia definición de la palabra crisis, momentos de cambio, para propiciar el gran cambio de las mentalidades, que es el que precede siempre a todo cambio personal y social, y concebir sin complejos esa arquitectura unitaria europea que, bajo la forma jurídica que sea más adecuada, consiga la superación real de los actuales Estados que, en el fondo, están lastrando el vuelo europeo del siglo XXI
Por eso, es preciso que la Unión Europea siga adelante, derribe fronteras, disuelva prejuicios, alumbre horizontes y ofrezca a los europeos un ámbito en el que puedan desenvolverse con arreglo a sus formidables posibilidades. Como algunos destacados líderes han dicho en días pasados comentando la actual situación, “Europa no es el problema, sino la solución”