Cambio de rumbo

El comienzo del curso político es siempre un momento muy adecuado para reflexionar sobre las grandes cuestiones que se plantean en la reanudación de la actividad institucional, pero lo es de una manera más acusada todavía cuando con ese comienzo coincide el inicio de la segunda parte de la Corporación, es decir, con tiempo suficiente para rectificar rumbos y corregir errores; y aún todavía más adecuado cuando, como es el caso que nos ocupa, el Ayuntamiento de Zaragoza se encuentra sumido en el desconcierto.
Tanto los datos económicos que van apareciendo sistemáticamente como los más importante indicadores sociales contribuyen a engrosar el conjunto de elementos que hacen aconsejable un cambio de rumbo en la política municipal.
Cada día que pasa resulta más patente que el Alcalde está envuelto en una nube de ilusión que no se corresponde con la realidad ciudadana. Su actual planteamiento de pretender gobernar a base de deslumbrantes acontecimiento está agotado y requiere su cancelación y su sustitución por una política realista que encare los verdaderos problemas de la ciudad
Cualquier especulación sobre grandes acontecimientos futuros hay que hacerla sobre una reflexión previa de lo que ha supuesto la Expo 2008 para Zaragoza, porque ha resultado el éxito que se deseaba antes de su realización. Ni en lo referente a la transformación de la ciudad, ni en la creación de un nuevo clima económico, ni en la pretensión de poner a Zaragoza en el mapa, la política orquestada en torno a la Expo ha dado los frutos deseables.
La transformación de la ciudad no la ha originado la Expo. Sí cabe atribuir a ella algunas actuaciones puntuales, interesantes en sí mismas, como lo referente a las riberas, y, en todo caso, el anticipo de inversiones proyectadas de antemano y abandonadas por el Gobierno central, pero es una falacia decir que la Expo ha transformado la ciudad; es más bien al contrario: porque la ciudad había experimentado una profunda transformación años atrás, entre otras cosas con la llegada del tren de alta velocidad, fue posible la Expo, como lo reconoció el propio presidente de Bureau International des Expositions en una visita previa a Zaragoza.
Que la situación económica de nuestra ciudad no se parece en nada a lo que se esperaba para la post-Expo salta, por desgracia, a la vista. Y, aunque ello es debido básicamente a la crisis que atraviesa el país, no es menos cierto que el hecho de haber pasado una Expo no ha hecho más tolerable la crisis a los zaragozanos, ni ha cambiado la estructura económica de la ciudad, como se empeña en decir el Alcalde en un permanente ejercicio de demagogia. Todos los indicadores económicos dicen lo contrario: que Zaragoza está como estaba antes de la Expo. Y ello por la sencilla razón de que las grandes cuestiones económicas de una población no dependen de su ayuntamiento, por más que la propaganda del mismo pretenda hace creer lo contrario.
Y en lo referente al difundido eslogan del Alcalde de “poner a Zaragoza en el mapa”, la Expo no sólo no ha sido un éxito, sino un fracaso, como lo reconoció también el propio Bureau Internacional des Expositions días antes incluso de terminar el certamen. Por la escasa afluencia de extranjeros, por la nada entusiasmadora presencia de nacionales no aragoneses, por la exigua repercusión en los medios de comunicación españoles y su prácticamente nula presencia en los internacionales, se puede calificar, con todo rigor, de fracaso su balance en esta vertiente. Y sirve también para aseverar esta afirmación el hecho de que el número de jefes de Estado o de gobierno que visitaron la muestra no llegó al 8% de los países con representación en la misma.
Para lo que realmente la Expo ha servido desde el punto de vista político ha sido para que el Alcalde se arropase con unos objetivos grandilocuentes, que quiere ahora perpetuar contra viento y marea, sin tener en cuenta la realidad de la ciudad, intentando llegar a las próximas elecciones con una nueva fantasía colectiva que le proporcione réditos electorales y distraiga al electorado de sus fracasos políticos.
Y es precisamente su contribución a esta fantasía colectiva, liberadora de la responsabilidad de gobernar eficazmente la ciudad, lo que pretende ahora inventándose “otra Expo”, y tratando de prolongar su efecto narcotizante sobre la ciudadanía.
Esta dinámica política es la que, a mi juicio, debe cambiar, haciendo girar las preocupaciones del gobierno de la ciudad hacia la realidad de los problemas de Zaragoza, y cuyo cambio debería sustanciarse, al menos, en las siguientes grandes líneas de actuación: una notable mejora de los servicios municipales, especialmente del transporte y la limpieza, abandonando de paso proyectos inoportunos; un incremento sustancial de la atención social a las nuevas necesidades sobrevenidas por la crisis; una decidida disminución de los impuesto; y una reorientación de las actividades urbanísticas hacia la terminación de la ciudad consolidada.
“Rectificar es de sabios”, viene diciendo desde siglos el viejo adagio. En este comienzo del curso, que lo es al mismo tiempo de la segunda parte de la Corporación, yo desearía, por el bien de los zaragozanos, que el Alcalde fuera capaz de hacer gala de esa sabiduría popular y cambiar vigorosamente la orientación de la política municipal.

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