El sentimiento europeo

Pasadas hace más de un mes las elecciones europeas y habiendo podido comprobar tanto la escasa participación ciudadana como la escasísima preocupación que han tenido los grandes partidos nacionales por hablar de los asuntos europeos, me parece oportuno, ahora que ya no existen las urgencias ni las exigencias electorales, reflexionar sobre lo que, a mi modo de ver, constituye una de las grandes carencias de la política nacional en España y en otro muchos países europeos, es decir, la ausencia de una decidida acción pública de pedagogía europea.
Porque, como he afirmado otras veces a través de estas mismas páginas, para que Europa sea una realidad tienen que quererla los ciudadanos, y para llegar a ello es preciso que se hable de Europa, que se discutan sus asuntos, que se analicen sus problemas, que se vea entre todos la forma de eliminar los inconvenientes y aumentar las ventajas de su pertenencia a ella; en definitiva, que se haga de lo europeo asunto doméstico y se incardine en el elenco de preocupaciones cotidianas. Esto no es algo que se pueda conseguir de la noche a la mañana, ciertamente, pero es algo que no se conseguirá nunca si no se dan los pasos en la dirección adecuada.
Y esos pasos no son eficaces en los escasos días de una campaña electoral, y menos aún cuando ni siquiera se quieren dar, sino que requieren, para que vayan asentándose en la psicología de las gentes, de la quietud y tranquilidad del tiempo sosegado, de la lejanía de urgencias que los condicionen y, sobre todo, de la ausencia de intereses que los distorsionen.
Una política de pedagogía social de lo que es la Unión Europea, de lo que representa en el contexto del mundo moderno, de cuáles fueron sus orígenes, sus motivaciones profundas, y cuáles sus anhelos más irrenunciables, requiere una extensión temporal suficientemente dilatada para que, como la lluvia fina, penetre suavemente en quien quiera dejarse penetrar, y llegue a calar en lo más hondo de quien la perciba.
Y digo con toda intención “en quien quiera dejarse penetrar” porque aquello por lo que abogo a través de estas líneas no es nada semejante a un adoctrinamiento por parte de los poderes públicos, lo cual estaría en abierta contradicción con esa libertad suprema que constituye uno de los fundamentos de la Unión Europea, sino una amplia, pormenorizada, sostenida y diversificada información sobre Europa y sobre su historia que tenga el suficiente atractivo para que se acerquen a ella cuantos así lo deseen.
Un recorrido minucioso sobre el papel del cristianismo en la idea unificadora de la Edad Media; sobre las grandes ideas renacentistas e ilustradas de libertad, tolerancia y derechos humanos; sobre las aportaciones intelectuales de Saint-Simon, Victor Hugo y Pierre Dubois, entre otros; o sobre las ideas políticas de Briand, Ortega, Churchill, Monnet, Schumann, Adenauer o De Gasperi, por citar a los más sobresalientes, podría dar materia más que sobrada para organizar interminables actos de divulgación popular cuya vertebración constituiría el entramado de una auténtica oferta cultural explicativa de lo que, a mi juicio, constituye el proyecto político más importante de la hora presente.
Sentirse europeo y europeísta no requiere renunciar a ninguna identificación con comunidades de rango territorial inferior, ni mermar un ápice el afecto que por ellas pueda tenerse, sino integrarlo en un ámbito superior de experiencia, en una apertura liberadora de viejos prejuicios y, en definitiva, en un horizonte de construcción de un mundo mejor.
Y esto es un proceso lento al que solo una política continuada y de largo alcance puede ir dando cuerpo. Esta política es la que echo en falta tanto en el gobierno central español como en los gobiernos autonómicos y de las grandes ciudades, que, en la mayor parte de las veces solo ven en la Unión Europea aquel sitio del que hay que sacar todo lo que se pueda.
Da lo mismo que se abogue por una Europa de los Estados o por una Europa de las Regiones o de las Ciudades o de los Ciudadanos. Mientras no se cultive el sentimiento europeo no habrá ningún tipo de Europa más allá del mero interés coyuntural.

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