Europa, nueva etapa

Europa viene arrastrando una crisis política desde hace más de diez años. El fracaso del proyecto de Constitución del año 2005, con el voto negativo de los referéndums francés y holandés, y las consiguientes tendencias de ciertos países a replegarse sobre sus propios Estados, han debilitado el espíritu de unión política nacido del Tratado de Maastricht
La entrada en vigor del Tratado de Lisboa, que asume lo más sustancial de las propuestas contenidas en la fallida Constitución, puede representar el comienzo de la superación de la crisis. Pero para ello hace falta que haya una verdadera voluntad de desarrollar políticas que garanticen que los avances en la integración económica vayan acompañados de progresos paralelos en los restantes ámbitos.
El desarrollo de una política exterior y de seguridad, que incluya la definición progresiva defensa común, se erige como la verdadera piedra de toque de esta nueva etapa. De ella depende, en gran parte, que se corrijan las apuntadas tendencias nacionalistas en que están incurriendo algunos Estados miembros y se asuma con brío el mencionado objetivo de Maastricht de llegar realmente a una unión política.
Y para ello es también imprescindible que los partidos europeístas, los que realmente creen en la bondad del objetivo de la Unión Europea, contribuyan a formar la conciencia europea y hacer de lo europeo algo cotidiano en la preocupación y el interés de las gentes.
La aparición de un Presidente del Consejo Europeo elegido para un tiempo de duración que podría prolongarse hasta cinco años, puede contribuir de manera poderosa a poner rostro a la política europea y a infundir vigor y proyección a esos impulsos necesarios que el Consejo Europeo tiene obligación de dar para fijar con rotundidad las orientaciones y prioridades políticas generales.
Su condición de representante de la Unión en los asuntos de política exterior y de seguridad común, sin perjuicio de las atribuciones del Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, en un mundo dominado por los medios de comunicación como el actual, puede hacer que la imagen de la Unión cobre relieve mundial, asumiendo un papel y un liderazgo que hasta ahora han brillado por su ausencia en todo lo referente a la política europea, y acabando con espectáculos tan lamentables como la división que los países europeos mostraron con motivo de la guerra de Irak, o el que vienen dando en el momento presente con respecto a la situación de Oriente Medio.
Esta nueva dimensión de liderazgo y los acrecentados poderes del Parlamento Europeo, entre los que se encuentra su facultad de elegir por mayoría de sus miembros al Presidente de la Comisión, pueden también contribuir a corregir el déficit democrático que viene arrastrando la Unión desde sus comienzos y que supone en sí mismo una cierta contradicción con los principios democráticos que figuran en el frontispicio de su ideario. Porque no basta con que los países que la integran sean democráticos; es preciso que lo sea también, e íntegramente, la propia Unión.
Todo lo anterior, junto con una adecuada política informativa europea, puede contribuir a superar la crisis e ilusionar a los europeos en lo que, a mi juicio, constituye el proyecto político más apasionante de esta hora de Occidente.
No es nueva, ciertamente, la pretensión de unir políticamente a los países europeos. Lo intentó Napoleón, a principios del siglo XIX, al socaire de las ideas de la Revolución Francesa, y no lo logró. Lo intentó de nuevo Hitler, un siglo y medio después, con el reclamo de una superioridad racial, y tampoco lo consiguió. El empeño de la Unión Europea constituye el tercer intento en la historia moderna, pero con unas características morales que le sitúan en las antípodas de aquellas pretensiones, y dan a la empresa una dimensión ética de la que carecieron por completo las anteriores. Pues mientras Napoleón y Hitler lo intentaron por la fuerza de las armas, a través de la guerra, la sangre y la muerte, y con el objetivo de opresión, la Unión Europea lo está intentando por medio de la palabra, a través de la paz, el abrazo y la vida, y con el objetivo de liberación en todos los órdenes de la dimensión humana, dibujando con ello un universo de valores incompatible con aquellas pretensiones ampliamente condenadas por la Historia
Se abren ahora cinco años importantes para que este noble empeño dé pasos sustanciales y los europeos podamos acercarnos a esa unión superadora de viejos prejuicios y atavismos, y lanzada a la tarea de humanizar no sólo a Europa, sino también y por medio de su influjo, al mundo entero.

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