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MAS EUROPA

agosto 12, 2011

Me parecen afortunadas las declaraciones que recientemente vienen realizando destacados políticos europeos en el sentido de pregonar que es preciso avanzar hacia un verdadero gobierno económico europeo.
Las turbulencias que está produciendo la actual crisis financiera, con reuniones en situaciones límite de los más altos dignatarios de los países miembros para buscar compromisos que desemboquen en soluciones de parcheo, a pesar de la falta de estética política que conllevan, ponen de manifiesto, aunque pueda parecer paradójico, la fortaleza europea, o mejor dicho, la fortaleza de la necesidad de construir realmente Europa.
La reunión de urgencia de la eurozona celebrada en Bruselas el pasado día 21, que tampoco ha tranquilizado a los mercados, ha constituido un hito más que pone de relieve la necesidad de tomar en serio el futuro de la Unión Europea, y para muchos resalta también la convicción de que frente a la crisis no hay otra solución que avanzar en la integración con paso más decidido del que actualmente se lleva
Por encima de los nacionalismos de Estado latentes o renacientes, es preciso reconstruir el sueño político europeo y superar esa situación fáctica de mancomunidad de Estados soberanos con un presupuesto que no excede del 1% de su PIB, para convertirse en una Europa integrada que asuma con humildad, pero con decisión al mismo tiempo, el lugar que le corresponde en este mundo multipolar de principios del siglo XXI.
Porque aunque el mundo ya no es eurocéntrico y viejas inercias somnolientas de grandeza colonial europea han pasado a la historia, es muy relevante el papel que puede, y debe, jugar Europa en el mundo actual. No hay que perder de vista que, a pesar de muchas otras debilidades, gracias a su moneda, al euro, Europa puede ser, junto con China y Estados Unidos, uno de los tres grandes actores de nuestro tiempo, asumiendo una función históricamente renovada y ajustada a la realidad del siglo XXI.
Pero para eso, es preciso escalar sin desmayo la alta cumbre de la integración política europea, superando prejuicios nacionalistas, abandonando localismos trasnochados, dejando de lado cegueras históricas, y abriéndose sin reservas al futuro de la forma en que fue diseñado con visión hace casi veinte años en la pequeña ciudad holandesa de Maastricht.
El Tratado que lleva el nombre de aquella ciudad, culminación de los esfuerzos de grandes líderes europeos, modificó los Tratados fundacionales, el de París, de 1951, el de Roma, de 1957, y el Acta Única Europea de 1986, marcando un hito en el proceso europeo de integración, sobrepasando el objetivo económico inicial de las Comunidades y adentrándose sin reservas en la senda de la unión política para el logro de la Europa de los ciudadanos
Es cierto que el desarrollo histórico depende de variadas circunstancias, la mayor parte de las cuales incontrolables y tan solo explicables a posteriori por estudios que ya poco afectan a la marcha de los acontecimientos. Pero sin duda una de esas circunstancias sed refiere a la categoría de los líderes que manejan los asuntos públicos.
La idea de la unión europea nació en las ruinas humeantes de la Segunda Guerra Mundial de la mano de grandes líderes moderados que supieron ver más allá de su circunstancia presente. El Tratado de Maastricht fue también la culminación de un proceso alentado por líderes europeos de otra generación que se esforzaron por estar a la altura de los fundadores. Es muy posible que la crisis actual por la que atraviesa Europa sea debido en parte a la diferente estatura política de los líderes actuales.
Urge llamar la atención para no sacralizar la mediocridad ni revestirla con mantos de realismo ni reclamos tecnocráticos. Es cierto que Europa precisa armonización fiscal, la desaparición de los paraísos fiscales, la creación de un Tesoro Europeo, una agencia europea de clasificación de riesgos, la adopción de un presupuesto incomparablemente mayor del actual, y muchas otras medidas que se vienen pregonando actualmente. Pero por encima de todo ello necesita un liderazgo político con una clara visión de futuro que sea capaz de proponer un horizonte a largo plazo por encima de las impopularidades que pueda suscitar en estos momentos.