Ante la retirada de Steve Jobs

Preguntado en cierta ocasión un famoso torero acerca de cuál había sido su mejor faena, respondió: “La que está por hacer”. Algo parecido ha dicho el director general de Apple al comunicar su renuncia: “Creo que los días más brillantes de Apple están aún por llegar”
Ante el anuncio de retirada por razones de salud de Steve Paul Jobs la mayoría de los medios de comunicación resaltan que se produce el relevo ante la mirada atenta de los mercados. Y es natural, porque la preocupación económica de la decisión se centra en la época de turbulencias que algunos esperan que Apple pueda sufrir hasta que su sucesor, Tim Cook, demuestre que es capaz de mantener el ritmo de crecimiento que la empresa ha logrado en los últimos tiempos
Esta inquietud es completamente coherente con las expectativas que suscitan siempre los avatares internos de las empresas, y más comprensible todavía, como es el caso que se comenta, cuando se trata de la segunda compañía mundial por su valor en bolsa, y la empresa tecnológica más valiosa del planeta.
La marcha de Steve Paul Jobs no es la de un ejecutivo cualquiera de una compañía importante, sino el adiós, y por razones dramáticas, del hombre que más genuinamente representa el sueño americano, gestado, como es sabido, en un garaje. Es todo un símbolo andante de innovación, de carácter luchador y de modernidad, creada en gran parte por él mismo.
La transformación de la industria informática, la revolución que sus nuevos teléfonos móviles y tabletas han producido, el impulso al cine moderno que sus innovaciones han procurado, y la revolución de la industria musical, entre otros logros de su dinamismo empresarial, han hecho de la suya una carrera sin parangón que se inserta de lleno en la de los grandes visionarios, como Henry Ford o Walt Disney, que han transformado el estilo de vida de millones de personas, y han contribuido poderosamente a cambiar la sociedad en que vivieron. No en balde, muchos le consideran como el Thomas Edison del siglo XXI por su contribución al mundo de la tecnología de consumo y su poder transformador de la industria.
Escuelas de negocios y tesis doctorales consideran y estudian con detalle su personalidad, tratando de analizar la importancia de sus mensajes lanzados en los actos de presentación de sus productos, rebosando maestría en el manejo de las técnicas narrativas y teatrales, de probada eficacia en la conquista de los públicos
Pero este relevo en la dirección de Apple, y la misma razón por la que se produce, pueden suscitar, además, otras reflexiones que, sin dejar de estar conectadas con las primeras, abren, a mi juicio, horizontes de contemplación más profundos y, por lo tanto, humanamente más interesantes.
En un discurso de apertura de curso, en el año 2005, en la Universidad de Stanford, Jobs aconsejó a los alumnos que jamás se dejaran atrapar por los dogmas y que nunca desoyeran su voz interior. Al considerar esta recomendación, no puedo por menos de relacionarlo con ese budismo que, al parecer, es su religión, y que considera que la verdad, la auténtica naturaleza de la realidad, y la andadura de la vida, solo pueden ser experimentadas de manera directa a través de una rigurosa disciplina investigadora y una exigente práctica personal.
Al margen de los avatares bursátiles, de los movimientos de su sociedad por superar la situación, o de las estrategias de sus competidores para sacar partido de los acontecimientos, este mensaje de la Universidad de Stanford que, sin duda refleja el ejemplo indirecto de su propia trayectoria personal, tal vez inducido por esa religión no teísta de más de veinticinco siglos de antigüedad, constituye un motivo de profunda reflexión. Y la consideración de su importancia se agranda al añadir la petición, interpelante en grado sumo, que en esa misma conferencia añadía: “Vive cada día como si fuera el último”.
La figura de Jobs se relaciona, sin duda alguna, con ese paradigma de innovación que representa y con la potencia de esa sociedad que él fundó, salvó en un determinado momento, y elevó a la grandeza empresarial suprema. Pero, sin perjuicio de lo anterior, prefiero relacionarla con esa confesión que les hizo también a los alumnos de Stanford: “Recordar que todos moriremos es la mejor forma de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder”

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