“CASABLANCA”, el misterio del amor

Entre las actividades culturales que a lo largo de este año que ahora termina han tenido lugar en el Distrito Municipal de Casablanca, en Zaragoza, quiero destacar una, la proyección de la película de su mismo nombre, que me ha brindado la ocasión de volver a experimentar las emociones que siempre me ha deparado esa historia de amor en tiempos de guerra.
De la película “Casablanca” se han dicho muchas cosas durante mucho tiempo. El American Film Institute la ha considerado una de las mejores películas de todos los tiempos, junto con “Ciudadano Kane”, de Orson Welles. Umberto Eco dijo de ella que era una antología de lo esencial de todas las películas. Muchos críticos han visto en ella el modelo cumbre del cine de valores; otros, sin embargo la han desmitificado calificando su argumento de absurdo, inverosímil e incoherente psicológicamente.
No es intención de estas líneas discutir sobre las innumerables opiniones que sobre la película se han vertido en los sesenta y siete años que han transcurrido desde su estreno, sino reflexionar sobre le enorme profundidad que, a mi modo de ver, tiene el núcleo central de su argumento: el triángulo amoroso de sus protagonistas, y el mensaje que su desenlace proclama.
Las curiosas circunstancias de su rodaje, cuyo guión, para desesperación de los actores, se fue elaborando sobre la marcha sin saber cómo iba a terminar, me animan a pensar que ese mensaje al que doy tanta importancia fue casual; pero ello no quita ni un ápice de su profundidad, y la respuesta que la película da invita a ahondar en el misterio mismo del amor. ¿Puede un hombre amar a dos mujeres, o una mujer a dos hombres, al mismo tiempo? ¿Es el amor excluyente?
El valor permanente de la película radica en que da una respuesta nítida a ese interrogante existencial afirmando con claridad que no solo es posible esa dualidad del amor, sino que el amor, el verdadero amor, cuando se instala en una persona la transforma y la eleva a una vida superior.
A mi juicio, ese es el mensaje profundo de la película, lo que permite que su emoción resista el paso del tiempo y constituya actualidad permanente de generación en generación, contribuyendo a que se vislumbre con más nitidez la diferencia entre el amor, el amor verdadero, y otras emociones humanas que pasan por amor y no son tal.
Las imágenes finales de la película, envueltas en la niebla del aeropuerto, que bien podrían simbolizar la niebla de la duda que está siempre instalada en cualquier decisión humana, constituyen un mensaje universal afirmando que el amor no es excluyente, que lo que es excluyente es la posesión, la propiedad, y que ese es un defecto del mundo, no una exigencia de la verdad.
La mítica expresión que se ha hecho ya legendaria, “siempre nos quedará París”, evoca de manera magistral esa permanencia inextinguible del amor, que está por encima de las contingencias temporales y que, además, puede vivir desligado de la posesión, por más doloroso que ese alejamiento pueda ser.
Y la última escena de la película, en que el protagonista manifiesta su deseo de enrolarse en la lucha por unos ideales y abandonar la vida cínica, egoísta y sin sentido que antes llevaba, muestra con claridad meridiana la fuerza transformadora del amor. Porque cuando el amor entra en una vida la transfigura y la eleva a una condición superior, y la abre a un horizonte de esperanza sin límites.
Ante todo lo anterior, no resulta sorprendente que “Casablanca” se haya convertido en un mito permanente y una continua invitación a ahondar en lo más profundo de la existencia humana: el misterio del amor.

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